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Victoria Camps: "Bajar impuestos es una polémica absurda, el debate es quién debe pagar más y quién menos"

"Esa reacción hacia posiciones autoritarias nace en parte de un resentimiento provocado por la incapacidad de resolver los problemas. Se plantean expectativas, pero no se ofrecen soluciones"

"La confianza se pierde cuando las expectativas que se han creado en la gente no se cumplen; desaparece también la ilusión por el futuro"

La filósofa Victoria Camps.

La filósofa Victoria Camps. / Arpa / Cedida

Guillem Porcel

Guillem Porcel

Palma

Victoria Camps, catedrática emérita de Filosofía Moral y Política y una de las voces más influyentes del pensamiento ético en España, analiza en su nuevo libro, La sociedad de la desconfianza, el clima moral de nuestro tiempo: una ciudadanía que duda de las instituciones, una política incapaz de responder a nuevas expectativas sociales y una democracia obligada a reconstruir la confianza colectiva. Presenta el libro hoy en Palma a las 19 horas en la libreria Agapea, en un acto organizado por el Ateneyu dels Comuns.

¿Cómo hemos acabado desconfiando de todo?

El desencadenante fue la crisis económica de 2008, aunque hemos atravesado varias. Pero la desconfianza tampoco tiene un objetivo político concreto. Lo que constato es un clima generalizado de desconfianza y de impotencia frente a muchos cambios y nuevas necesidades que no se tienen en cuenta. Desconfiamos de las instituciones o del estado del bienestar, por ejemplo. Lo vemos todo muy parado. A esto se suman las guerras, las innovaciones como la inteligencia artificial, que es un progreso pero también complica mucho la vida, y la información, que muchas veces no sabemos si es fiable. No sabemos qué hacer para que no nos engañen. En definitiva, existe una sensación generalizada de incertidumbre. Yo pongo el foco en un concepto de libertad cada vez más egoísta e individualista, algo que viene de la mano del neoliberalismo: una economía que va por su cuenta y una sensación de impotencia frente a la necesidad de unirnos para luchar por un bien común.

Leyendo el libro surge una pregunta clásica: ¿Somos realmente libres?

La libertad absoluta no existe. Pero sí es cierto que la capacidad de elegir ha ido creciendo con los años. Si pensamos en los tres valores de la modernidad —libertad, igualdad y fraternidad— el valor más desarrollado es la libertad. Cada vez tenemos más posibilidades de elegir y el mundo progresa en ese sentido. La cuestión es qué tipo de libertad tenemos. Si consideramos la libertad únicamente como la capacidad de hacer lo que nos apetece en cada momento para satisfacer nuestros deseos, con el único límite de la ley, o si entendemos que esa libertad también implica un compromiso con la sociedad y con el bien común.

La tentación autoritaria está creciendo en muchos países. ¿La democracia está perdiendo la batalla?

Esa reacción hacia posiciones autoritarias nace en parte de un resentimiento provocado por la incapacidad de resolver los problemas. Se plantean expectativas, pero no se ofrecen soluciones. Esa esperanza suele depositarse en la voluntad de quien tiene más poder, con la idea de que podrá avanzar y resolver cosas. Pero los problemas que tenemos son globales. Si no existe voluntad de pactar, aunque sea poco a poco, todos nos sentimos impotentes y perdemos la esperanza en el futuro.

Un ejemplo claro es el acceso a la vivienda. Muchas personas sienten que no pueden iniciar un proyecto de vida. ¿Esta pérdida de expectativas alimenta ese giro político?

Sí, hay expectativas que no se cumplen, sobre todo entre los jóvenes. Es una generación que se ha formado mejor que nunca, pero cuando llega el momento de emanciparse descubre que no encuentra el trabajo que esperaba y que la vivienda no es accesible. La confianza se pierde cuando las expectativas que se han creado en la gente no se cumplen. Entonces desaparece también la ilusión por el futuro.

Se ha extendido la idea de buscar soluciones individuales a problemas que tienen causas colectivas.

Se pierde el sentido de avanzar hacia una sociedad más equitativa, no solo más eficiente, y que no beneficie únicamente a quienes han tenido más suerte o han podido aprovechar mejor el sistema.

¿El Estado del bienestar está perdiendo sentido?

El estado del bienestar sigue existiendo donde se ha desarrollado, sobre todo en Europa, pero está estancado desde hace tiempo. La idea de libertad individualista y reduccionista ha sido asumida tanto por la derecha como por la izquierda. Las izquierdas no han afrontado los cambios necesarios para adaptar el Estado del bienestar a nuevas necesidades. Por ejemplo, el envejecimiento de la población exige un sistema público de cuidados que no existe. O los movimientos migratorios, que requieren respuestas políticas adecuadas para quienes se ven obligados a abandonar sus países para buscar una vida mejor. Esa reacción no se ha producido. Por eso se genera esta desconfianza hacia el Estado del bienestar. No creo que vaya a desaparecer, pero está estancado y no responde a muchas expectativas sociales.

La inmigración vuelve a ocupar un lugar central en el debate público. ¿Los esfuerzos de integración están fallando?

El problema es que no se hacen esos esfuerzos para la integración con voluntad real de resolverlo. Tenemos una sociedad muy polarizada. Lo que vemos son improvisaciones y declaraciones que muchas veces no se ejecutan. Eso genera desconfianza.

También hay una creciente oposición a los impuestos.

No puede haber redistribución de la riqueza sin impuestos. La reducción de impuestos es una política clásica de la derecha, pero el modelo de estado social que tenemos no puede sostenerse sin ellos. Bajar impuestos se ha convertido en una polémica absurda. El debate real debería centrarse en quién debe pagar más impuestos y quién debe pagar menos. Ese debate, sin embargo, no se está produciendo.

El ascenso de Donald Trump está vinculado a este clima de desconfianza general.

En parte sí. Trump canaliza el descontento de una parte de la sociedad ofreciendo explicaciones simples. Estados Unidos es un país construido por inmigrantes. Sin embargo, Trump acusa a los inmigrantes de impedir que el país recupere su identidad. Es una idea absurda, pero resulta eficaz políticamente porque ofrece al descontento una explicación simplista.

Ese fenómeno también se observa en España con el crecimiento de Vox.

Existe un sentimiento de desconfianza hacia los partidos tradicionales, que no han sabido responder a las necesidades actuales. Además del problema de confianza de los ciudadanos, también hay una falta de ejemplaridad de las élites.

¿También se percibe esa falta de ejemplaridad en la política internacional, en la postura de Europa ante guerras como la de Irán?

Sí, falta una moralidad colectiva reconocible. Decimos defender valores como los derechos humanos, pero muchas veces no actuamos realmente en consecuencia. Y esa incoherencia se percibe especialmente en quienes tienen más visibilidad y poder, que son las élites políticas.

¿La política identitaria ha sustituido a la política social.

Lo que le reprocho a la izquierda es haber sustituido la lucha por la redistribución de la riqueza y la igualdad económica y social por una lucha centrada en el reconocimiento de identidades. Ese reconocimiento también es importante, pero la igualdad económica y social es más fundamental. En ese ámbito no ha habido avances suficientes para responder a las nuevas necesidades de sectores sociales que se sienten marginados. Las desigualdades han aumentado. Hay menos pobres en el mundo que hace un siglo, pero dentro de las sociedades desarrolladas las desigualdades son mayores.

Después de escribir este libro, ¿es más optimista o más pesimista sobre el futuro?

Quiero ser optimista. Creo que debemos preguntarnos qué necesitamos reconstruir para recuperar una ilusión colectiva de futuro.Lo que falta es un ethos, una moralidad compartida, una forma de actuar que sea reconocible y de la que podamos sentirnos orgullosos. Eso solo puede sostenerse con esperanza. Si desaparece la esperanza, desaparece también la ética. No podemos vivir sin confiar en que somos capaces de cambiar aquello que no funciona.

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