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Izquierda con velo, derecha con crucifijo

Alumnas del instituto con el velo islámico.

Alumnas del instituto con el velo islámico. / Toni Gudiel

Matías Vallés

Matías Vallés

Parece mentira que las ultraderechas le hayan arrebatado la defensa de la identidad de la mujer a las feministas de izquierdas, tan tolerantes a las imposiciones de una vestimenta carcelaria que suprime el cuerpo femenino, siempre que no provenga del área cristiana. Esta asimetría también explica el retroceso progresista, así en Mallorca como en Washington.

El PP balear copia ahora la iniciativa parlamentaria de Vox contra los velos forzosos, que deberían estar proscritos desde el mismo momento en que su ausencia autoriza a encarcelar y torturar a mujeres de Irán o Afganistán. A una catedrática de Derecho Civil como Cristina Gil se le podría exigir un mínimo de originalidad en la presentación de la propuesta, en lugar de las apelaciones rutinarias a la «sumisión» y la «dignidad».

Pese a la sumisión indigna del PP a Vox, la sintonía vuelve a ser mayoritaria con la ciudadanía que prefiere que no le refrieguen cumplimientos religiosos ejemplares, amén de la curiosa inexistencia del burka masculino. En todo caso, cuesta imaginar que los populares, incapaces de reducir ni un uno por ciento los patinetes agresores, puedan asegurar el cumplimiento de su legislación contra la ostentación religiosa.

Occidente solo puede contemplarse a cara descubierta, cualquier alternativa incluye una componente de esclavitud. De ahí que, en justa correspondencia, la impropiedad de los velos discriminatorios deba compensarse con la erradicación de las capuchas intimidatorias que también se han popularizado en las calles mallorquinas, complementadas o no con gorra de béisbol y gafas oscuras. La calle no puede ser una exhibición propagandística de religiones siempre discutibles ni un lugar de lucimiento de los gangs, de momento desarmados. Sin identificación, no hay convivencia posible.

Para los defensores del laicismo, y de la convivencia dentro del Estado al margen de la fe, la eliminación de signos religiosos en público incluye por supuesto el crucifijo que luce Marga Prohens en los plenos del Parlament, delante de toda Balears. Está fuera de lugar, y los confesores progresistas de la presidenta le confirmarán que la cruz ejerce el mismo poder salvífico metida en un bolsillo.

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