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Una cooperativa alemana busca nuevos socios para un proyecto de finca en Mallorca

Una finca mallorquina de más de 200 años, 16 propietarios y un objetivo claro: la comunidad por encima del beneficio económico

Alexandra Bosse

Palma

¿Quién no sueña con tener su propio refugio rodeado de naturaleza, y además en Mallorca? Eso mismo pensaron hace más de doce años Petra Lippold y su amiga y cofundadora de la cooperativa, Sabine (que prefiere no revelar su apellido). En 2013 comenzaron a darle vueltas a cómo convertir esa idea en realidad: debía ser un lugar de tranquilidad y descanso, algo más grande y típicamente mallorquín, en el campo.

“Como ninguna de las dos somos grandes asalariadas, se nos ocurrió crear una cooperativa e implicar a más personas”, explica la terapeuta ocupacional de Leipzig. La propiedad adecuada apareció pronto durante un viaje conjunto: la finca Can Garrit, cerca de Cas Concos de Cavaller. Se trata de una payesía de más de 200 años, con 400 metros cuadrados construidos y 1,7 hectáreas de terreno.

Contactaron primero con amigos y después encontraron más miembros a través de anuncios en periódicos de toda Alemania. En abril de 2014 fundaron en Leipzig la cooperativa Son Sard e.G. y en septiembre de ese mismo año firmaron el contrato de compraventa.

Un hogar compartido en la isla

“En cuanto toco la puerta de madera de olivo centenaria, sé que estoy en casa”, comenta entusiasmada la terapeuta ocupacional de 60 años durante una visita de la MZ a la finca. Tras cruzar la puerta se accede directamente a la acogedora zona de estar del apartamento ‘Almendro’, con cocina abierta. Aquí se encuentra también el llamado ‘salón del caballero’, donde pueden reunirse grupos numerosos para comer.

Encima se sitúa el apartamento ‘Limón’. “Es nuestra suite”, explica Lippold al mostrar el casi señorial dormitorio con un baño de grandes dimensiones. Desde allí se accede a una terraza cubierta con una vista espectacular hacia Felanitx y el Santuario de Sant Salvador. “En verano se duerme de maravilla al aire libre”, asegura.

Una finca, 16 propietarios

La casa principal cuenta en total con cuatro viviendas independientes, once camas y hasta 14 plazas para dormir. Todas las estancias disponen de terrazas. Separada del edificio principal se encuentra además una casita: el antiguo establo, reformado y ampliado, ofrece cuatro plazas adicionales y una pequeña cocina independiente.

Hasta alcanzar su estado actual, la finca requirió mucho trabajo. “Aquí estaban abiertos todos los suelos y paredes, porque renovamos por completo las instalaciones de agua y electricidad. Fue un infierno”, recuerda Lippold sobre las obras iniciadas en 2014. Sin embargo, subraya que un proyecto conjunto de este tipo enseña mucho sobre tolerancia. “Puedes discutir eternamente sobre el color, el tipo o el tamaño de las baldosas. O puedes decir: que decidan los que están allí, y al final queda bonito tal como está”.

Igualdad de derechos y decisiones compartidas

Actualmente, la cooperativa Son Sard e.G. cuenta con 16 miembros con derecho a voto. El número máximo de participaciones será de 18. Cada participación cuesta actualmente 60.000 euros. “Ahora también ofrecemos la posibilidad de participaciones compartidas, de modo que dos familias puedan dividir una”, explica Lippold.

Cada socio dispone de un solo voto, independientemente del número de participaciones que posea. “Esa es la diferencia con el derecho societario tradicional. Aquí todos somos iguales: no decide quien tiene más dinero”, señala. De este modo, nadie puede imponer su voluntad y tanto los costes como las responsabilidades de una propiedad tan grande se reparten entre muchos.

Uso exclusivamente privado

“Lo fundamental es que sean personas que entiendan y compartan esta idea de comunidad”, afirma Lippold. Tras los primeros tres años del proyecto Son Sard, la cooperativa vivió un conflicto interno. “Estuvimos a punto de rompernos, porque siete personas querían solicitar una licencia de alquiler y obtener dividendos”, recuerda la mujer de 60 años.

Sin embargo, la mayoría se mantuvo fiel a la idea original: Can Garrit es solo para uso privado de los socios y sus familias. Mediante un calendario de ocupación, los miembros pueden reservar sus fechas con hasta un año de antelación. “A veces hay coincidencias, pero nunca ha habido problemas serios. Siempre nos ponemos de acuerdo”, asegura.

Reuniones, trabajo en equipo y espíritu comunitario

Dos veces al año, todos los socios se reúnen en asamblea general en algún punto de Alemania. Allí se debaten nuevas obras, se revisan las cuentas del año anterior y se tratan otros asuntos pendientes. “Incluso cuando hay diferencias de opinión, el encuentro personal ayuda mucho. Cuando te miras a los ojos, los malentendidos desaparecen rápido. Y como muy tarde, con una cerveza por la noche, todo vuelve a estar bien”, dice Lippold, quien actúa como el eje vertebrador del grupo.

“Soy algo así como el faro en medio de la tormenta”, comenta con una sonrisa. Además, cada mes de marzo se reúne el “núcleo duro” para un fin de semana de trabajo, en el que se realiza la limpieza de primavera y las reparaciones necesarias. “Para mí es una semana de vacaciones absolutamente relajante. Da gusto trabajar juntos y seguir mejorando nuestro hogar compartido”, afirma.

Buscan nuevos miembros

Los miembros de la cooperativa tienen entre 40 y 70 años y proceden de todas las regiones de Alemania. En estos momentos, Son Sard vuelve a buscar nuevos socios. “Preferiblemente también personas más jóvenes, porque de lo contrario el proyecto no podrá mantenerse a largo plazo”, concluye Petra Lippold.

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