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Cala Rajada, en hibernación: así funciona el único hotel que no cierra

El Hotel Amoros desafía año tras año el vacío del invierno en Cala Rajada. Una historia de constancia, familia y pasión.

El Hotel Amoros está abierto todo el año /

El Hotel Amoros está abierto todo el año / / Nele Bendgens

En Cala Rajada parece haber hoteles en cada esquina. Pero en invierno la oferta se reduce a la mínima expresión. “Todos los hoteles están cerrados”, se indignaba un lector de Mallorca Zeitung, periódico del mismo grupo editor que Diario de Mallorca, que quería pasar Navidad y Nochevieja en el núcleo costero. Sin embargo, en invierno encontrar alojamiento allí es casi imposible, más allá de alguna habitación en pensiones o alquileres privados tipo Airbnb.

Modesto, pero auténtico

Sin embargo, hay una excepción: el Hotel Amoros, como cada año, ha abierto sus puertas puntualmente por Sant Antoni, el 15 de enero. Este establecimiento se permite como mucho unas cinco semanas de descanso invernal. Mientras otros hoteleros esperan al aluvión de turistas en primavera —algunos abren por Pascua, pero otros muchos no lo hacen hasta mayo—, en el Amoros la temporada está de nuevo en marcha.

“Lo hacemos así desde hace más de 20 años”, explica Lisbeth Paulsen. Y la mayoría de inviernos son el único hotel abierto del pueblo. “Nosotros” son ella y su marido, Antonio Castillo Marques. Hace 31 años que el matrimonio se hizo cargo del establecimiento, en pleno centro de Cala Rajada. “Antes era un alojamiento venido a menos, de una estrella”, recuerda Paulsen. Pero el precio de venta era lo bastante bajo como para poder afrontarlo con sus ahorros, ganados con esfuerzo. Era la oportunidad de cumplir un sueño largamente acariciado: tener su propio hotel. “Buscamos por toda Mallorca. Que acabara siendo Cala Rajada fue casualidad”, cuenta la danesa. Solo con el tiempo comprendieron hasta qué punto el invierno allí es sinónimo de parón total.

El ascenso, dice, fue a base de trabajo: de una estrella a dos, y después a tres. “Todo lo que ingresamos lo invertimos en mejoras”, afirma Paulsen. Así fue desde el principio y así sigue siendo. Modesto, pero auténtico. “No somos un hotel de lujo. Pero tenemos muchos clientes fieles que vienen y repiten”.

“Mejor algunos ingresos que ninguno”

Fueron precisamente esos clientes habituales quienes, al cabo de pocos años, insistieron en poder viajar también en invierno. “Aceptamos. Al principio, de todos modos, vivíamos arriba, en el ático, así que estábamos siempre aquí”, explica. Año tras año, Paulsen y Castillo fueron abriendo antes y cerrando más tarde. Desde hace alrededor de dos décadas, el 8 de diciembre quedó fijado como último día de temporada y el 15 de enero como el primero.

“Entre medias pasamos medio mes cerrando y el otro medio preparando la reapertura”, dice Paulsen con una sonrisa tenue. No parece especialmente descansada. No es de extrañar: la breve pausa navideña se ha dedicado menos a desconectar que a pequeñas reformas. Cada año toca alguna obra. “Con el hotel en funcionamiento no se puede”, añade.

¿Sale a cuenta? “Está claro que en invierno hay menos reservas que en temporada alta. Pero mejor algunos ingresos que ninguno”, responde la danesa, encogiéndose de hombros. El año pasado, asegura, fue bien: a la reapertura ya tenían ocupadas casi la mitad de las 80 habitaciones. “Pero, claro, todo esto solo es posible porque somos una familia fuerte. Porque nos apoyamos y arrimamos el hombro”.

Cercanía en invierno

El matrimonio tiene cuatro hijas, todas adultas, y todas han trabajado a lo largo de los años donde hiciera falta: recepción, comedor… En estos momentos, es sobre todo la segunda más joven, Ana Rosa, de 28 años, quien participa en el día a día. “Me gusta”, dice, pese al esfuerzo, la carga de trabajo y las preocupaciones económicas.

Equipo fuerte (de izquierda a derecha): hijas Sofía y Ana Rosa Castillo, madre Lisbeth Paulsen, padre Antonio Castillo, hija Elena Castillo y recepcionista Marga Sastre

Equipo fuerte (de izquierda a derecha): hijas Sofía y Ana Rosa Castillo, madre Lisbeth Paulsen, padre Antonio Castillo, hija Elena Castillo y recepcionista Marga Sastre / Nele Bendgens

El motor siempre fue el padre. Antonio Castillo tiene hoy 77 años. Antes de hacerse autónomo dirigió varios hoteles del grupo Barceló, entre ellos uno en Ibiza, donde conoció a quien sería su esposa. En teoría está jubilado, pero acude cada día al hotel para ayudar a Lisbeth Paulsen.

Ella, con 58 años, tampoco piensa en retirarse a corto plazo. Reconoce que los tiempos no son fáciles: poco apoyo político, elevada carga fiscal. A cambio, valora el contacto con los clientes. “Especialmente en invierno”. Muchos huéspedes llevan décadas viniendo; a algunos los ha visto crecer. “Fuera de la temporada alta estamos todos más tranquilos. Es más personal”, afirma. Se nota rápido: es el alma del hotel. Siempre presente, siempre dispuesta, siempre al pie del cañón, incluso después de tantos años.

Círculo vicioso: sin hoteles, sin restauración

Según la danesa, quienes visitan Cala Rajada por primera vez en invierno suelen quedarse sorprendidos, incluso impactados, por lo poco que ocurre fuera de temporada en un lugar que en verano es puro bullicio. También muchas tiendas, bares y restaurantes caen en un letargo de varios meses. A menudo, los empresarios se culpan mutuamente de que los turistas no lleguen en invierno. “No tienen alojamiento”, argumentan los restauradores. “No tienen nada para salir”, replican los hoteleros. Un círculo vicioso.

Para Paulsen, sin embargo, la clave es la conectividad. El horario de invierno de los autobuses interurbanos públicos es “una catástrofe”. Y los ‘shuttles’ privados desde el aeropuerto no operan en invierno hasta el extremo este de la isla. “Para los turistas, fuera de temporada es más cómodo alojarse en torno a Palma”, sostiene.

Aun así, sabe que sus 159 plazas se han vuelto imprescindibles para muchos. Porque los verdaderos aficionados a Cala Rajada no se conforman con la Playa de Palma. Especialmente los alemanes. Jubilados, parejas jóvenes o personas que viajan solas para teletrabajar unas semanas: todos confluyen en el Hotel Amoros. En la nueva piscina cubierta pueden bañarse incluso con frío, la mayor inversión del establecimiento en años. Los propietarios han aprendido a sacar partido de su temporal posición de monopolio. Por el municipio, discretos carteles señalan el Amoros. “Abierto todo el año”. O casi.

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