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Las cuentas de la vida

El olvido de los demás

Felipe González.

Felipe González. / EFE

Daniel Capó

Daniel Capó

Cuenta Julián Marías en sus memorias que, a principios de los años ochenta, se encontró en una ocasión con Felipe González. Era la época del cambio. España miraba hacia Europa y el atlantismo se convirtió en el nuevo credo del partido socialista. A Marías, sin embargo, hijo de la II República y estrecho colaborador de Julián Besteiro hasta la caída de Madrid, le preocupaba el tono demagógico que empezaba a adquirir aquella primera democracia en el ejercicio del poder. «La democracia –le dijo al presidente del gobierno– sólo es fecunda cuando está inspirada en el liberalismo, es decir, por la decisión de tener en cuenta a los demás. […] El poder que se limita a sí mismo, que es todo lo enérgico que haga falta, pero dentro de su esfera justa de aplicación, y que se ejerce en nombre de todos, y no sólo de los partidarios, me parecía la única forma aceptable en nuestro mundo».

Desde entonces, la sociedad española ha cambiado, como también ha cambiado Occidente y se diría que el resto de países. Añoramos aquella etapa como ejemplo de cordura o, al menos, de moderación. Es cierto que la demografía aún jugaba a nuestro favor, al igual que el viento propicio de la gran expansión económica en la postguerra europea. La globalización no suponía todavía un desafío sino una oportunidad, cuyas aristas muchos no percibían. La caída de la URSS permitió una lectura en apariencia definitiva del final de la Historia. Pero, en aquel momento, a Marías le preocupaban otras cosas: sobre todo, los efectos nocivos de la propaganda sobre la ciudadanía y su secuestro por parte de unas minorías intolerantes.

¿Qué ha sucedido desde entonces? El refuerzo de los discursos identitarios en su modalidad más excluyente, la pérdida de vigor económico, el envejecimiento demográfico, la inflación burocrática, el endeudamiento masivo, el estallido de las nuevas tecnologías y la creciente sustitución de la prensa por las redes sociales. La idea clave de la democracia liberal era ese «tener en cuenta a los demás» que modula el concepto de verdad en una sociedad pluralista. Pero esa ética empezó a deteriorarse, hostigada por el miedo, el rencor de los fanáticos o el cinismo de los políticos. Sin altura de miras ni generosidad compartida, ¿qué futuro nos espera? Anhelar la victoria de unos sobre otros; aplastar al adversario o humillarlo, ya sea en nombre del racismo, de la ideología, de una identidad u otra, de la fe religiosa o de un laicismo agresivo, de la riqueza o de la pobreza, de la memoria de parte o de la desmemoria: todo ello sólo invita a perpetuar la enemistad.

Marías no podía adivinar lo que iba a suceder en un siglo que apenas inauguró, pero sí conocía el pasado y cuáles son las consecuencias de las malas decisiones. Sería bueno que nosotros hiciéramos un ejercicio similar, ahora que el populismo vuelve a estar de moda, aunque venga arropado con palabras nobles. Los próximos cinco años serán importantes, precisamente porque está en juego todo lo que nos es valioso: la paz entre las naciones o una creciente conflictividad; el equilibrio económico o la captura de los beneficios en manos de una pequeña elite; la apertura a la esperanza o su imposibilidad; el talante respetuoso o la cancelación fanática... La democracia exige un continuo debate. Y este debate, para que sea fructífero, tiene que dejarse fecundar por aquellas voces que no coinciden exactamente con las nuestras.

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