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El taller de Càritas Mallorca donde se reparan los sueños para la Noche de Reyes

Esther, Tolo y Flor son las manos detrás de este centro de juguetes de la entidad, donde en estas fechas de frenesí por los regalos este espacio se convierte en un motor de segundas oportunidades: para los objetos que otros desechan y, sobre todo, para las personas que encuentran en este proyecto una vía para su reinserción laboral y personal

VÍDEO | Así es el taller de recuperación de juguetes de Cáritas Mallorca

B. Ramon

Nair Cuéllar

Nair Cuéllar

Palma

Lejos del bullicio de las luces de Navidad y de los escaparates abarrotados de las jugueterías, existe una nave donde el tiempo no se mide en minutos, sino en piezas encajadas y sonrisas recuperadas. Es el taller de juguetes de Càritas Mallorca. Aquí, el aire no huele a pino ni a turrón, sino a jabón neutro, a goma limpia y a ese aroma tan particular que tiene la nostalgia cuando se convierte en esperanza. A pocos días de que las tres siluetas reales crucen las aguas del Mediterráneo para desembarcar en el Moll Vell de Palma, el ritmo en este rincón es frenético. No es para menos, aquí se están ultimando los detalles para que Sus Majestades, Melchor, Gaspar y Baltasar, cuenten con refuerzos de lujo en la isla.

Esther Rus, responsable de los talleres de inserción de la entidad (que incluyen no solo juguetes, sino también confección y bicicletas), nos recibe con la mirada cansada pero brillante. Es la directora de una orquesta de pajes modernos. «En este taller, el juguete es solo la excusa», nos explica mientras sorteamos cajas de cartón que rebosan ilusiones de plástico y madera. «Lo que realmente estamos reparando aquí son los procesos personales de quienes trabajan con nosotros. Pero claro, cuando llega Navidad, el corazón se nos acelera a todos. Sabemos que lo que sale por esa puerta termina en el árbol de una familia que, de otra forma, viviría estos días con mucha tristeza», sostiene.

El recorrido de un juguete en Càritas es una auténtica travesía de redención. Todo comienza en la zona de triaje, un espacio que estos días parece el almacén central de Oriente. Las donaciones llegan desde todas partes: colegios que hacen campañas de recogida, empresas comprometidas y particulares que, con el corazón en la mano, deciden que el peluche que acompañó a sus hijos ya ha cumplido su ciclo en casa y merece una nueva misión.

«Aquí lo clasificamos todo por edad, por tipo, por estado», señala Esther. Pero el trabajo no es solo separar. Hay una sección que parece un hospital de campaña para la imaginación: la zona de limpieza y electrónica. Juguetes que llegaron mudos vuelven a cantar tras pasar por las manos de quienes, sin ser ingenieros, se han convertido en expertos en circuitos de segunda mano. Si un juguete no tiene arreglo, no se tira sin más: se desguaza con criterio ecológico para que sus componentes lleguen al punto verde, o se guardan sus piezas para completar a otros compañeros de estantería. «Si tenemos una muñeca Nancy que viene sin ropa o despeinada, aquí la vestimos con las telas del taller de confección y la peinamos como si fuera a ir a una fiesta», describe.

El detalle llega hasta el final del proceso. Jorge David, uno de los participantes del taller, se encarga de fabricar cajas de cartón personalizadas. No es lo mismo recibir una bolsa de plástico con piezas sueltas que un kit de Playmobil presentado en una caja hecha a medida, limpia y etiquetada. Es la diferencia entre recibir una limosna y recibir un regalo con mayúsculas.

La tienda solidaria

Una vez que el juguete está impecable, pasa a la Tienda solidaria. Aquí, la estética cambia. Ya no parece una nave industrial, sino una juguetería cuidada donde Elena y sus compañeras etiquetan cada producto con precios simbólicos. Pero el verdadero milagro ocurre a través de los vales.

«Muchas de las familias que atendemos en Càritas vienen aquí con un vale que les da su trabajadora social», explica Esther. «Para nosotros es fundamental que esa madre o ese padre entre en la tienda, mire las estanterías, elija el juguete que más le gusta a su hijo y se lo lleve sin pagar nada. No queremos colas de niños esperando un regalo de caridad; queremos que el día 25 de diciembre o el 6 de enero esos padres tengan un juguete bajo el árbol y sean ellos quienes vivan la magia de ver la cara de sus pequeños al despertar. Es una cuestión de justicia social, no de beneficencia», opina la responsable del área.

Felicidad entre piezas de Lego

Entre las montañas de juguetes destaca la figura de Tolo Manera. Él no es un participante en proceso de inserción, sino un voluntario que representa el espíritu de este taller. Tras toda una vida trabajando en una entidad financiera, decidió que su jubilación no podía ser pasiva. «Llevo tres meses aquí por pura ilusión», cuenta a este diario mientras sostiene una figura de la Patrulla Canina que acaba de ser rescatada de una caja de donaciones.

«Al principio venía dos días por semana, pero ahora que los Reyes Magos están a la vuelta de la esquina, vengo casi cada día. Hay mucho trabajo y el ritmo no puede parar», afirma con una vitalidad envidiable. Para Tolo, el taller ha sido un cambio radical de perspectiva. «Sales de aquí con la sensación de haber ayudado de verdad. Ves a los niños que vienen de visitas escolares y se quedan boquiabiertos al ver cómo sus propios juguetes, los que ellos donaron, se transforman y se ponen a punto para otros niños. A mí esto me ha cambiado el humor, me hace sentir útil de una manera que los números nunca hicieron», asegura con brillo en los ojos.

Actualmente, el taller cuenta con 28 personas en activo. No son meros trabajadores; son personas que atraviesan procesos complejos: desde quienes acaban de salir de prisión y buscan una rutina, hasta personas en tratamiento de desintoxicación o en situación administrativa irregular. «Aquí adquieren capacidades, hábitos de horario y, sobre todo, un sentido de pertenencia», relata Esther. Reciben una beca diaria de 12,48 euros, un apoyo económico que, sumado a las clases de Castellano, Matemáticas o meditación que imparten otros voluntarios, conforma un ecosistema de formación integral.

La red de Càritas no deja de expandirse. Mientras en Palma se vive este frenesí, en Inca el taller de bicicletas sigue recuperando monturas para los más deportistas, aunque el mes que viene se trasladará también a Palma para unir fuerzas. Además, los grupos de acción social de las parroquias de Manacor, Santanyí o ses Salines también reciben suministros de este almacén para sus propias tiendas.

La última noche de espera

Mientras terminamos nuestro recorrido, vemos a Flor atendiendo a una pareja y a su pequeño, que mira con asombro una bicicleta recuperada. Fuera, la lluvia del invierno mallorquín no deja de caer y los barcos en el puerto ya se preparan para la llegada de la comitiva real. En este centro de Càritas, los pajes no llevan turbantes ni trajes de seda, llevan delantales y manos manchadas de pegamento, pero su misión es la misma: garantizar que la esperanza sea el regalo estrella en cada hogar de la isla.

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