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El motivo por el que muchos estancos en Mallorca se heredan de padres a hijos

La venta de tabaco en España sigue estando estrictamente regulada. Las licencias suelen pasar de una generación a otra. En el estanco Can Mas, en Can Picafort, ocurre así desde hace 50 años

Guillermo (izq.) y Maria Magdalena Mas (dcha.) aspiran a que el estanco continúe en manos de la familia.

Guillermo (izq.) y Maria Magdalena Mas (dcha.) aspiran a que el estanco continúe en manos de la familia. / Nele Bendgens

Sarah López

Como comerciante, debería conocer a fondo el producto que vende. Eso no puede decirlo María Magdalena Mas: la dueña del estanco no ha dado ni una sola calada en su vida. Aun así, mantiene un vínculo muy estrecho con su mercancía: su familia regenta este estanco desde hace tres generaciones, en el Passeig de Colom de Can Picafort.

Su abuelo abrió “Tabacs Can Mas” en 1969. El antiguo maestro tuvo que dejar la docencia por motivos de salud. La familia supo entonces que en Can Picafort iba a abrirse el segundo estanco del municipio de Santa Margalida, y Mas presentó su candidatura como gestor… con éxito. Poco después, la familia se mudó de Sa Pobla a la costa.

Crecer en el estanco familiar

“Ya de niño trabajaba aquí”, cuenta Guillermo Mas, el padre de María Magdalena. En aquella época no había controles. Su hija, en cambio, no pudo ponerse detrás del mostrador hasta cumplir los 18. “Pero me he criado en la tienda de mis padres”, recuerda la joven de 27 años. De niña construía fortalezas con cajas vacías en el almacén y jugaba entre los paquetes apilados.

Hasta 2006, las licencias de los estancos solo podían traspasarse dentro de la familia. Aunque hoy pueden venderse a cualquier tercero, muchos siguen aún en manos familiares.

Durante mucho tiempo, María Magdalena no imaginó su futuro en el negocio de sus padres. Estudió violín en la escuela de música, cursó Periodismo y trabajó en la emisora Cadena Ser. Pero hace tres años decidió asumir el estanco. María Magdalena dejó su empleo en la radio para aliviar la carga familiar y continuar la tradición en tercera generación. “Entregar el estanco a alguien fuera de la familia no era una opción”, asegura.

Un sector marcado por la regulación

Todos los estancos de España están sujetos al monopolio estatal del tabaco desde 1636. Esto significa no solo que los precios de todos los productos se publican en el BOE (Boletín Oficial del Estado), sino también que los horarios de apertura están regulados. “Si en temporada baja queremos abrir menos horas, Hacienda tiene que autorizarlo”, explica María Magdalena. Incluso las vacaciones deben solicitarse allí. De este modo, el Estado mantiene el control sobre cuántos estancos están abiertos y cuándo.

Antes, las nuevas licencias se otorgaban en función del número de habitantes. Hoy se tienen en cuenta otros criterios, como la rentabilidad económica del local y la distancia respecto a otros estancos. Eso explica por qué en las zonas turísticas puede haber varios establecimientos muy próximos entre sí.

Las nuevas licencias de estanco se subastan por parte del Estado: no existe un precio fijo. Según la ubicación, pueden venderse por varias decenas de miles de euros. Quien obtiene la concesión recibe algo más que el permiso para vender tabaco: la licencia incluye también la venta de juegos de azar y publicaciones.

Vender tabaco apenas resulta rentable

Y falta hace, porque hoy en día los estancos no podrían vivir únicamente de la venta de tabaco. “Ganamos más con una lata de Coca-Cola que con una cajetilla de Marlboro”, afirma María Magdalena. El precio de cada paquete ronda entre cinco y seis euros, pero a la familia Mas solo le queda un margen del 8 % por cada producto vendido.

Además de periódicos y revistas, bebidas, lotería y recuerdos, los estancos ofrecen tradicionalmente otros servicios. En Can Mas, por ejemplo, se pueden recoger paquetes o recargar teléfonos prepago.

“En los años 80 incluso vendíamos certificados médicos, como los que se necesitaban para una licencia de armas”, recuerda Guillermo Mas, que además es presidente de la asociación de estanqueros de Baleares. También tramitaban letras de cambio y los llamados pagos al Estado, formularios para abonar tasas públicas. Antes de Internet, los estancos eran en muchos pueblos un punto clave para resolver trámites burocráticos.

Cada paquete de cigarrillos llevará un QR único

Hoy de todo aquello queda muy poco: solo es posible pagar recibos de electricidad. A cambio, cada cajetilla de tabaco viene cargada de burocracia. Todas llevan un código QR único, que permite saber dónde se fabricó el producto y en qué estanco se distribuye. Lo mismo ocurre con las máquinas expendedoras de bares o salones recreativos. “Deben ser abastecidas siempre por el mismo estanco y declaradas a Hacienda”, explica Guillermo Mas.

Llevar un estanco implica, por tanto, mucho más que atender detrás del mostrador. En temporada alta, la familia emplea a cuatro trabajadores; en temporada baja, a dos. Durante la visita del Mallorca Zeitung un jueves a mediodía de diciembre, la tienda está muy concurrida. Los clientes conversan en catalán, en español… y también, una y otra vez, en alemán.

“‘Eine Stange’ o ‘Danke’: eso es todo el alemán que sé”, admite María Magdalena entre risas. “Pero los alemanes agradecen mucho que intentemos comunicarnos con ellos”, añade su padre. Muchos productos están pensados específicamente para esta clientela. Tras el mostrador cuelga un cartel amarillo con la palabra ‘Pfeifentabak’: tabaco de pipa, particularmente popular entre los clientes alemanes. “Los marroquíes, en cambio, suelen comprar tabaco de mascar”, comenta la joven.

Nuevas tendencias entre los fumadores

También ha cambiado el comportamiento de los jóvenes fumadores. Cada vez recurren más a los llamados pouches: pequeños sobres de nicotina que se colocan bajo el labio. “Los turistas traen nuevas tendencias de consumo a Mallorca”, afirma Guillermo Mas. “Cuando hace años mencioné por primera vez los vapers en Madrid, muchos compañeros ni siquiera sabían qué eran”.

Los cigarrillos electrónicos también se venden en muchos otros comercios. “Incluso se pueden pedir por internet”, critica la hija. La familia es consciente de que los tiempos cambian y de que cada vez fuma menos gente. Aun así, no temen por el futuro de su negocio. Si habrá una cuarta generación, y que el estanco continúe, sigue siendo una incógnita. María Magdalena no tiene hijos todavía; si algún día los tuviera, les aconsejaría estudiar y seguir su propio camino. Aun así, admite: “Me haría ilusión que mantuvieran la tradición familiar”.

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