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Baleares ‘normaliza’ la convivencia con los abuelos ante la crisis de vivienda

Compartir casa con los mayores es más común entre familias inmigrantes, monoparentales y entre hogares con un nivel educativo menor

Un abuelo pasea con su nieto.

Un abuelo pasea con su nieto. / Europa Press

Guillem Porcel

Guillem Porcel

Palma

La convivencia entre abuelos, hijos y nietos ya no es una elección familiar sino que para muchas familias en Baleares se ha convertido en una respuesta obligada ante la crisis de vivienda, la precariedad laboral y la insuficiencia de los servicios públicos de conciliación. Según los últimos datos, el 17% de los hogares del archipiélago con menores de 16 años incluye al menos a un abuelo conviviente, una proporción superior a la media estatal y solo por detrás de comunidades como Canarias y Galicia.

El fenómeno se enmarca en una tendencia creciente en toda España. Según un análisis de Funcas, elaborado a partir de los microdatos de la Encuesta de Población Activa (EPA), el porcentaje de hogares con menores que conviven con abuelos ha pasado del 12% al 16% en apenas cuatro años. Estos hogares representan ya el 6% del total del país.

El estudio desmonta la idea de que se trata de un fenómeno marginal y, por el contrario, revela hasta qué punto el sistema de bienestar está siendo sustituido, de facto, por una red familiar que asume funciones de cuidado, apoyo económico y estabilidad residencial sin reconocimiento institucional ni respaldo público.

Que Balears figure entre las comunidades con mayor presencia de hogares intergeneracionales no es casual. El encarecimiento del alquiler, la escasez de vivienda accesible y un mercado laboral fuertemente estacional empujan a muchas familias a compartir techo con los abuelos como única alternativa viable. En la práctica, la co-residencia intergeneracional actúa como amortiguador de un modelo económico que genera empleo, pero no garantiza condiciones de vida estables.

En este contexto, los abuelos no solo ayudan sino que sostienen. Cuidan a los nietos, permiten que los padres trabajen, aportan pensiones a economías domésticas frágiles y, en muchos casos, son el principal soporte del hogar.

Funcas subraya que la pandemia fue el detonante inicial de este crecimiento. María Miyar, directora de Estudios Sociales de la fundación, señala que «la pandemia actuó como catalizador, ya que muchos hogares reconfiguraron su convivencia para atender cuidados o afrontar dificultades económicas». Lo relevante, advierte, es que esa convivencia no se ha revertido tras la crisis sanitaria.

«La presión del mercado de vivienda, la inestabilidad laboral y la escasez de servicios de conciliación han consolidado este modelo», explica Miyar. Es decir, la convivencia con los abuelos se ha cronificado porque los problemas que la originaron siguen intactos.

Desigualdad generacional

Los datos evidencian que la coresidencia intergeneracional es especialmente frecuente allí donde el sistema falla con más fuerza. En los hogares biparentales con menores, la convivencia con abuelos alcanza el 12%. En los monoparentales, la cifra se triplica hasta el 38%, lo que pone de relieve hasta qué punto los abuelos compensan la falta de apoyos públicos a estas familias.

También existe una clara brecha social. La convivencia intergeneracional es más común entre familias inmigrantes y entre hogares con menor nivel educativo. Mientras solo el 10% de los hogares con estudios universitarios comparte vivienda con abuelos, el porcentaje asciende al 16% entre quienes no tienen formación superior. Cuanto mayor es la vulnerabilidad, mayor es la dependencia de esta red familiar informal.

En Balears, estos datos dibujan una realidad incómoda: el cuidado de la infancia, la conciliación laboral y parte de la estabilidad económica de miles de hogares descansan sobre los abuelos. Sin políticas específicas, sin inversión suficiente en servicios públicos y sin soluciones estructurales al problema de la vivienda, la familia —y especialmente los mayores— se ha convertido en el último recurso.

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