El pulso del grafiti se mantiene en Mallorca: "Que alguien se detenga quince segundos a leer algo que has pintado no tiene precio"
La fachada del antiguo Toys R Us y otros muros visibles de la isla se han convertido en escenario de un movimiento grafitero que persiste pese al endurecimiento de las políticas municipales. Mientras el Ayuntamiento de Palma intensifica el borrado en nombre de la ‘higiene visual’, los escritores siguen encontrando espacios para expresarse y dialogar con la ciudad

El lateral del Toys R Us se convirtió en un lienzo en blanco para los escritores de la ciudad. / GUILLEM BOSCH

La fachada del Toys R Us que da a la autopista de Inca se ha convertido en los últimos meses en uno de los soportes más visibles del grafiti en Palma. E.O.F. y otros escritores de la escena local han intervenido el muro de forma continuada, superponiendo firmas y piezas que dialogan con la ciudad. El edificio, expuesto a miles de miradas diarias desde la vía rápida, funciona como un escaparate involuntario de una práctica que, lejos de desaparecer, sigue encontrando espacios donde expresarse.
La persistencia del grafiti se desarrolla en paralelo con un endurecimiento de las políticas municipales. El Ayuntamiento de Palma ha intensificado las actuaciones contra pintadas y firmas, enmarcadas en una estrategia de ‘higiene visual’ que ha devuelto el gris a muchas paredes del centro y de distintos barrios. Según los datos de Emaya, en 2025 se eliminaron 9.282 grafitis en mobiliario urbano, edificios y vía pública, un 78,6% más que en 2022. La cifra refleja la magnitud de la tensión entre quienes escriben la ciudad y quienes la limpian, aunque los escritores aseguran que las intervenciones continúan a pesar de las campañas. Si se tiene en cuenta que Palma aglutina algo más de 800 calles, la media resultante es de más de once grafitis eliminados por vía, una cifra que da idea del alcance de la campaña.
Una escena que no se detiene
Pese al endurecimiento de las políticas municipales, el grafiti continúa formando parte del paisaje urbano de Palma y de otros puntos de Mallorca. Aparece en persianas de comercios cerrados, muros de autopistas, túneles, torrentes y zonas periféricas, allí donde el control es menor o la visibilidad, mayor. También, aunque de forma más limitada, en los trenes de Serveis Ferroviaris de Mallorca, un soporte que implica mayores riesgos y que ha derivado en denuncias, como la de un grafitero británico sorprendido hace un año pintando un vagón en instalaciones ferroviarias de Palma.
En esta escena conviven estilos, trayectorias y motivaciones diversas. Algunas firmas se repiten y son reconocibles para quien transita habitualmente por la ciudad: E.O.F., Go Vegan, Cranc, Koma, DMC, Turka, Seco, Rima o Miami, entre muchas otras. Búsquenlas en su pared más cercana.
No se trata de un movimiento homogéneo ni organizado, aunque a veces compactado en crews o grupos, sino de una suma de prácticas individuales y colectivas que comparten códigos, soportes y una manera particular de relacionarse con el espacio público.
«Sabes que borrar forma parte del juego»
«Cuando pintas, que lo borren forma parte del juego», explica Gino Milanesio, aka Weys, ex escritor de grafiti. Empezó a pintar con unos quince años, atraído por la adrenalina de una práctica ilegal que transforma la forma de mirar la ciudad. «Donde una persona ve una esquina o una persiana, nosotros vemos un lienzo. Piensas cuánta gente pasará por ahí, si es un buen sitio, si lo verá un bus o un tren, si sería un buen spot», explica.
Milanesio recuerda cómo se transmiten las reglas de la escena: «Hay códigos. No copiar e inspirarte es parte del proceso, y de ahí lega un punto en el que desarrollar tu propia imaginación, estilo, mensaje...». Pintar encima de alguien no siempre se hace a la ligera; forma parte del respeto dentro de la comunidad. Añade que, aunque él ya no escribe sobre las paredes, sigue muy atento a lo que ocurre en Palma: «Desde fuera, como todo, el grafiti avanza».

Gino Milanesio, aka Weys, escribiendo sobre un muro durante su época como grafitero. / G.M.
Milanesio dejó de pintar con el tiempo, una decisión que vincula a la madurez y a experiencias cercanas con la policía o con vecinos. Aun así, defiende el valor expresivo del grafiti: «Para mí era una forma de decir lo que callas, de opinar sobre temas tabú. Que alguien se detenga quince segundos a leer algo que no existiría si tú no lo hubieras pintado no tiene precio».
Historia y contexto
El grafiti no es un fenómeno reciente en Mallorca. La investigadora Marta del Pino Méndez, en su tesis doctoral El grafiti y la intervención urbana en Mallorca, sitúa las primeras firmas de estilo neoyorquino en 1989, aunque los testimonios recogidos por la autora indican que la práctica ya se gestaba a mediados de los años ochenta, coincidiendo con el segundo boom turístico de la isla y la expansión urbana de Palma.
Barrios como Pere Garau, el casco histórico de Palma, la plaza del Capitol o la plaza Major se consolidaron como focos de creación. Los primeros escritores eran en su mayoría menores de edad y pintaban cerca de sus casas. Con el tiempo, y gracias al contacto con escenas de otras ciudades españolas, la práctica se expandió hacia lugares de mayor visibilidad. Algunos de los nombres históricos más citados por Del Pino son Ovas y Nase, que iniciaron su actividad a finales de los años ochenta y sirvieron de referencia para generaciones posteriores.
Del Pino también explica que el grafiti en Mallorca ha evolucionado de firmas rápidas (tagging) a piezas más elaboradas, murales colectivos y estilos propios de la isla. En todos los casos, subraya que las intervenciones de los escritores responden tanto a criterios estéticos como a códigos de la comunidad, y que estas dinámicas no desaparecen aunque las políticas municipales sean más estrictas.
Entre la ética y la ilegalidad
Desde sus inicios, el grafiti ha mantenido una relación conflictiva con las instituciones. La ordenanza municipal de Palma prohíbe cualquier pintada no autorizada, aunque establece excepciones para murales con permiso. Esta distinción, apunta Del Pino, no es menor: «Es el germen de una planificación de lo que se considera digno de formar parte de la cultura visual de la ciudad».
La investigadora subraya que, pese a las medidas coercitivas, la práctica no desaparece. «Siempre se incorporan nuevas generaciones. Es algo cíclico». También destaca que, en el contexto mallorquín, existe entre muchos escritores una ética propia que excluye muros protegidos o espacios patrimoniales, una diferencia que, a su juicio, distingue la escena local de la de otras ciudades.
«La naturaleza del grafiti es ingobernable, y en eso reside su libertad», apunta la Del Pino, al tiempo que subraya que, pese a las políticas más represivas y a la llamada ‘higiene visual’, la práctica goza de una salud estable. Aun así, reconoce que la rapidez con la que se borran algunas piezas dificulta la aparición de obras más elaboradas.
La ciudad como lienzo
La campaña municipal ha dejado el centro de Palma visiblemente más desnudo, especialmente en calles como Sant Miquel o en la zona de Ramon Llull, donde antes abundaban firmas y pintadas. La pregunta que subyace es qué tipo de ciudad emerge tras ese borrado sistemático y qué se pierde por el camino. «El grafiti está hecho para vivir un tiempo determinado y morir» reflexiona Del Pino, «pero quizá habría que pensar qué hacemos con el rastro del paso de las personas por los lugares».
La fachada del Toys R Us ejemplifica esta dinámica: un espacio expuesto y atractivo, que E.O.F. y otros escritores han llenado de piezas recientes, visibles desde la autopista. No se sabe cuánto durarán. En este diálogo silencioso entre la ciudad y quienes la escriben, se aprecia la persistencia del grafiti y su capacidad de adaptarse, incluso bajo una intensa presión institucional. El tintineo de las latas de pintura, de momento, no va a dejar de sonar en la isla.
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