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Navidad en el edificio Costa Brava de Esment: El hogar donde la autonomía es el mejor regalo

En el corazón del Arenal, las viviendas supervisadas de la entidad rompen con los estigmas de la discapacidad. Aquí, diecisiete vecinos celebran las fiestas como lo que son: ciudadanos de pleno derecho que deciden su menú, decoran sus casas y transforman su barrio, demostrando que el apoyo adecuado es la llave para una vida plena

Paquita charla animadamente en el salón de su piso con Catalina.

Paquita charla animadamente en el salón de su piso con Catalina. / Nair Cuéllar

Nair Cuéllar

Nair Cuéllar

Palma

La Navidad suele medirse en el calor de los hogares, pero para las diecisiete personas que viven en el centro vivienda Costa Brava de Esment, en el Arenal, el concepto de «hogar» tiene un significado mucho más profundo. No es una residencia, ni un centro de acogida, aunque a veces la sociedad se empeñe en usar etiquetas del pasado. Es, sencillamente, un edificio de vecinos. Vecinos que pagan su alquiler, su luz y su agua, y que estos días ultiman los preparativos para unas fiestas donde la autodeterminación es el plato principal.

Al frente de este proyecto de Apoyo a la Vivienda de Esment se encuentran Sonia Corregidor y Carla Michelle, coordinadora y responsable (R1) del mismo, respectivamente. Ambas comparten una mirada que huye del paternalismo para centrarse en lo que ellas llaman «la transformación de la mirada». «Intentamos dejar de lado la discapacidad para centrarnos en la persona», explica Sonia. «Aquí ellos son los vecinos de Costa Brava. Fomentamos su autonomía al máximo, adaptando los apoyos a las necesidades de cada uno, ya sea por una discapacidad intelectual, física o por temas de salud mental».

En el Costa Brava, la Navidad no viene impuesta por un horario de comedor institucional. Aquí prima la «escucha activa». Aunque algunos residentes se han desplazado a pasar las fiestas con sus familias, la mayoría prefiere quedarse en su casa, con su «otra» familia: sus vecinos y el equipo de apoyo.

«Lo celebramos como cualquiera lo haría en su casa», comenta Sonia con una sonrisa. Los preparativos han sido intensos. Han hecho una compra «superextra» que incluye gambas, cigalas, pulpo y la tradicional porcella mallorquina. Pero lo más importante no es qué van a comer, sino quién lo ha decidido. Los vecinos han participado en la elección del menú de las fechas clave: Nochebuena, Navidad, San Esteban, Nochevieja y Reyes.

Sonia Corregidor y Carla Michelle, en el huerto del centro vivienda Costa Brava.

Sonia Corregidor y Carla Michelle, en el huerto del centro vivienda Costa Brava. / Nair Cuéllar

La flexibilidad es total. «Hay gente que prefiere comer en su propio piso y otros que eligen compartir el salón común para combatir la soledad», explican las responsables. La figura del «gestor del hogar» —profesionales que ayudan en la cocina y la limpieza— asegura que todo esté a punto, pero siempre bajo el deseo de los residentes. Como en cualquier comunidad, también hay roces y normas de convivencia, incluso un presidente de la escalera que se elige por votación.

Para entender qué significa vivir en el edificio de Costa Brava de Esment hay que hablar con sus protagonistas. Catalina Guardiola, María Gabriela Arrom (Marigabi) y Francisca (Paquita) Martos son tres de las voces que dan vida al edificio. Sus historias son el reflejo de cómo el entorno puede ser el mayor aliado o el peor enemigo.

Paquita es una veterana en la lucha por la accesibilidad. Gracias a su insistencia, calles del Arenal que antes estaban levantadas por las raíces de los árboles han sido reformadas. «Lo que más discapacita es el entorno», reflexiona Sonia. «Si vas en silla de ruedas y la acera no está preparada, la sociedad te está incapacitando más». Paquita no solo ha logrado mejorar su barrio, sino que ahora sueña con proyectos futuros, como una biblioteca en la playa, una demanda que ya ha trasladado a las autoridades.

Si vas en silla de ruedas y la acera no está preparada, la sociedad te está incapacitando más

Sonia Corregidor

— Coordinadora del centro vivienda Costa Brava de Esment

Paquita ha experimentado un cambio radical en su movilidad. Ahora se desplaza con una silla motorizada a la que todos llaman cariñosamente «La Motomami». Catalina, por su parte, presume de que gracias al centro ha aprendido «a ir sola al médico, a comprar e incluso a compartir mi ubicación por el móvil para que sepan que estoy bien», cuenta con orgullo. Esa libertad de poder llegar hasta Can Pastilla o ir de compras a Palma para elegir su «outfit» navideño es lo que Esment define como éxito.

Impacto comunitario

El modelo de Costa Brava no termina en el portal del edificio. La integración en el barrio es total. Marigabi, apasionada de la pintura y el voluntariado con perros, participa en el taller de costura del Arenal. Allí, junto a otras mujeres del barrio, da una segunda vida a las sombrillas que los turistas olvidan en los hoteles, transformándolas en manteles para Sant Jordi o banderines para las fiestas locales.

Este trabajo comunitario tiene un beneficio bidireccional. No solo los usuarios de Esment se sienten integrados, sino que los vecinos del barrio han encontrado en las actividades del centro —como el huerto comunitario o las clases de gimnasia— una forma de combatir su propia soledad. «Hay señores del barrio que vienen al huerto y nos dicen que esto es su terapia», relata Sonia.

Marigabi prepara el desayuno en la cocina de su casa.

Marigabi prepara el desayuno en la cocina de su casa. / Nair Cuéllar

El reto del envejecimiento

A pesar del ambiente festivo, las responsables del centro no obvian los retos. El edificio abrió sus puertas en 2019 y, desde entonces, sus habitantes han ido envejeciendo. «Las personas cumplen años y sus necesidades cambian. Estamos adaptando la organización para poner el foco en cuidarles hasta el máximo que podamos aquí, porque sabemos que faltan plazas de residencia en todas partes», lamentan.

El papel de los profesionales va mucho más allá de la gestión de medicamentos. Se trata de un acompañamiento vital que en Esment se trabaja a través del proyecto ‘Buena Vida’. Cada seis meses se revisan los deseos personales de cada vecino: desde aprender a cocinar hasta viajar a Granada «y se intenta cumplir ese deseo o reconducirlo para tratar de lograr conseguir algo que realmente sea factible», detalla la coordinadora. «Al final, somos un pilar fundamental. Para los que no tienen familia, nosotros somos su familia», enfatiza Carla.

Ese acompañamiento se traduce en gestos que no aparecen en los manuales, pero que definen la calidad humana del centro. Es el respeto por la identidad individual: desde permitir que alguien elija decorar su salón con motivos minimalistas, hasta la paciencia necesaria para que cada vecino marque su propio ritmo. La Navidad aquí también es un tiempo de memoria; un espacio para recordar a quienes ya no están, como el compañero que falleció hace apenas un mes y que pasaba las fechas más señaladas con Carla y su familia. Sin embargo, ese duelo se transita desde la colectividad, reforzando la idea de que nadie está solo si tiene un vecino en quien confiar.

El milagro navideño en este rincón del Arenal es la cotidianidad compartida: el sonido de una lavadora, el aroma del sofrito y la risa espontánea en una reunión de mujeres que han decidido que su discapacidad no es un límite.

Este modelo de Apoyo a la Vivienda no solo transforma la rutina de sus residentes, sino que actúa como un espejo donde la sociedad debería mirarse para entender la verdadera inclusión. No se trata solo de ofrecer un techo, sino de garantizar el derecho a la ciudad y a la participación activa. Cuando vecinos como Paquita logran que se rebaje un bordillo, o cuando Catalina se desplaza sola al mercado, están abriendo camino para todos, recordando que una comunidad más accesible para las personas con discapacidad es, en realidad, una comunidad más amable para todos los ciudadanos.

En estas fechas de balance, el éxito del edificio de Costa Brava reside en algo tan complejo como la dignidad: la libertad de tener las llaves de tu propia casa y la seguridad de saber que, si necesitas una mano, habrá alguien dispuesto a acompañarte en tu proceso de vida, respetando siempre quién eres y quién decides ser. Estas navidades, los diecisiete vecinos no serán «asistidos»; serán, simplemente, ciudadanos celebrando la vida en su propia casa.

Una de las gestoras del hogar coloca la compra en la cocina común.

Una de las gestoras del hogar coloca la compra en la cocina común. / Nair Cuéllar

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