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Obligar a los turistas a estar quietos

Cientos de coches de alquiler en el aeropuerto de Palma.

Cientos de coches de alquiler en el aeropuerto de Palma. / B. Ramon

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Matías Vallés

Matías Vallés

Salvador Dalí abominaba de los móviles de Calder con su célebre «lo menos que se le puede pedir a una escultura es que no se mueva». La traducción a la Mallorca actual indica que lo mínimo que se le puede exigir a un turista es que se esté quieto. Se trata del segundo requisito fundamental, después de la obligatoriedad de un billete de vuelta, para desterrar a los extranjeros que deciden que van a mortificar a los nativos hasta que la muerte los separe.

Los turistas alquilan coches y recorren la isla porque se aburren, una reacción comprensible para cualquiera que haya veraneado. Sin embargo, este tedio multiplica el castigo que infligen. Un extranjero al volante multiplica por cien el impacto de una cabeza de ganado que se traslada desde Son Sant Joan hasta la habitación que no abandonará durante su estancia, sin modificar su contenido alcohólico entre las fechas contempladas.

En las granjas de chatarra de Son Oms se alquilan hoy vehículos cochambrosos, con más de sesenta mil kilómetros a cuestas. Es un milagro que las carreteras de la isla sobrevivan a esta tortura. Suprimir la plaga es una condición de supervivencia. En cuanto a la sensiblería hacia quienes se han forrado abusando de Mallorca, tras haber matriculado sus coches en la Península, además son reticentes a alquilar sus máquinas mortíferas a los indígenas. El racismo inverso.

Mallorca vuelve a ser la isla más cobarde del mundo. Durante años se ha colgado de las faldas de Canarias, ahora es incapaz de aplicar las restricciones mínimas de Ibiza. También la ecotasa fue inaceptable en su día para la derecha que asaltaba ayuntamientos democráticos, y que hoy cobra el impuesto sin sonrojarse. Esta volatilidad ayuda a señalar con naturalidad que en Mallorca no debe entrar ni un coche más.

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