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Al Azar

La Schiffer quería ser Brigitte Bardot

La primera entrevista a Claudia Schiffer en su casa de Andratx

La primera entrevista a Claudia Schiffer en su casa de Andratx

Matías Vallés

Matías Vallés

En tres meses desaparecen Claudia Cardinale y Brigitte Bardot, se ve que Wokelandia ha decidido cancelar íntegramente los años sexenta. No se llamaban CC y BB por abreviar, sino para limitar la radiactividad de su belleza, igual que MM era Marilyn Monroe mientras el mundo se preguntaba si se casó con el Miller equivocado, Arthur en lugar de Henry. Era difícil mirar a CC sin pecar, y presumir de haberlo logrado con BB añadía de inmediato el pecado de la mentira al original. A estos efectos, las reticencias beatas de ensalzar a la recién fallecida a través de su militancia en la extrema derecha equivalen a negarle a Einstein la solvencia científica porque aporreaba el violín.

Los dylanómanos sabemos de sobras que la dimensión de un mito se mide por el número de imitadores voluntarios o no que pugnan por el título de «el nuevo Dylan». Con Bardot, la lista se prolongaba interminable. Bastaba con ser rubia, de labios carnosos y físico inexpugnable. Los mitos no se repiten, o no se repetían cuando la Ignorancia Artificial todavía no estaba entrenada para proveer a cada ser humano de su alma y sobre todo de su cuerpo gemelo. Las «nuevas BB» eran decepcionantes, enfatizaban en lo caprichoso o en lo vulgar por la ansiedad de ajustarse al patrón. No despertaban los sentidos.

Hasta que a alguien se le ocurrió que la nueva Brigitte Bardot podría ser de ingeniería alemana. Respondía por Claudia Schiffer y se definió por la pasarela que en los ochenta ya había reemplazado a un Hollywood caduco. Veraneaba en Mallorca, como la auténtica BB y, de hecho, la descubrieron en la isla. En 1991, fuimos los primeros en entrar en su casa junto a un fotógrafo, que en el lenguaje top model equivalía a un atraco a mano armada. Por supuesto, le pregunté si se sentía la nueva Bardot, y cuando aguardaba las monsergas de «tengo mi propia personalidad», me sorprendió su sinceridad inteligente. «Es un piropo encantador que me identifiquen con ella, la gente tiende a crearse sus propios mitos». Y, en efecto, hoy Bardot sería definida como la antigua Schiffer.

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