El puente hacia la autonomía: Baleares avanza en la revolución de los domicilios compartidos en salud mental
Tras años de espera en albergues y entornos familiares complejos, Cati y Rosa estrenan una nueva vida en una vivienda de Palma, donde el apoyo técnico de Gira-Sol y la convivencia vecinal se convierten en la llave definitiva para su plena independencia

Manu Mielniezuk

La mirada de Cati ha cambiado en los últimos meses. Tras tres años de espera en un albergue, rodeada de 80 personas y bajo la rigidez de horarios y normas de convivencia masificadas, hoy sostiene las llaves de su propia casa en el barrio de Pere Garau, en Palma. No es solo un juego de llaves; es el símbolo de una autonomía recuperada. Cati es una de las usuarias del nuevo Servicio de Domicilios Compartidos, una iniciativa que busca «transformar el modelo de atención residencial en Balears».
Este proyecto, que comenzó a desplegarse con fuerza a finales de 2025, representa un eslabón perdido en la red de salud mental. Hasta ahora, el sistema ofrecía viviendas supervisadas para quienes necesitaban una vigilancia constante o soporte sociocomunitario para quienes ya disponían de un hogar propio. El domicilio compartido aparece como una solución intermedia para personas con un trastorno mental grave que, aunque requieren ciertos apoyos, poseen la capacidad de gestionar su vida diaria con independencia. Es un proyecto de vida normalizado que utiliza la vivienda como base para la inclusión social real.
La administración pública ha respaldado esta modalidad con un concierto social que asciende a 3.928.304 euros para los próximos tres años. María Castro, Directora General de Atención a la Dependencia, explica que este esfuerzo presupuestario permite gestionar 50 plazas específicas de domicilios compartidos, concertadas con entidades del Tercer Sector. Este servicio se suma a una red «cada vez más robusta» que, en 2025, atendió a un total de 163 personas en servicios residenciales, «consolidando una estructura que permite a los usuarios transitar hacia una vida cada vez más independiente», señala a este diario.

María Castro y Alfonso Suárez explican, en el salón de la vivienda, el proyecto. / Manu Mielniezuk
La alianza 3 Salut Mental —formada por la Asociación Gira-Sol, la Fundació Estel de Llevant y la Fundació Es Garrover— junto con la entidad Grec, son las manos que ejecutan este cambio sobre el terreno. Según explican desde la Conselleria de Familias, Bienestar Social y Atención a la Dependencia, Gira-Sol gestiona 18 plazas, Estel de Llevant 12, Es Garrover 14 y la entidad Grec, 6. Para las entidades de 3 Salut Mental, esto ha supuesto «duplicar» su capacidad operativa en vivienda, pasando de 38 a 82 plazas totales, si sumamos las de vivienda supervisada.
Encontrar un lugar donde establecer estos hogares no ha sido una tarea sencilla. Alfonso Suárez, presidente de 3 Salut Mental, reconoce las dificultades de un mercado inmobiliario tensionado como el de Mallorca. A la escasez de oferta se suma un muro invisible pero muy presente: «el estigma». A pesar de que la entidad lleva dos décadas gestionando viviendas sin incidentes, muchos propietarios cierran la puerta en cuanto escuchan las palabras «salud mental».
El éxito del programa radica en su capacidad de convencer a través de la seguridad. Cuando una entidad como Gira-Sol alquila un inmueble, «ofrece garantías de mantenimiento, limpieza y supervisión técnica», explica Suárez. En el caso del piso de Cati y su compañera Rosa, la suerte se alió con el proyecto gracias a una inmobiliaria sensibilizada, reconoce el presidente. Debido a este hecho, cuatro personas comparten hoy un hogar en Pere Garau que no parece un dispositivo asistencial, sino una luminosa y amplia casa en medio de un barrio vibrante. La convivencia se basa en un modelo de copago ajustado a la capacidad económica de cada residente, cubriendo necesidades básicas, alimentación y acompañamiento terapéutico.
Historias de superación
Rosa llegó al piso impulsada por una situación familiar delicada. Con padres muy ancianos y dependientes, su permanencia en el hogar familiar se había vuelto insostenible. Su mudanza, sin embargo, comenzó con un revés: un accidente en la calle la primera noche la llevó directamente al hospital con una fractura de fémur. Tras dos operaciones y semanas en el Hospital Universitario Son Espases, Rosa ha regresado a su nuevo hogar para recuperarse. Para ella, estar en él significa «serenidad» y la posibilidad de dejar atrás años de incertidumbre en un entorno donde se siente «más normal».
Rosa convive con un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) y una hipersensibilidad química que condiciona su relación con el entorno. En su vivienda, la convivencia se convierte en un ejercicio de empatía profunda. Su compañera Cati dice haber aprendido a respetar escrupulosamente sus necesidades. Apunta que no utiliza ciertos productos de limpieza en el pasillo para no afectar a Rosa y se asegura de cerrar las puertas que ella necesita. Es un apoyo mutuo que nace de la comprensión del diagnóstico ajeno.
Cati, por su parte, arrastra una historia marcada por el duelo y la violencia de género. Tras cuidar a sus padres y a su hermano en sus últimos días, sufrió un brote psicótico que la llevó a un ingreso hospitalario y, posteriormente, al albergue. La transición al domicilio compartido, gestionado en este caso por Gira-Sol, le ha devuelto la ilusión. A pesar de su artrosis, ha empezado a realizar actividades de pintura y teatro y sueña con retomar el judo que -cuenta con una sonrisa en la cara- practicó durante años. La seguridad de una vivienda le ha dado la estabilidad necesaria para planificar su inserción laboral y social.
El nuevo servicio permite a la alianza 3 Salut Mental duplicar su oferta, pasando de 38 a 82 plazas
Facilitador de autonomía
En el día a día de estos domicilios, la figura del profesional es fundamental, pero huye «de la invasión». Javier Porto, técnico de Gira-Sol, señala que su labor no es la supervisión las 24 horas —característica de las viviendas supervisadas—, sino un acompañamiento de intensidad media. El objetivo es que los residentes sean «dueños de su intimidad». Para evitar que el piso se convierta en una burbuja, Porto utiliza el método Girabarri, donde los contactos y reuniones se realizan a menudo en las calles y cafeterías del barrio, fomentando la presencia comunitaria y la no intromisión en el domicilio.
Según detalla, el trabajo técnico se estructura a través de un plan de objetivos que deciden los propios usuarios. Puede ir desde aprender a realizar trámites administrativos telemáticos para romper la brecha digital, hasta conocer los recursos básicos de la zona: la farmacia, el estanco o el mercado. Los técnicos actúan como guías para que, con el tiempo, su presencia sea innecesaria. La meta final es que el domicilio compartido sea un puente hacia una vida totalmente independiente en un plazo aproximado de dos años, funcionando como un espacio de entrenamiento para la autogestión y la corresponsabilidad.

Javier charla con Cati y Rosa para poner en marcha sus próximos objetivos. / Manu Mielniezuk
Además del apoyo individual, Porto añade que el servicio fomenta la democracia interna a través de asambleas mensuales. En estas reuniones se acuerdan normas de convivencia y se resuelven conflictos. «Incluso en las reuniones de equipo de la entidad, se integra a una persona participante para que su voz sea escuchada en la gestión del servicio», enfatiza. Este modelo de atención se integra en una red pública mucho más amplia que cuenta con 739 plazas totales entre servicios ocupacionales, centros de día y apoyo socioeducativo, asegurando «que nadie se quede sin la red necesaria para sostener su proyecto vital».
El modelo apuesta por la inclusión comunitaria real mediante el método ‘Girabarri’
La evaluación de estos primeros meses es unánimemente positiva. La presencia de usuarios en actividades como el Año Nuevo Chino en Pere Garau o el uso diario de los comercios locales son acciones que combaten el estigma de forma natural. El éxito se mide en detalles cotidianos: en la sonrisa de Rosa al recuperar su autonomía, en el deseo de Cati de volver a caminar para hacer deporte o en la seguridad de saber que tienen un lugar al que llamar hogar. Los domicilios compartidos no solo ofrecen un techo y 50 plazas nuevas; ofrecen la oportunidad de levantar techos de dignidad.
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