Boulevard
Por algo dijo Julio Iglesias en Mallorca que «estoy más allá del bien y del mal»
Dos jóvenes de la jet mallorquina ligaron con Carlos Iglesias y su hermano, que solo repetía que «un día cantaré en el Albert Hall»

Los besos y tocamientos de Julio Iglesias no causaban una especial conmoción en Palma en 1986. «Tengo ahora más conquistas que nunca, pero no las exhibo para que no puedan acusarme de nada». / DM
Hay que ver las cosas que suceden en la mansión de Julio Iglesias en Dominicana, y que por supuesto no suceden en las numerosas mansiones de prohombres mallorquines en Dominicana. Nuestra historia comienza precisamente en Mallorca, a mediados de los años sesenta. Dos damas de la alta sociedad palmesana ya eran por entonces bellas diecisieteañeras, pero dejemos que ellas mismas refresquen su aventura:
«Nos ligamos en el bar Formentor a dos típicos veraneantes madrileños, unos desconocidos que se llamaban Carlos y Julio Iglesias. En su coche fuimos hasta Valldemossa, todo en horario de tarde porque a las diez se cenaba en casa. El segundo era el mayor, hablaba de fútbol y solo nos repetía que ‘un día cantaré en el Royal Albert Hall’, que ni sabíamos lo que era».
Se registraron algunos besos, tímidos escarceos por comparación con las escenas que me serían dadas a presenciar dos décadas más tarde, cuando Julio Iglesias ya era una estrella mundial. Lo conocí persiguiéndolo por el parking subterráneo del hotel Valparaíso, el encuentro de larga duración se produjo en la Royal Suite del por entonces Son Vida Sheraton. El artista saludó a la camarera que le sirvió un opíparo banquete, que apenas cataría, con un comentario sobre su anatomía que es irreproducible en una sección que no solo leen los niños. A la segunda entrega, el artista deslizó la mano por el cuerpo de la empleada hasta el lugar «donde la espalda pierde su casto nombre». Y era solo el principio.
Dominante, con voz estentórea y mirando al micrófono, Julio suelta que «estoy más allá del bien y del mal», una apropiación personalizada de Nietzsche, a quien por supuesto no citó y que hoy resuena diferente. Mientras aguardaba la llamada de una misteriosa «Mary» que nunca supimos quién era, el ídolo presumía de que «en Bahamas he mandado mi depresión al carajo». La tercera isla de esta página, donde ahora le acusan de depresivos abusos sexuales. El cantante describió incluso sus proezas amatorias, alardeando de su voracidad. «Tengo ahora más conquistas que nunca, pero no las exhibo para que no puedan acusarme de nada». Casi una confesión, «estoy emocionalmente tranquilo».
Todo lo anterior y lo posterior fue fielmente reproducido en aquel 1986, cuando Iglesias había llegado a Son Sant Joan en jet privado desde Miami, y al día siguiente volaba a Madrid para asistir a la enésima reaparición «de mi compadre ‘El Cordobés’». Improvisar ahora la memoria de aquel festín corporal resultaría obsceno, y ninguno de los incidentes desató entonces ni una mínima conmoción. Porque el cantante prodigó, según escribíamos entonces, «besos, y más besos, ósculos de todos los modelos y colores. A la camarera, a las empleadas del hotel, a las clientas, a nadie le hubiera extrañado que juntara sus labios con una mujer retratada en un cuadro del establecimiento». Todo lo cual aparece en la imagen que hoy no nos ilustra, porque cualquiera se atreve a publicar ahora una foto del cantante abrazado a una fan.
Nunca he visto nada igual, después de contemplar en acción a Miguel Bosé, Michael Douglas, Hombres G, Mecano, Leonardo DiCaprio, Cristiano Ronaldo, David Hasselhoff y demás mitologías. Ni sumados desatan una pasión equiparable, Julio se aferraba como un náufrago a todos los seres humanos circundantes, mientras recriminaba a los fotógrafos que «me habéis sacado el lado izquierdo, y muy flaco», ver más adelante. Testimonio estándar de una de las estrujadas:
-Qué majo es. Y qué guapo. Parece imposible tenerlo tan cerca.
Los tiempos cambian. Julio viajaba escoltado por dos gorilas, otros dos misteriosos cubanos que reaparecerán al final de este relato y el insustituible Toncho Nava, con el que tuve oportunidad de jugar a baloncesto. El cantante se deshacía en «mi España» y se mostraba combativo. «Estoy muy contento de haber llegado hasta aquí , pero todavía no estoy en la cima». Frank Sinatra «es mi papá, me quiere mucho y vamos a grabar un disco juntos». Había llegado el momento de arrancarlo de su zona de confort táctil:
-Julio, ¿cuánto te ha costado la campaña promocional en Estados Unidos?
-Vamos, hombre, decirme a mí, estando donde estoy, que lo he logrado a base de dinero. Además, por mucho que se invierta, no hay nada que hacer si el producto no vale la pena, y a mí me conocen desde Finlandia hasta Australia.
Todo ello mientras seguía tecleando en los cuerpos que se le acercaban, ¿ofrecían?, sin importar que al mismo tiempo tuviera que atender peticiones familiares. «Isabel (Preysler) es la madre de mis hijos, ni más ni menos». El colofón de la entrevista se mantuvo a la altura del espectáculo previo, con un dramatismo inesperado. De repente, Iglesias se queda quieto, mudo, paralizado, congestionado. Pánico en la suite entre su séquito, los guardaespaldas nos expulsan de la habitación, los cubanos sacan los maletines de doctor. A la salida, veo al mito tendido en la cama mientras su entorno se esfuerza por recuperarlo, el escorzo de Andrea Mantegna. Sin palabras.
Reflexión dominical malbaratada: «No confundir el ‘maltrato’ con el ‘malrato’».
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