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Las olimpiadas del peloteo

El caso de María Corina Machado ejemplifica uno de los principios sagrados del presidente de EEUU: la adulación es condición necesaria, pero no suficiente

Machado y Trump Nobel de la Paz. | EFE

Machado y Trump Nobel de la Paz. | EFE

Ernest Folch

Uno de los fenómenos colaterales más fascinantes de la era Trump es el nacimiento de un nuevo género político: la adulación llevada a su patetismo más ridículo. El dictador no solo debe ser obedecido, debe ser adorado, reconocido, bendecido, hasta límites nunca vistos. En su corte más íntima, el elogio no es ni una señal de cortesía, es un mero instrumento de supervivencia. Desde Marco Rubio al vicepresidente Vance, pasando por el infame secretario de Guerra, todos empiezan sus intervenciones alabando el buen hacer de su amo, dejando claro que solo obedecen sus órdenes y haciendo un inventario de todos sus logros. Este ejercicio diario de servilismo es seguido por la gran mayoría de senadores y cargos republicanos, pero va mucho más allá de la política. Empezaron lamiéndole los pies magnates de Silicon Valley como Mark Zuckerberg, Tim Cook o Bill Gates, y continuaron hace unos días los del petróleo, incluido el español Josu Jon Imaz, de Repsol, que no quiso quedarse atrás en la carrera loca del agasajo al gran líder planetario. Como si hubiéramos vuelto al Berlín de 1938, el nuevo Führer del siglo XXI necesita a sus oponentes, pero también a sus aliados, siempre de rodillas, siempre sumisos, y siempre dispuestos a postrarse ante el nuevo emperador. La famosa humillación a Zelenski sacudió al mundo, pero hemos tardado poco en descubrir que aquel grotesco akelarre era tan solo una rutina más del nuevo modus operandi de esta administración americana.

Y en las olimpiadas globales del peloteo, hay dos campeones que han logrado destacar por encima del resto, que ya es decir. La medalla de plata es para Mark Rutte, el cretino que dirige la OTAN, especialista en elogios extemporáneos a Trump, y que en el acoso bárbaro a Groenlandia ha sido incluso capaz de justificar que un miembro de la Alianza Atlántica pueda invadir a otro miembro. Pero, por mucho que Rutte se arrastre como una lombriz, hay un consenso desde este jueves en que la medalla de oro debe ser para María Corina Machado, que ha llegado a las más altas cotas de babosidad nunca vistas, regalándole el Premio Nobel al magnate y humillando un premio que puede que ya no se recupere nunca más de esta comedia. Machado tenía que pasar a la historia por ser la presidenta que recuperó el poder después del chavismo y será recordada únicamente por haber denigrado la poca dignidad que le quedaba con un gesto de vergüenza ajena que resulta angustiante incluso para sus enemigos. Su trágico caso ejemplifica uno de los principios sagrados de Trump: la adulación es condición necesaria, pero no suficiente. De ahí que el propio presidente, mientras recibía a Machado en la Casa Blanca por la puerta de atrás, siguiera elogiando a Delcy Rodríguez, que tiene algo mucho más importante que los elogios, que se llama petróleo. Lo único bueno del fascista Trump es que también humilla a los imbéciles que se arrodillan ante él. A ver si toda esta corte de babosos es capaz, al menos, de aprender esta lección. n

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