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Crónica | Prohens quiere el voto latino de Bad Bunny, Vox rechaza los kebabs en catalán

La presidenta y el PSOE interpelan al electorado latinoamericano que vive y trabaja en las Islas, conscientes ambos de su creciente centralidad política

Marga Prohens, ayer en el Parlament.

Marga Prohens, ayer en el Parlament. / B.RAMON

Guillem Porcel

Guillem Porcel

Palma

La sesión parlamentaria de ayer no giró tanto en torno a la inmigración como a la recomposición del campo político balear. El debate migratorio actúa esta vez como instrumento de ordenación electoral, como marcador ideológico en un momento en que el crecimiento demográfico, la presión sobre la vivienda y la dependencia del turismo empiezan a confluir en un mismo punto de tensión. No se discute solo quién llega a Baleares, sino qué tipo de sociedad se está configurando y, sobre todo, qué relato permite gobernarla sin alterar el equilibrio electoral.

Marga Prohens y sus sismógrafos lo han entendido, así que la presidenta abre el debate con una frase que no es improvisada: "Visca Bad Bunny vestido de Zara". El guiño no es cultural, sino sociológico. Prohens no habla a la inmigración en abstracto, sino a una parte muy concreta del nuevo electorado balear: el latinoamericano, mayoritariamente regular, urbano, incorporado al mercado laboral y culturalmente próximo. Es ahí donde el PP detecta una bolsa de voto en disputa, especialmente en Palma y en los grandes municipios turísticos.

Ese gesto inicial marca todo lo que viene después. La presidenta no menciona en ningún momento a los latinoamericanos que llegan por vía ordinaria, por el aeropuerto, con visado o contrato. No los problematiza ni los señala. El foco se desplaza exclusivamente hacia la inmigración irregular procedente del norte de África, vinculada en el discurso al desorden. La inmigración deja de ser una cuestión cuantitativa y pasa a ser una cuestión de origen y de compatibilidad cultural.

Prohens articula así un discurso de selección implícita. Bendice al inmigrante que trabaja, cotiza y se integra, pero rechaza la regularización masiva porque, dice, vacía de contenido la legalidad. Repite que la residencia no se regala, que los derechos deben ir acompañados de deberes, y que el Estado no puede enviar la señal de que todo se arregla con un trámite administrativo. El Govern se presenta como gestor responsable, frente a un Ejecutivo central acusado de desconocer los límites físicos y sociales del archipiélago.

Ese marco se completa con la intervención de la vicepresidenta Antònia Maria Estarellas, que aporta el argumento operativo: Extranjería colapsada, citas imposibles, personas atrapadas en la irregularidad por fallos administrativos. El mensaje es claro: regularizar sin reforzar el sistema no soluciona nada, solo traslada el problema a otro punto de la cadena. El Govern reclama recursos, pero también marca distancia política con la decisión del Gobierno central, presentada como unilateral y poco sensible a la realidad insular.

Prohens intenta ocupar el centro del tablero sin dejar espacio por la derecha. Pero ese equilibrio es inestable por la estrategia de Vox. La diputada Patricia de las Heras no entra en el marco de la capacidad administrativa ni del mercado laboral. Introduce directamente la idea de amenaza demográfica y sustitución civilizatoria. Ahí se produce un fenómeno relevante: el PP no compra ese discurso, pero tampoco lo combate frontalmente. Opta por desplazar el foco. No responde a la noción de sustitución, sino que insiste en la falta de control y en los límites de absorción.

Esa estrategia deja fuera un dato estructural que atraviesa todo el debate y apenas se verbaliza: el crecimiento demográfico de Baleares. En los últimos 25 años, el archipiélago ha sumado cerca de 400.000 habitantes. La mayoría de ese crecimiento procede de ciudadanos latinoamericanos, protagonistas de un nuevo ciclo migratorio que no entra con patera, sino por el aeropuerto, y que se inserta rápidamente en el mercado laboral. Ese fenómeno tiene un efecto directo: el aumento de población, unido a la expansión turística y a la inversión inmobiliaria.

En este punto aparece la clave que sobrevuela toda la sesión sin pronunciarse: el verdadero conflicto no es con la inmigración latinoamericana, sino con el islam. Vox lo expresa sin ambages a través de símbolos como el kebab o los comercios regentados por personas árabes. El inmigrante culturalmente próximo como el latinoamericano no genera fricción política para Prohens.

El debate deriva hacia la batalla cultural. El conseller Alejandro Sáenz de San Pedro habla de comercios emblemáticos y de autónomos asfixiados, señalando a Pedro Sánchez como responsable último. Vox transforma el argumento en caricatura: el horno que se convierte en kebab, aunque rotule en catalán, no salva la identidad.

Desde la izquierda, el discurso intenta reordenar el mapa. El PSOE discute el marco moral del discurso. Su portavoz parlamentario, Iago Negueruela, acusa a la presidenta Prohens de deslizarse hacia un lenguaje de exclusión y contrapone lo que define como "orgullo latino" frente a una narrativa que, a su juicio, importa categorías ajenas. Negueruela ironiza con que Prohens "seguro que disfrutó viendo la SuperBowl" mientras endurece su discurso migratorio y traza un paralelismo explícito entre las políticas de Donald Trump en Estados Unidos y las que ensaya el Govern en Baleares.

El dirigente socialista reivindica a los inmigrantes latinoamericanos que viven y trabajan en las Islas como sujeto pleno de derechos, y apela a la memoria de cuando los ciudadanos de Baleares emigraron. Desde ahí lanza una pregunta: qué diferencia a esos ciudadanos de quienes ayer eran ciudadanos de Balears en tránsito. Negueruela recuerda que buena parte de esa población pudo regularizar su situación gracias a las políticas impulsadas por el Gobierno de José María Aznar hace dos décadas.

Lluís Apesteguia, líder de Més, trata de replicar a PP y Vox: "Cuando la mayoría de las nuevas viviendas no se destinan a residencia habitual y faltan trabajadores para sostener el modelo, el problema no es el rótulo de un kebab, sino la contradicción entre crecimiento y capacidad real".

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