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Obituario

Xisco Avellà, profesor, ecologista y amigo

Ha sido, hasta el final, investigador de su propia enfermedad, la ELA

Xisco Avellà, en un acto contra la urbanización ilegal de ses Covetes

Xisco Avellà, en un acto contra la urbanización ilegal de ses Covetes / AZERTUM

Joan Carles March

Xisco Avellà falleció recientemente a causa de la ELA. Para quienes lo conocimos —en mi caso, desde su implicación constante en el GOB— su muerte deja un vacío sereno, de esos que duelen pero también inspiran. Xisco era trabajador, sensato, atento, y tenía esa rara mezcla de firmeza y ternura que define a las personas verdaderamente comprometidas.

Un profesor que nunca dejó de hacer preguntas

Incluso cuando la enfermedad comenzó a avanzar, Xisco no dejó de ser profesor. Necesitaba entender, preguntar, ordenar el mundo a través del conocimiento. Así fue como, un día, recibí un correo suyo tras haber visto una entrevista sobre ELA en el canal «Salud a todo Twitch» que yo dirijo.

Copio aquí un fragmento de un mensaje que muestra exactamente quién era Xisco:

«Me llamo Xisco Avellà, de Palma (Mallorca), tengo 67 años, soy profesor de Secundaria (Biología) retirado, y hace dos años he sido diagnosticado de ELA espinal. Soy amigo del Dr. Joan Carles March (mallorquín, residente en Granada), y ha sido precisamente en su vídeo de Salud a todo Twitch que he visto la interesantísima entrevista con usted… A propósito de ello, me surgen varias cuestiones, que me atrevo a formularle con el ruego de que me las responda siquiera sea de forma muy concisa».

Sus preguntas eran precisas, rigurosas, llenas de curiosidad científica. Quería saber sobre bancos de muestras de nervios motores, sobre la etiología de la enfermedad, sobre la posible presencia de virus, sobre la regeneración de fibras nerviosas o la función de la proteína TDP-43. Pedía comprensión. Necesitaba —como biólogo, como profesor, como paciente lúcido— entender, aunque doliera.

En ese mismo primer correo planteó cuestiones como:

1. ¿Se habían analizado ya las muestras de nervios motores y qué alteraciones mostraban?

2. Si la ELA pudiera tener origen vírico, ¿sería posible detectar un virus en esas muestras?

3. Dado que formaba parte de un grupo de WhatsApp con más de 300 pacientes, ¿existía un protocolo para facilitar la donación póstuma de nervios motores para la investigación?

4. Sobre terapias con células madre musculares: ¿es posible recuperar la función muscular cuando las motoneuronas están ya perdidas?

5. Y finalmente: ¿podía recibir artículos científicos en PDF sobre la proteína TDP-43?

Preguntas de alguien que nunca dejó de pensar en los demás, aun desde su propia enfermedad.

Conversaciones que no olvidaremos

Nuestros intercambios por WhatsApp se convirtieron en un espacio de reflexión científica y humana. Hablábamos de investigación, de proyectos, de pacientes con los que quería contactar no por morbo ni desesperación, sino por empatía y por vocación docente. Siempre buscaba aprender. Siempre buscaba compartir. Siempre agradecía.

Esas conversaciones, que en otros casos habrían sido breves, con Xisco se convertían en un diálogo honesto y profundo. Él no preguntaba sólo para sí: preguntaba por todos los que vivían lo mismo. Ése era Xisco.

El ecologista que veía la vida como un sistema vivo

Los que lo conocimos desde el GOB lo recordamos por su compromiso incansable. Fue «semilla» del grupo desde diciembre de 1973, con el carné número 11. Formó parte de la junta directiva y fue presidente entre 1989 y 1996. Su lucidez, su serenidad en los debates más complejos y su capacidad de escuchar antes de hablar marcaron un estilo de liderazgo del que el GOB se nutrió en sus mejores tiempos.

La coincidencia quiso que falleciera el 1 de diciembre, exactamente el mismo día en que se constituyó el GOB, 52 años antes. Una extraña y hermosa simetría: el día en que nació la organización que tanto ayudó a construir fue también el día en que él nos dejó.

Como profesor de Biología en el IES Guillem Sagrera despertó generaciones enteras al respeto por la naturaleza, al amor al territorio y al espíritu crítico. Muchos de sus alumnos lo siguen recordando como el docente que les abrió los ojos al ecologismo.

Su labor como investigador y divulgador sobre el vell marí —la foca monje del Mediterráneo, desaparecida de Balears desde 1958— fue otro de los pilares de su trayectoria. Presidió el Fons per a la Foca del Mediterrani y se convirtió en uno de los mayores expertos en la especie.

Xisco entendía la vida como un sistema vivo: interdependiente, frágil, precioso. Y quizás por eso vivió la ELA como todo lo demás: con lucidez, con dignidad, con una serenidad que solo tienen quienes han pensado profundamente sobre la vida.

Un legado hecho de preguntas, de cariño y de acción

Recordar a Xisco es recordar una manera de estar en el mundo: humilde, rigurosa, comprometida. Su legado no está sólo en las respuestas que buscaba, sino en la forma en que las buscaba: desde la pasión por la verdad, desde la enseñanza, desde una humanidad que deja huella.

Ojalá estas líneas sirvan para aproximar a quienes no lo conocieron a la grandeza discreta de su espíritu. Y para quienes sí lo conocimos, que nos permita celebrarlo como vivió: trabajador, sensato, atento… y profundamente humano.

La ELA y la injusticia de las despedidas tempranas

La muerte de Xisco nos confronta también con la realidad dura y silenciosa de la ELA. Una enfermedad que no entiende de vocaciones, de proyectos ni de la calidad humana de quienes la padecen. Una enfermedad que, demasiado a menudo, nos arrebata a personas aún llenas de vida, de futuro, de ideas por compartir. Es una injusticia que golpea siempre antes de tiempo.

En los últimos años hemos visto partir a gente joven, a personas que apenas estaban desplegando su camino, y cada pérdida nos recuerda cuánto queda todavía por avanzar.

La ELA no sólo debilita el cuerpo: desbarata los planes, interrumpe conversaciones que parecían garantizadas, obliga a despedidas para las que nadie está preparado.

Xisco conocía bien esta crueldad, pero nunca se dejó doblegar por ella. Incluso desde su propio proceso, quiso comprender la enfermedad con rigor y ayudar a otros pacientes a orientarse. Su curiosidad científica no era sólo una búsqueda de respuestas: era una forma de resistir, de seguir aportando, de construir sentido en medio de la incertidumbre.

Que la ELA se lleve vidas tan valiosas tan pronto es una herida que aún no sabemos cerrar. Pero también es un recordatorio de la urgencia de investigar, de escuchar a los pacientes, de acompañar y de sumar esfuerzos para que algún día estas despedidas prematuras ya no formen parte de nuestro horizonte.

Hasta entonces, quedan las vidas que iluminan, como la de Xisco. Y su manera de mirar la ciencia, la naturaleza y a las personas.

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