Afrontar un cáncer sin salir de casa: "Ya no tengo que ir cada día a Son Espases a ponerme la quimioterapia"
Más de 130 personas han recibido la quimioterapia a domicilio que ofrece Son Espases desde hace ya más de diez años para determinados tipos de cáncer de sangre
Desde el año 2015 se han evitado unos 4.500 desplazamientos y se han ahorrado más de un millón y medio de euros, pero lo más importante: «Los pacientes toleran más el tratamiento y los resultados son mejores»

FOTOS | Así es la quimioterapia en casa de Son Espases: "Ya no tengo que ir cada día al hospital" / Guillem Bosch

Es jueves por la mañana, un día cualquiera, y Paul Barbaud, un vecino de Santa Ponça de 88 años, acaba de recibir su tratamiento de quimioterapia en el salón de casa. La enfermera ya es una más en este hogar porque va todos los días, de lunes a viernes, a administrarle el fármaco. Primero prepara el material, revisa que todo está correcto y se coloca la mascarilla y la bata mientras conversa con Paul y su mujer. Apenas unos minutos después, el hombre ya ha recibido la inyección, da por terminada la sesión y continúa su día haciendo deporte, una de sus actividades favoritas. Es una escena cotidiana para los pacientes y profesionales del programa de quimioterapia a domicilio de Son Espases.
El servicio, integrado en la Unidad de Hospitalización a Domicilio, funciona desde 2015 para determinados pacientes hematológicos, con cáncer de sangre. En estos diez años han tratado a más de 130 personas y han superado las 5.000 administraciones a domicilio de tres fármacos subcutáneos concretos indicados para síndromes mielodisplásicos, mieloma múltiple, leucemias y amiloidosis AL. Solo en 2025 se realizaron alrededor de 450 administraciones.
A media hora como máximo
El objetivo es llevar a casa, con la misma seguridad que en el hospital, tratamientos seleccionados para pacientes oncohematológicos que cumplen los criterios. Lo explica el coordinador autonómico de Hospitalización a Domicilio, Manuel del Río: «En este servicio los médicos y enfermeras van al enfermo, no al revés. Para ser candidato, el paciente tiene que vivir como máximo a media hora del hospital, convivir acompañados de alguien que les cuide, y tener una situación sociofamiliar buena». Además, se prioriza a personas que tienen dificultades para desplazarse o que incluso necesitan una ambulancia para llegar al hospital.

El coordinador autonómico de Hospitalización a Domicilio, Manuel del Río. / José Alberto del Salvador/HUSE
El circuito empieza en Hematología. «Es quien ve a los enfermos, valora y decide si el paciente es apto», señala Del Río. Después entra el equipo de Hospitalización a Domicilio, que comprueba que el caso es viable y que el entorno permite asumir el tratamiento. El tercer eslabón es Farmacia, responsable de preparar, acondicionar y garantizar que el fármaco llega en condiciones óptimas. «La estabilidad del medicamento a la hora de transportarlo era una de las grandes limitaciones para poner en marcha el proyecto», cuenta la jefa del servicio de Farmacia de Son Espases, Clara Martorell, una de las impulsoras de la iniciativa hace ya más de diez años.
Por eso las enfermeras llegan siempre a casa de los pacientes con una nevera que mantiene el fármaco a una temperatura rigurosa para no romper la cadena de frío. En todo caso, la primera dosis «siempre se administra en el hospital para controlar los efectos secundarios y la tolerancia», recuerda Martorell. A partir de ahí, si todo va bien, los servicios de Hematología, Domicilio y Farmacia se coordinan para llevar el tratamiento al paciente, con unas medidas muy estrictas, desde la gestión de los residuos (la jeringa no se puede tirar en casa, si el fármaco se derrama hay que limpiarlo de una manera concreta... entre tantos otros protocolos) hasta los teléfonos a los que hay que llamar si el paciente tiene alguna reacción adversa.

Parte del equipo de profesionales de Son Espases que se encarga de llevar la quimioterapia al domicilio de los pacientes. / José Alberto del Salvador/HUSE
La idea es reducir los traslados que, para algunos pacientes, llegan a ser agotadores, y que puedan recibir el tratamiento en un entorno más cómodo, cerca de su familia y con menos riesgo de infecciones al estar lejos del hospital. El hospital también sale ganando: «Libera espacio para otros enfermos que sí necesitan estar ingresados. Y, además, hacerlo en casa cuesta aproximadamente la mitad que en el hospital de día», cuenta Del Río.
El hematólogo José María Sánchez, uno de los referentes de pacientes como Paul, aporta el dato: desde 2015 hasta ahora el hospital se ha ahorrado más de un millón y medio de euros y se han evitado unos 4.500 desplazamientos de los pacientes, incluidos los traslados en ambulancia. «Gracias a los protocolos la seguridad es la misma que en el hospital, no hemos registrado eventos graves y la incidencia de efectos adversos es similar», afirma Sánchez.
Más allá de las cifras, el hematólogo señala una tendencia: «Hemos observado que los pacientes toleran mejor el tratamiento en domicilio y aguantan más ciclos. Curiosamente, algunos que estaban peor mejoran más que los que están en el hospital», apunta. Lo atribuye a que así los enfermos están menos expuestos a infecciones, menos desgastados y cansados por los desplazamientos diarios, y el impacto psicológico que tiene pasar el proceso en el hogar, y no en un entorno hospitalario con el resto de personas enfermas.
El primer obstáculo es emocional
Paul Barbaud fue diagnosticado de síndrome mielodisplásico hace ocho años. Desde hace casi cuatro, su enfermera, Margarita Vallejo, va a su casa todos los días. «El principal obstáculo al principio suele ser emocional. Cuando ven que los mandan a casa, tienen miedo. Luego ven que es igual de seguro que en el hospital y están encantados», asegura. En el equipo son ocho enfermeras como ella y cada una hace seis visitas al día de media, siempre equipadas con material para tomar las constantes del paciente y medicación de apoyo por si aparece algún efecto adverso: «No suele pasar. Administramos estos tres fármacos concretos a domicilio precisamente porque dan menos reacciones», asegura Vallejo.
Para la mujer de Paul, Jacqueline Fullana, de 84 años, se traduce en tranquilidad: «Él está mucho mejor desde que recibe el tratamiento en casa», asegura. «Hay días que está agotado y con la energía baja por la medicación, esos días se nos hacía un mundo ir hasta el hospital», recuerda.
Su marido comenta, además, que la oportunidad quedarse en casa le permite mantener rutinas que considera fundamentales para sobrellevar la enfermedad. «Siempre que puedo hago ejercicio. Si estoy muy cansado, descanso, pero intento mantenerme activo», comenta. Tiene una bicicleta estática y, cuando las fuerzas acompañan, también hace flexiones o paseos.
La intención es ampliar el modelo de hospitalización a domicilio, tanto en tratamientos como en más hospitales, comenta Del Río. Además de Son Espases, Son Llàtzer y Manacor ofrecen este servicio, y el objetivo es implantarlo también en Inca. «Para el paciente es una alternativa muy buena y para el sistema también. Permite ampliar la capacidad asistencial sin perder seguridad», resume.
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