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Turismo

La RAE bendice la turismofobia

El Diccionario justifica la «Fobia al turismo masificado, a causa de su impacto negativo en el medio ambiente y en la calidad de vida de la población local», sin ninguna apreciación negativa del fenómeno

Una manifestación contra el impacto negativo del turismo «en el medio ambiente y la calidad de vida», según la Real Academia Española. | MANU MIELNIEZUK

Una manifestación contra el impacto negativo del turismo «en el medio ambiente y la calidad de vida», según la Real Academia Española. | MANU MIELNIEZUK

Matías Vallés

Matías Vallés

Palma

La Real Academia Española define la fobia como la «aversión obsesiva a alguien o a algo». Sin embargo, la incorporación del término ‘turismofobia’ al Diccionario que acaba de producirse no sorprende tanto por la adopción de un vocablo de uso creciente, sino por su sorprendente valoración positiva. El «temor irracional compulsivo» que caracteriza a las fobias se transforma aquí en la «Fobia al turismo masificado, a causa de su impacto negativo en el medio ambiente y en la calidad de vida de la población local». Un horror plenamente justificado.

La RAE puede invertir la valoración de un término que hasta ahora se consideraba insultante, incluso por parte de quienes creen que el turismo ha dañado irreversiblemente «el medio ambiente y la calidad de vida de la población local». La autodefinición «soy turismófobo» es más improbable que «soy balear», por citar a otro ejemplar mitológico.

Desde el punto de vista industrial, 2025 pasará a la historia de Mallorca como el año en que la turismofobia adquirió su carta de nobleza. Nadie tiene más derecho a esta aversión razonable que un mallorquín, víctima inmediata de la concentración del veinte por ciento del turismo español en el uno por cien de la superficie estatal.

La acepción de la turismofobia no admite limitaciones, ni siquiera por una posible exageración del sentimiento. Es curioso que los intelectuales y filólogos inmortales hayan mostrado más sensibilidad hacia la sobrecarga de los nativos que las autoridades locales. Incluidas desde luego las sensibilidades de izquierda, porque Francina Armengol se desprendió de cualquier desasosiego para el «medio ambiente y la calidad de vida» con su memorable «turismo es democracia». Salvo para quienes lo padecen, sin haber hecho nada para merecer esa tortura.

Las connotaciones positivas de la turismofobia implican problemas de ubicación para la «turismofilia», que solo podría entenderse como la indiferencia hacia las secuelas de la industria de los forasteros sobre el medio ambiente insular, y en especial sobre la calidad de vida de los residentes. Este conflicto puede resolverse con la equivalencia de ambos términos.

Ni siquiera las voces más lógicamente exaltadas han propuesto la erradicación del turismo, a diferencia del engranaje industrial que sí persigue la expulsión de los indígenas de sus barrios. Por lo tanto, la turismofobia y la turismofilia no son antagónicas sino equivalentes. Se rechaza el exceso porque es la mejor garantía de la desatención a los visitantes, un vicio indiferente para los practicantes de la ganadería intensiva.

Tal vez de modo inconsciente, la Academia ha introducido un elemento de racionalidad en una actividad irracional en sus dimensiones hiperbólicas. La primera condición para garantizarse el turismo de mañana no consiste en multiplicar el número de visitantes, sino en respetarlos. Los propios viajeros impondrán las condiciones de comodidad que no desean ver vulneradas. Si se necesita un ejemplo, quienes creían que Ibiza era la marca más potente del planeta han de verse por fuerza sorprendidos, al contemplar la hostilidad hacia el modelo de sobreexplotación ibicenco a escala nacional o internacional. Nadie quiere ser ya Ibiza.

La implantación de la turismofobia, en su impecable versión académica, impediría que Mallorca se convierta en «ese lugar al que nunca va nadie porque siempre está lleno». Cuando se criticaba en honor del «medio ambiente y calidad de vida» la desmesura del Ballermann 6 o de Punta Ballena, los propios hoteleros satanizaban a quien se atreviera a cuestionar a un solo turista, por ‘hooligan’ que fuera.

Los empresarios que han contribuido a una regeneración bien que parcial de la Bahía de Palma se enorgullecen hoy de un rescate que denigraban. Sin rechazar la ayuda terminológica venga de donde venga, tiene su gracia que se trate en pie de igualdad a los residentes habituales y ocasionales, anteponiendo incluso los derechos de los segundos.

Hasta que afloró la turismofobia hoy felizmente sancionada por la RAE, una Mallorca anestesiada encajaba sin inmutarse la conversión de toda la isla en una gigantesca planta industrial. En medio del tráfico y el estruendo de la actividad más contaminante del planeta, convivían residentes, trabajadores de aluvión y turistas. Por si se escapara algún rincón, el conseller Jaume Bauzá subrayaba que «Montuïri no está saturado». Un provincianismo dentro de otro.

La rehabilitación académica de la turismofobia desacredita a quienes no ahorraron exageraciones para infamarla. La más folklórica y frecuente consistía en igualarla a la xenofobia, en una isla de xenofilia obligada por cuanto uno de cada tres de sus residentes ha nacido en el extranjero. Y los hoteleros o restauradores xenófilos no se muestran demasiado amantes de los foráneos, al cargarles centenares de euros diarios por pernoctar en habitaciones que no siempre ofrecen una contraprestación ajustada.

Con el impulso que suponer la turismofobia para encuadrar 2025, cabe remitirse a la mayor ofensa recibida este año por la presidenta balear. Juan Miguel Ferrer, líder de los restauradores mallorquines, le dedicó el piropo conminatorio de que «Prohens tiene que ser la Ayuso mediterránea y quitarse los complejos». Es decir, tildaba de acomplejada a la primera autoridad democrática. Tal vez sería más sencillo desplazar a Madrid los restaurantes mallorquines que deseen ser gobernados por Ayuso. Sin fobia alguna, claro.

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