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“No puedo irme, estoy atrapada”: la falta de vivienda en Mallorca obliga a una mujer a vivir con su expareja

Las separaciones nunca son fáciles, pero cuando los altos alquileres obligan a las exparejas a seguir compartiendo vivienda, la vida cotidiana puede convertirse rápidamente en un infierno

Una joven con signos
de tristeza.

Una joven con signos de tristeza.

Sophie Mono

Ya en la escalera del edificio el corazón de Marion (nombre cambiado por la redactora) empieza a latir con fuerza. Al entrar en el piso se le encoge el estómago. Cada vez. Por miedo a la próxima confrontación. Hace ya seis meses que ella y su marido José (nombre cambiado por la redactora) están separados. Aun así, la alemana y el español siguen compartiendo por obligación el piso en el este de la isla, donde viven desde hace años con sus dos hijos. “Nuestras discusiones ya eran insoportables antes de la separación. Ahora son todavía peores”, cuenta Marion.

Ningún piso a la vista

La trabajadora hotelera de 39 años se siente atrapada. En un círculo vicioso de reproches y acusaciones mutuas, pero también dentro de las cuatro paredes que una vez fueron su hogar. “No puedo irme. Y José tampoco. Ninguno de los dos ganamos lo suficiente para alquilar un piso por nuestra cuenta. Estoy atrapada”, dice.

Idealista, Yaencontre, pisos.com… Marion tiene instaladas numerosas aplicaciones inmobiliarias en su móvil desde que decidió separarse el pasado septiembre. En realidad quería marcharse de inmediato. Tomar distancia, cortar por lo sano, justo lo que los profesionales recomiendan cuando una relación termina en conflicto. Los portales inmobiliarios debían avisarle automáticamente cuando apareciera un piso que pudiera encajar. Pero la alerta casi nunca suena.

“Mi filtro de búsqueda lo descarta prácticamente todo”, explica Marion. Máximo 800 euros, dos dormitorios, cerca del colegio de sus hijos y de su trabajo. “Simplemente no hay nada. Y si aparece algo, el precio es de al menos 1.300 euros. ¿Cómo voy a pagar eso con un sueldo de apenas 1.500 euros?”, se pregunta.

Que en su lugar se mudara su todavía marido tampoco es una opción. “Su situación económica es parecida. Los dos trabajamos por temporadas. Además, el contrato del piso está a su nombre”. Tampoco las agencias inmobiliarias le han servido de ayuda. “Una me dijo: ‘Olvídalo, por menos de 1.000 euros ni siquiera empieces a buscar. Y aun así es casi imposible’”.

En los últimos seis meses solo ha podido visitar dos viviendas: una ruina con techos a punto de derrumbarse y un miniapartamento al que acudieron decenas de interesados. “Al final eligieron a una pareja sin hijos en lugar de a mí como madre soltera”, cuenta Marion.

“No sé cuánto más podré soportarlo”

Durante un momento pensó en huir de vuelta a Alemania. Con su familia. “Pero no voy a dejar aquí a mis hijos. Y llevármelos tampoco lo permitiría mi marido”.

Marion no se considera víctima de violencia de género, por lo que descarta acudir a una casa de acogida. “No me pega. Al final los conflictos vienen de ambos. Probablemente José sufra tanto como yo. Pero a veces no sé cuánto más podré aguantar”.

Recibe apoyo de una psicóloga y también de amigas. Marion intenta organizar sus días de forma que esté lo menos posible en casa, o solo cuando José no está. Por las noches se refugia en la habitación de invitados. “Pero cuando se vive juntos, con dos hijos y un solo baño, es imposible evitarse por completo”.

Una abogada aconseja: no marcharse precipitadamente

Maria Antonia Mateu Gelabert conoce bien esta problemática. Lleva muchos años especializada en derecho de familia y ha visto muchos casos similares. “Es un problema muy, muy grande. Económicamente, ambos miembros de la pareja no pueden pagar dos alquileres o una hipoteca más un alquiler, y acaban atrapados en una situación sin salida”, explica.

En general, Mateu recomienda a los padres buscar asesoramiento legal lo antes posible y por separado. “Incluso es mejor recibir asesoramiento preventivo cuando se está pensando en separarse, antes de comunicar la decisión”.

Por ejemplo, quien se marche de forma precipitada y se instale temporalmente en otro lugar sin los hijos podría tener problemas más adelante en la cuestión de la custodia. Y esta es decisiva para determinar cuál de los progenitores puede quedarse en la vivienda familiar. Si a uno de los dos se le concede la custodia exclusiva, normalmente puede seguir viviendo en el domicilio familiar por el bienestar de los hijos hasta que estos crezcan, independientemente de quién sea el propietario del inmueble.

El modelo de “nido” no siempre funciona

“Se complica cuando la custodia es compartida”, explica la jurista. En esos casos, a menudo los tribunales recomiendan el llamado modelo nido, en el que los hijos permanecen siempre en la vivienda y los padres se turnan para vivir allí, especialmente cuando el inmueble pertenece a ambos.

“Los padres suelen buscar entonces un alojamiento pequeño y barato para los periodos en los que no están con los hijos. Por ejemplo una habitación compartida o quedarse con sus propios padres”. Aunque este modelo suele justificarse por el bienestar de los niños, en la práctica suele ser problemático. “Requiere mucha coordinación entre los padres separados y solo funciona bien si mantienen una buena relación”.

En la decisión sobre quién debe abandonar la vivienda también influyen otros factores. “En Baleares rige en general el régimen de separación de bienes”, explica Mateu. Es decir, el hecho de estar casado no da derecho automáticamente a la mitad de una propiedad que pertenece al ex.

“Sin embargo, puede existir el derecho a una compensación económica”, añade. Esto ocurre si el juez considera que la persona que no es propietaria se encuentra en una situación más vulnerable que su pareja, por ejemplo porque ha trabajado menos fuera de casa para cuidar del hogar y de los hijos, permitiendo así que su pareja ganara más dinero. “En ese caso, el otro debe pagar una compensación que ayude a encontrar una nueva vivienda”.

Esperanza de libertad

Para Marion esa opción tampoco existe. Ella trabaja a tiempo completo, igual que su pareja. “Y además él tampoco tendría dinero para ayudarme”.

Tampoco quiere iniciar una batalla judicial por la custodia. “Los niños también necesitan a su padre”.

Así que por ahora solo le queda resistir. Y seguir buscando. Una vivienda que para ella signifique libertad y un nuevo comienzo.

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