Los empresarios regularizan a Prohens

Marga Prohens / G. Bosch
Cuesta elegir entre los empresarios y el Govern, cualquier Govern. El famoso sector, afianzado en una explotación del territorio no solo inmoral sino discutible jurídicamente, impone su ley. No piensan despreciar el regalo de mano de obra barata y vulnerable en que consiste la regularización masiva, aunque el obsequio provenga de Pedro Sánchez. No porque antepongan el dinero a la política, sino porque funden y confunden ambos términos.
Enfrente por una vez de los patronos, la presidenta de Balears se quedó sola esgrimiendo la pancarta contra la regularización, un proceso que demuestra que cualquiera puede ser español. El «aquí no cabe todo el mundo» sonó a hueco en la Junta Hotelera, así que los empresarios regularizan a Prohens por el sencillo procedimiento de recordarle quién manda aquí.
La entrada libre decretada por Sánchez es un absurdo administrativo, envuelto en la presuntuosidad de sacar sobresaliente en humanismo. A Prohens le asiste la razón puntual, pero carece del poder para imponer su tesis. Es duro que un Govern deba plegarse a un discurso impuesto por cauces antidemocráticos, pero el ejecutivo balear también paga su frivolidad vengativa.
Prohens quiere ajustar cuentas desde su toma de posesión con los hoteleros, a quienes reprocha la confraternización con el Pacto de Progreso, y desde luego que no hubo Govern más propicio para el sector. Por desgracia, la presidenta salta de la sartén para caer en las brasas de la plaga del alquiler turístico, que supone la quiebra absoluta del concepto de comunidad.
Para evitar ensoñaciones progresistas, la discordia por el origen de la regularización no alterará el voto en Balears, con un termómetro que en la actualidad señala a más de 35 diputados para PP/Vox. Al revés, la izquierda perderá apoyos por el fraude de la regularización. Sorprende que los defensores del atropellado procedimiento subrayen los excelentes rendimientos económicos de la operación para quienes cosecharán los beneficios, y maticen que el resto de trabajadores ahora aplastados solo sufrirán un poco. Un poco más.
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