Opinión
Si Cabrera va mal, Mallorca irá peor

Vista de la ensenada natural del puerto de Cabrera tomada desde el castillo. | J. SITGES
Si Cabrera va mal, Mallorca irá peor, porque el pomposo Archipiélago no es un mero satélite insular, sino el auténtico termómetro mallorquín. La antigua prisión de los soldados napoleónicos ejerce de última frontera de Balears, su desgaste equivale a escala planetaria al deshielo de los casquetes polares.
Y Cabrera no va mal, su estado es pésimo. Aunque cuesta lamentarse después de haber bombardeado de uniforme la superficie de la quinta isla balear en maniobras militares, la pérdida del cuarenta por ciento de su riqueza en especies en menos de una década supera el rango de alarmante. Ni siquiera se aprecia la recuperación que debería haber implicado el confinamiento por la covid, y la toma de muestras del estudio ahora publicado se detiene en 2022, hurtando la fiereza de los años posteriores.
¿No habíamos quedado en que el Parque Nacional Archipiélago de Cabrera se saldaría con una protección ejemplar del entorno? En primer lugar, y según determina el estudio, la fluidez marina anula la ilusión de preservar entornos limitados.
Además, los mecanismos de salvaguarda han sido furiosamente violentados. En la primera fase, el paraíso ecológico fue en realidad un resort de lujo para ecologistas sin demasiados escrúpulos, que se acusaban mutuamente y con el material gráfico correspondiente de disfrutar de un entorno privado.
En segundo lugar, Cabrera se pensó para una izquierda responsable, si el concepto tuviera sentido. Con la transmisión de competencias a la comunidad, fueron consellers como Biel Company quienes pudieron celebrar festejos antes reservados a la plebe verde. Y estos excesos son pecados veniales frente al crimen de la explotación, una palabra muy apropiada para el reventamiento de los recursos bajo coartada turística.
Si Cabrera sobrevive es porque muchos indígenas no la visitan, la mejor manera de respetarla. Ya es curioso que el estudio sobre su destrucción proceda de instituciones catalanas. Encargando un análisis al mismo laboratorio que determinó que los cruceros no contaminaban a Palma, también Cabrera recuperaría la pureza de Groenlandia.
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