La gran fuga silenciosa
Uno de cada diez litros se evapora en los embalses españoles
Un nuevo estudio publicado en ‘Earth’s Future’ por investigadores de la Universitat de les Illes Balears, la Universidad de La Rioja y el Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC) cuantifica a escala nacional la pérdida de agua

Celso y sus compañeros recogen muestras de agua en Menorca. | CELSO GARCÍA
Blanca Gelabert
España es uno de los países del mundo con mayor capacidad para regular y almacenar agua dulce. Su red de embalses es capaz de retener un volumen equivalente a la mitad del caudal anual de todos los ríos peninsulares, una infraestructura que ha sostenido el desarrollo agrícola, industrial y energético desde mediados del siglo XX. En este tiempo, la superficie de regadío casi se ha duplicado, hasta alcanzar los 3,7 millones de hectáreas; hoy consume cerca del 80% del agua disponible.
Ese modelo ha sido visto durante décadas como garantía de seguridad hídrica. Pero encierra una paradoja significativa: almacenar agua también implica perderla. Esa pérdida había sido mencionada de forma fragmentaria en la literatura científica, pero faltaba una cuantificación rigurosa a escala nacional.
Un nuevo estudio publicado en Earth’s Future por investigadores de la Universitat de les Illes Balears, la Universidad de La Rioja y el Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC) ofrece ahora una cifra contundente: cerca del 10% del agua embalsada en España se evapora cada año. Esto supone aproximadamente 2.000 hectómetros cúbicos (hm³), el equivalente a cinco embalses del Yesa llenos que se desvanecen sin posibilidad de uso. Desde 1961, la evaporación acumulada supera los 114.000 hm³, una cantidad equivalente al caudal del río Ebro durante una década.
«Estamos hablando de una cantidad de agua muy relevante que no se contabiliza como pérdida de recurso», explica Celso García, catedrático de Geografía Física de la UIB y autor principal del estudio. «La consecuencia es que creemos tener más agua disponible de la que realmente tenemos. Es un agujero invisible en el sistema».

Estrés hídrico en península y Baleares / Fuente: Ministerio para la Transición Ecológica y Reto Demográfico (MITECO)
Las pérdidas crecen: un problema estructural
El estudio analiza datos de 362 embalses que representan el 94% de la capacidad total de España. Los investigadores documentan un aumento sostenido de la evaporación desde 1961, con un crecimiento medio de casi 28 hm³ anuales. En las dos últimas décadas, las pérdidas superaron los 2.600 hm³ por año, lo que convierte la evaporación en un componente estructural del balance hídrico nacional.
Uno de los resultados más llamativos es que el aumento de estas pérdidas no se debe principalmente al calentamiento global, como cabría esperar, sino a la propia expansión del sistema hidráulico español. La construcción de nuevos embalses y el incremento del volumen almacenado han tenido un impacto 22 veces mayor que el cambio climático. Por sí solo, el volumen embalsado ejerce una influencia siete veces superior.
García lo resume de forma gráfica: «Cuanto más agua guardamos, más agua se pierde». La explicación es fácil de entender: cuando sube el nivel de un embalse, aumenta también la superficie de lámina de agua expuesta a la atmósfera. Cada hectárea actúa como un intercambiador directo; cuanto mayor sea el espejo de agua, mayor será la evaporación. A esto se suma el calentamiento atmosférico, que incrementa la capacidad del aire para retener vapor.
Las diferencias entre cuencas también son significativas. En las del Júcar y Segura, las más áridas del país, la fracción evaporada supera el 11% del volumen almacenado, por encima de la media nacional, situada en torno al 8,3%.
Un coste económico y ambiental que no se contabiliza
Las pérdidas anuales de agua equivalen a casi la mitad del consumo urbano en España. Si se expresaran en términos económicos, supondrían alrededor de 800 millones de euros al año, considerando los precios del agua para usos agrícolas, industriales y urbanos. Es un volumen que se volatiliza y regresa a la atmósfera sin pasar por ningún uso humano.
Pese a su magnitud, esta pérdida no se incorpora aún a la planificación hidrológica vigente, lo que genera un desajuste entre los recursos que se cree tener disponibles y los recursos realmente existentes. «Contamos agua que en realidad ya no está», advierte García. Esta ausencia en los balances oficiales supone que decisiones clave —desde concesiones de uso hasta inversiones en infraestructura— parten de una base incompleta.

Evolución 1961-2018 / Fuente: Celso García
Un futuro más cálido, una evaporación mayor
Las proyecciones que acompaña el estudio no son alentadoras. Bajo un escenario de altas emisiones, las pérdidas por evaporación podrían aumentar un 35% a finales de siglo, hasta rondar los 3.000 hm³ anuales. En ese contexto, hasta uno de cada cinco litros almacenados podría evaporarse antes de poder usarse.
Las cuencas del Guadiana, Tajo, Ebro y Duero, grandes zonas de retención de agua, serían las más vulnerables. El aumento de temperaturas previsto para esas regiones, junto con su enorme capacidad de almacenamiento, las coloca en el centro del problema.
«En un clima más cálido y seco, el agua pasa más días expuesta en la superficie de los embalses y las condiciones favorecen la evaporación. Parte de su función como reserva estratégica se diluye. Literalmente», señala García.
Cuencas mediterráneas al límite
Este diagnóstico se refuerza con otro trabajo reciente publicado en Environmental Research Letters, que describe un escenario límite en las cuencas mediterráneas españolas. En estas regiones, la disponibilidad de agua dulce ya no basta para satisfacer simultáneamente las necesidades humanas y sostener la salud de los ecosistemas.
La presión acumulada sobre ríos y acuíferos —por el regadío, el turismo y la industria— ha llevado a situaciones críticas. La degradación de humedales como Doñana o Las Tablas de Daimiel, la pérdida de biodiversidad, la contaminación por nutrientes o productos industriales y la sobreexplotación de acuíferos dibujan un panorama preocupante.
García reflexiona sobre las raíces del problema: «Durante décadas hemos construido un modelo económico altamente dependiente del agua en territorios que, de forma natural, son secos. Esa ecuación funcionó mientras había abundancia y las temperaturas eran más suaves. Ahora las aportaciones disminuyen y la atmósfera es más demandante. La ecuación se está rompiendo».
Cambiar la manera de gestionar el agua
España es uno de los países con mayor número de grandes presas del mundo —más de 1.200—. Esa expansión permitió multiplicar la disponibilidad de agua en el siglo XX, pero hoy deja poco margen para seguir aumentando la capacidad de almacenamiento. Además, cualquier nueva presa aumenta también la superficie expuesta y, por tanto, la evaporación.
Por ello, los investigadores plantean la necesidad de incorporar la evaporación a los balances oficiales del agua disponible y ajustar las concesiones en función del recurso realmente existente. Proponen también repensar la operación de los embalses para optimizar la conservación del agua: mantener niveles intermedios durante los periodos de alta evaporación, reducir la permanencia de grandes volúmenes en verano o modular desembalses según la meteorología prevista.
En paralelo, algunas técnicas de supresión física —como cubiertas flotantes, láminas superficiales o sombreado parcial— pueden ayudar a reducir la evaporación, aunque su aplicación resulta más viable en embalses pequeños o medianos. Los autores incluso plantean la posibilidad de introducir «créditos de evaporación» en el sistema de asignación del agua, de modo que las pérdidas atmosféricas se integren en el coste del recurso. «No basta con retener agua; hay que ser capaces de conservarla en el tiempo. De lo contrario, estamos trabajando con una contabilidad engañosa», resume García.
Un cambio de paradigma
Más allá de la construcción de infraestructuras, el reto consiste en gestionar mejor la demanda, proteger los ecosistemas de agua dulce y reconocer que el recurso no es infinito. La restauración de humedales y riberas, la conservación de acuíferos, la racionalización de usos agrícolas y la lucha contra las captaciones ilegales emergen como elementos clave para garantizar la seguridad hídrica de las próximas décadas.
«Debemos dejar de pensar únicamente en aumentar la oferta», concluye García. «La clave ahora es hacer un uso más inteligente del agua que ya tenemos».
La paradoja del agua en España —que una parte sustancial de lo que se almacena se pierde— cuestiona los cimientos mismos del sistema de regulación actual. En un contexto marcado por un clima cada vez más cálido y seco, medir, contabilizar y reducir la evaporación deja de ser un detalle técnico para convertirse en una condición imprescindible. El mensaje que ofrecen los investigadores es inequívoco: el agua almacenada no siempre permanece disponible. Una parte significativa se desvanece, cerrando el ciclo de forma poco eficiente para los usos humanos. Reconocer esta pérdida invisible será clave para la sostenibilidad del sistema hídrico y para garantizar el agua a las generaciones futuras.
Descifrando un gráfico
Este gráfico resume, de un vistazo, por qué la evaporación en los embalses españoles no ha dejado de crecer en las últimas seis décadas. La línea roja muestra la evaporación real: un trazo zigzagueante pero ascendente, que revela un aumento constante de 27,7 hm³ al año desde 1961. Podría pensarse que este incremento es consecuencia directa del calentamiento global, pero la línea verde -que representa el efecto del clima- apenas se mueve. El gran salto lo marcan, en cambio, la construcción y ampliación de embalses y la creciente superficie de agua expuesta, que aparecen como líneas amarilla y azul. A medida que España ha ido acumulando capacidad de almacenamiento, también ha multiplicado la superficie susceptible de evaporarse.

Descifrando un gráfico / .
Las áreas coloreadas que acompañan al gráfico -y la barra lateral que traduce esa información en porcentajes- ofrecen una lectura rápida y casi incontestable: cerca del 75% del aumento de la evaporación procede del propio modelo hidráulico, no del clima. Es una imagen que desmonta ideas arraigadas y deja un mensaje directo: al crear más lámina de agua para protegernos de la sequía, hemos alimentado una pérdida invisible que crece año tras año.
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