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Mallorca es para los mallorquines

Archivo - Varios turistas en el centro de Palma de Mallorca.

Archivo - Varios turistas en el centro de Palma de Mallorca. / Tomàs Moyà - Europa Press - Archivo

Matías Vallés

Matías Vallés

Nueva York es para los neoyorquinos, ¿verdad que el lema suena simpático y hasta evidente? De hecho, la exaltación de esta atribución ha llevado a la alcaldía a Zohran Mamdani, el carismático socialista a quien abrazan desde Trump a Bernie Sanders. El derecho de propiedad sobre el lugar de nacimiento ha impulsado a prohibir a Airbnb en la metrópolis estadounidense, y que se fastidien los turistas si esa medida dispara los precios de los hoteles.

Cuando el razonable «Nueva York es para los neoyorquinos» se traslada a «Mallorca es para los mallorquines», surgen las reticencias. Hasta el punto de que se recurre a las comillas cobardes para relativizar el enunciado. Sin embargo, la renuncia absoluta de la isla a su identidad es más escandalosa que los excesos identitarios.

Aceptando que Mallorca es para los mallorquines, la prohibición del burka y derivados sin alcohol es tan disparatada como inevitable. Duele atribuir al Vox franquista la racionalidad de que no se trata tan solo de una prenda opresora, sino que los hipócritas que la imponen a sus mujeres pretenden insultar a quienes no la llevan, desde una insoportable superioridad moral.

Incluso los convencidos de que el freno a los extranjeros opresores debe empezar por los ricos, se felicitarán de los problemas que tendrá el PP para prohibir el burka al séquito femenino del jeque de Qatar o asimilados. En cambio, no tiene sentido considerar la opinión de la izquierda que cierra sus casas con llave, contrata alarmas y esclaviza de facto a los inmigrantes pobres, en cuanto que los vende literalmente como mano de obra barata para pagar sus pensiones.

«Mallorca es para los mallorquines» carece de vocación dogmática, es menos asfixiante que los burkas y los suecoalemanes que roban las casas a los indígenas. La defensa de quienes han pagado impuestos durante décadas debería ser elemental. Ningún partido tiene el coraje de abrazar la ideología sencilla de la canción de Antònia Font, donde el mundo sería un lugar mejor si cada cual hiciera las cuentas en su casa. El interrogante final casi da miedo por disolvente, ¿de quién es Mallorca?

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