José Marín, Celia Hernando y Álvaro Merino, analistas de 'El orden mundial': "En la visión del mundo de Trump, el más fuerte impone su ley"
El Club Diario de Mallorca acogerá el 11 de marzo a las 18:30, la presentación de ‘Las fuerzas que mueven el mundo’, un libro para entender las claves que conforman la realidad global
El acto cuenta con la colaboración de Trablisa

José Marín, Celia Hernando y Álvaro Merino, autores de ‘Las fuerzas que mueven el mundo’. / .

El Club Diario de Mallorca acogerá el miércoles 11 de marzo a las 18:30 la presentación de ‘Las fuerzas que mueven el mundo’, un libro que condensa las claves geopolíticas, económicas y tecnológicas más recientes. Firman el volumen José Marín, Celia Hernando y Álvaro Merino, analistas de 'El orden mundial', la revista de asuntos internacionales y geopolítica más leída en español. El acto, conudicdo por Marisa Goñi, directora de Diario de Mallorca, cuenta con la colaboración de Trablisa.
En menos de un trimestre, EEUU interviene en Venezuela y bombardea Irán. ¿Cuáles pueden ser los próximos objetivos?
Cuba es el más evidente. Estados Unidos está estrangulando mediante un bloqueo casi total al país para hacer caer al régimen. Es una obsesión de Marco Rubio, el Secretario de Estado, que es de origen cubano. Cuando puedan, pondrán toda la atención sobre ello. Groenlandia también volverá al tablero. La fijación con el Ártico se suma a la megalomanía de Trump, decidido a conseguir cualquier cosa que se propone.
Más allá de la teatralidad y las formas de Donald Trump, ¿qué subyace detrás de esta agresiva política internacional? ¿Es muy diferente a la de anteriores administraciones?
Hay elementos nuevos y otros que en realidad continúan tendencias anteriores. El caso de Groenlandia es un buen ejemplo. Trump no es el primer presidente estadounidense que se interesa por la isla —Biden ya había expresado la necesidad de EE.UU. de recuperar el tiempo perdido en el Ártico—, pero sí lo es en plantearlo en términos mucho más directos y casi neocoloniales, algo que ha generado un fuerte rechazo allí. De hecho, durante la administración Biden ya se había reforzado la presencia militar en el Ártico, en Alaska y se había presionado para limitar la presencia china en proyectos en Groenlandia. Cuando Trump afirma que la isla está rodeada por China y Rusia miente: en realidad la influencia china ya había sido prácticamente desplazada. Algo parecido ocurre con otras políticas que hoy se presentan como rupturistas. Las deportaciones masivas, por ejemplo, no son nuevas en la política estadounidense: ha habido administraciones, como la de Obama, que han ejecutado más expulsiones que Trump. Lo dicen los datos, otra cosa son las formas. Y en Oriente Próximo sucede algo similar: criticó duramente la implicación de Biden en la región, pero ahora ha iniciado una campaña militar contra Irán que podría prolongarse en el tiempo, justo lo contrario de lo que prometía en campaña. En el fondo, lo que vemos es una política exterior que combina varios factores: la gestión de la competencia entre grandes potencias, el intento de obtener rédito político interno a través de la política internacional y también la impronta personal de un presidente que busca dejar una huella histórica. A eso se suma la persistencia de algunos objetivos tradicionales de Washington, como presionar a regímenes considerados adversarios —Venezuela, Irán o Cuba— .
¿Cómo sería el mapa geopolítico y económico ideal que dibujaría Trump?
El mapa ideal de Donald Trump parte de una lógica bastante clásica de poder, casi de esferas de influencia. Estados Unidos mantendría su hegemonía global, pero sobre todo asegurando el control de su propio hemisferio —una actualización de la vieja doctrina Monroe— , evitando regímenes contrarios a EEUU. Aquí entra la lógica de derribar el régimen venezolano, también el cubano. En ese esquema, Estados Unidos buscaría reducir dependencias estratégicas, especialmente en materias primas y tecnologías críticas, para no depender de China en sectores clave de la economía. Al mismo tiempo intentaría debilitar o aislar a sus adversarios, presionando a países como Irán o Venezuela, que además son socios energéticos importantes de Pekín. En conjunto, sería un orden menos multilateral y más transaccional, en el que el poder económico, comercial y militar se utiliza directamente como herramienta de negociación.
¿Qué peso tendría Europa en ese nuevo orden?
En ese esquema, Europa tendría un peso menor y más subordinado. En la visión de Trump, la UE no aparece como un socio estratégico con el que construir un orden internacional, sino más bien como un aliado que debe asumir más responsabilidades, especialmente en defensa. La idea sería que Europa se encargue de su propia seguridad mientras Estados Unidos concentra recursos en su rivalidad con China. Además, la relación se vuelve más transaccional. Trump ha utilizado en varias ocasiones herramientas económicas —como aranceles o presión comercial— también frente a aliados europeos, lo que muestra que para su administración Europa es a la vez socio y competidor. Eso sí, una Europa realmente autónoma y armada no le interesa. Lo que encaja mejor en su planteamiento es una Europa que incremente su gasto en defensa —lo que además la convierte en un mercado importante para la industria armamentística estadounidense— y que continúe facilitando el uso de bases militares y apoyando, o al menos no obstaculizando, la acción exterior de Washington. Además, Trump ha mostrado una visión bastante crítica hacia el proyecto europeo en sí. Ha llegado a sugerir que las principales amenazas para Europa provienen de dentro, de sus propios valores y de su idealismo político, que encajan poco con la lógica de poder más dura que él defiende.
¿De qué economías vamos a oír hablar en breve?
India hace poco superó a Reino Unido y se convirtió en la cuarta economía global. Polonia ya está más que asentada como potencia económica de la UE, con un PIB que casi se ha duplicado en 8 años. Brasil ya tiene una de las diez economías más grandes del mundo. Y los países del golfo Pérsico hace tiempo que son un centro financiero internacional, aunque con prácticas más que dudosas. Lo mejor para entender este contexto es ver cómo las potencias económicas tradicionales, los países occidentales más desarrollados, han perdido gran parte de su ventaja frente a los Estados emergentes. En el libro lo ilustramos con una comparativa del poder económico del G7 y el grupo de los BRICS: a principios del siglo XX, países como Estados Unidos, Alemania, Reino Unido o Francia acaparaban dos tercios del PIB mundial. Hoy apenas llega al 45%.
Tras los últimos acontecimientos, ¿incluirían algún nuevo capítulo en su libro?
Como capítulo nuevo probablemente no. La estructura del libro —organizada en cuatro bloques sobre de dónde venimos, la economía global y los recursos, la geopolítica y las nuevas fronteras— funciona bien como marco para entender el mundo actual. Lo que sí podría cambiar es alguna de las piezas concretas. Por ejemplo, el mapa dedicado a Oriente Próximo podría ampliarse para incorporar dinámicas que han ganado peso recientemente, como la creciente rivalidad entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos alrededor del mar Rojo o la nueva escalada entre EE.UU., Israel e Irán. En cualquier caso, muchas de esas dinámicas ya aparecen de forma indirecta en otros mapas del libro. Por ejemplo, el papel de los Estados del Golfo como grandes hubs de la aviación mundial se refleja en el mapa de conexiones aéreas globales, y la compleja composición étnica y política de Oriente Próximo aparece en otros mapas clave para entender conflictos como los de Irán o Siria. Al final, esa es también la lógica detrás del libro y del proyecto de El Orden Mundial: no tanto cubrir la última hora —que puede cambiar muy rápido— como explicar los contextos y las dinámicas de fondo. Por eso, por ejemplo, en el caso de Palestina no optamos por un mapa del conflicto en sí, sino por mostrar procesos más estructurales, como la expansión de la colonización israelí desde hace 75 años o el reconocimiento internacional del Estado palestino.
La globalización ha muerto. ¿Qué dinámicas la han sustituido?
En el libro defendemos que la globalización no ha muerto, sino que se está transformando. Es verdad que hay ciertos datos que apuntan a un estancamiento del comercio internacional desde 2008, y la primera lectura de la guerra arancelaria de Trump es que hay un regreso al proteccionismo. Pero de fondo lo que está sucediendo es una reorganización de los procesos de deslocalización, una transición del offshoring al friendshoring. Esto significa que las potencias están tratando de trasladar las industrias deslocalizadas a países de su órbita más cercana. Aquellos que estén plenamente alineados con sus intereses políticos o económicos. En gran parte, esto responde al enorme crecimiento y desarrollo de China, que ha pasado de ser un centro productivo para los países desarrollados a una potencia mundial. Ellos mismos están deslocalizando parte de su industria de menor valor añadido a países de su entorno en el sudeste asiático, como Vietnam.
Las grandes corporaciones tecnológicas también mueven ficha en el tablero. ¿Pueden mencionar algún dato para comprender el alcance de su poder?
Hoy la rivalidad entre Estados Unidos y China se juega en gran medida en el terreno tecnológico, o más concretamente en el control de los medios que hacen posibles esas tecnologías punteras: materiales críticos, conocimiento, patentes y capacidad industrial. Ahí es donde se decide quién lidera la economía moderna. En ese contexto, las grandes tecnológicas tienen un peso cada vez mayor y están muy ligadas al poder estatal. Lo vemos, por ejemplo, en la influencia de empresarios como Elon Musk en Estados Unidos o en el círculo de empresarios tecnológicos que rodea y asesora a Donald Trump. Las principales tecnológicas representan ya el 53% del S&P 500 estadounidense. Además, estamos en un momento en el que algunas corporaciones pueden competir con los propios Estados en ciertos ámbitos. Nunca antes una empresa privada había tenido un papel tan relevante en la carrera espacial, y hoy vemos compañías que lanzan satélites o desarrollan infraestructura estratégica. El caso de Starlink facilitando internet en las protestas iraníes o cortándoselo a las tropas rusas en Ucrania es un ejemplo claro de cómo una empresa puede tener un impacto directo en dinámicas políticas y geopolíticas.
Y en medio de todas estas fuerzas el ciudadano medio, ¿cómo nos afecta en el día a día el orden mundial?
Cada vez somos más conscientes de que lo internacional nos afecta directamente. Muchas veces lo vemos por las malas: unas vacaciones que se complican porque los bombardeos en el golfo Pérsico obligan a cerrar el espacio aéreo; un paquete comprado online que tarda en llegar porque los hutíes en Yemen bloquean el mar Rojo o porque un barco encalla y altera la cadena de suministro global; o la factura de la luz por las nubes porque Rusia invade Ucrania. La pandemia fue quizá el ejemplo más claro de hasta qué punto todo está conectado. Pero también lo vemos en cosas mucho más cotidianas: en la subida del precio del café o del chocolate o en los retrasos en la venta de la PlayStation 5 por la dependencia global de los microchips en plena guerra tecnológica. El libro intenta precisamente mostrar esas conexiones: cómo fenómenos que parecen lejanos terminan influyendo en cosas muy concretas de nuestra vida diaria y nos ayudan a entender dinámicas globales más amplias.
¿Viviremos un escenario de estabilidad a corto plazo o esto no ha hecho más que empezar?
Las señales que estamos viendo no apuntan precisamente a una etapa de estabilidad. Más bien estamos en un periodo de transición, de reconfiguración del orden internacional que surgió tras la Guerra Fría, cuando Estados Unidos ejercía un liderazgo claramente unipolar. Ese marco se está erosionando y aún no sabemos con qué equilibrio de poder se sustituirá. Esa es, de hecho, una de las ideas que recorre el libro: estamos ante un orden que todavía se está fraguando. En ese contexto aparecen actores imprevisibles —como Trump—, pero incluso ahí se pueden identificar patrones. Su visión del mundo entiende las relaciones internacionales casi como una negociación constante entre intereses, donde el más fuerte impone su ley y donde el mundo basado en normas creado por las Naciones Unidas es un estorbo. Precisamente por eso el libro intenta aportar algo de perspectiva en un momento dominado por la inmediatez y el scroll infinito de las noticias. A veces un mapa permite ver las dinámicas de fondo y entender mejor lo que está pasando, algo que en el flujo diario de información se nos puede escapar.
Suscríbete para seguir leyendo
- Los acuíferos de Mallorca, bajo la sombra de los nitratos: todas las aguas subterráneas de la isla están contaminadas
- Estalla la tensión en un autobús del TIB de Mallorca y una vecina se enfrenta a los turistas: “No estamos de vacaciones, vivimos aquí”
- Un pueblo de Mallorca, el 'más bonito' para viajar este mes de abril según National Geographic
- Dos heridos leves por el hundimiento parcial del comedor del hotel Zafiro Rey Don Jaime de Santa Ponça
- Soraya Scheuring responde en catalán tras el ataque con grafitis antiturísticos a su negocio en el barrio de Pere Garau: “He crecido aquí, fui al colegio en Artà”
- El conflicto en Irán tensiona el turismo de lujo en Mallorca: 'Habrá más inconvenientes que ventajas
- El convenio balear de hostelería se modifica para beneficiar a sus 160.000 fijos discontinuos
- Cort refuerza el asfalto de varias calles para evitar daños por el peso de vehículos de Emaya