El camino de la recuperación tras la violencia machista: "He crecido como persona y me quiero más. Mi vida y la de mis hijos ha cambiado completamente"
Tras años de aislamiento y miedo, mujeres e hijos encuentran en el Servicio de Acogida Municipal del Ayuntamiento de Palma el apoyo terapéutico y la red social necesarios para reconstruir su autonomía y empezar de nuevo

El camino de la recuperación tras la violencia machista: "He crecido como persona y me quiero más. Mi vida y la de mis hijos ha cambiado completamente" / B.RAMON / DMA

En el rostro de las mujeres que han logrado escapar del infierno de la violencia machista, se dibuja la valentía más pura. Escuchar sus testimonios es adentrarse en la cruda realidad del maltrato, pero también en la asombrosa capacidad de resurgir. Lejos de ser un mero techo, el lugar donde encuentran refugio y apoyo es un punto de partida para desandar el camino de la violencia y recuperar una autonomía secuestrada por el agresor. Esta labor esencial de acompañamiento y reconstrucción la ofrece el Servicio de Acogida Municipal para Víctimas de Violencia Machista (SAMVVM) del Ayuntamiento de Palma. Este diario ha podido conversar con su directora, María Balaguer, y con tres usuarias —que por seguridad llamaremos Luz, Paz y María—, quienes nos ofrecen un testimonio conmovedor y esperanzador de lo que significa reconstruir una vida en libertad.
La directora del servicio explica que el proceso de recuperación no es lineal, pues la salida de la violencia "no es un camino directo". No obstante, asegura que el compromiso del equipo es absoluto. El servicio es 24 horas y, actualmente, acoge a unas 80 personas, ofreciendo atención integral. Balaguer subraya que "la tasa de mujeres que se marchan del servicio con los objetivos, parcial o totalmente cumplidos, es bastante alta. Yo diría que alrededor del 70%". El objetivo final es que la mujer "vuelva a adquirir la autonomía suficiente como para poder abandonar el servicio" del Ayuntamiento.
El salto al vacío y la primera luz
Para Luz, usuaria con tres hijos de acogida en el servicio, la decisión fue un acto de desesperación impulsado por 21 años de sufrimiento. "Un domingo por la mañana no aguanté más, cargué todo en el coche, cogí a mis tres hijos y con 10 euros en la cartera nos fuimos", cuenta con un llamativo brillo en los ojos. Su única meta era "desaparecer de ese lugar". Una vez dentro, todo cambió. El acompañamiento -según relata- ha sido constante en la gestión y el proceso terapéutico, pasando del centro al hostal, y posteriormente a un piso de tres habitaciones.
Lo describe como "una terapia que tienes sin darte cuenta y que te ayuda muchísimo", ya que -detalla-, ha podido tener espacio para "leer, abrir la mente, y eso me ha hecho crecer como persona y quererme más". Y es que, como recalca, el servicio que ofrece el ayuntamiento le ha "cambiado muchísimo. Y a mis hijos, también".
Paz llegó al servicio lidiando con problemas de salud y un maltrato psicológico y económico que la había dejado sin salida. "No veía cómo poner fin a la situación, porque dependía de él, y veía que tenía que aguantar". Estaba sola, y en el Casal (como se refiere al centro de acogida) lo encontró todo: "Tuve tanto apoyo emocional como económico. Además, pasé a vivir tranquila, a tener paz mental y poder pensar en mí". En solo seis meses, reconoce que ha avanzado "muchísimo". La "niebla mental" ha sido reemplazada por una "claridad" que -dice- le permite ver todo de otra forma. Ella ahora se siente "muy protegida, muy cuidada", y el apoyo continuo es esencial: "Ellas [haciendo referencia a las técnicas del servicio] me ayudan muchísimo a que yo avance. No avanzo sola".
El 70% de las mujeres que acuden al servicio de acogida de Palma cumplen sus objetivos de autonomía
La historia de María (con dos hijos en el servicio) ilustra la dificultad de romper con el ciclo. Tras regresar con el maltratador tras años de separación, se enfrentó al miedo y a la presión social. "Yo vivía en un chalet con piscina... Y quitarle eso a tus hijos te cuesta un montón". Pero pronto descubrió que "lo material no es lo importante realmente". Su preocupación eran sus hijos y pronto se dio cuenta de que "ellos valoran más el estar a gusto y el estar bien" que cualquier otro privilegio. María describe los nervios que sintió cuando tuvo que explicarle a su hijo que ya no volverían a casa, que ahora debían vivir en otro sitio, y cómo él dijo sin dudar: 'Mamá, quiero estar aquí' [en referencia al centro de acogida].
Añade, además, que la ayuda de las profesionales fue crucial para el corte radical, ya que -según detalla- para evitar el contacto con el agresor y cerciorarse de su seguridad, le dieron un plazo de dos horas para ir a su casa y recoger sus cosas. "Si no me llegan a decir que solo tenía ese tiempo, igual no me habría ido, porque de hecho me lo encontré, se puso a llorar, me pidó que no me fuera...Y es que en ese tiempo te pueden comoer la cabeza y al final te quedas en casa".
Autonomía y red de apoyo
El servicio de acogida municipal trabaja en la reconstrucción de la red social de las víctimas, que a menudo ha sido destruida por el aislamiento impuesto por el maltratador. "Se intenta fomentar también que se generen espacios para relacionarse, conocerse y espacios de bienestar para ellas", señala Balaguer, destacando que la supervivencia "pasa por conseguir ese objetivo y que cuando ella abandone el servicio, tenga apoyo".
Las actividades de ocio y el proyecto de deporte son herramientas esenciales, como bien destaca Paz: "Yo me apunto a todo lo que puedo, porque me encanta todo lo que hacen. Porque todo te distrae y es también para que te motives a hacer cosas nuevas".
El mayor desafío, una vez superada la urgencia, es la salida del servicio. Con un máximo de 18 meses [aunque "prorrogables realmente a lo que ellas necesiten -especifica la directora del servicio-] y un mercado inmobiliario "desorbitado", la vivienda se convierte en un nuevo muro. "Yo gano 1.500 euros, entonces no puedo pagar un alquiler de 1.000 euros", lamenta Luz, quien, igual que Paz, ha depositado sus esperanzas en el Instituto Balear de la Vivienda (IBAVI): "Yo tengo la esperanza de conseguir allí un piso de alquiler para poder salir y tener mi libertad".
Pese a las dificultades, la transformación interna ya está en marcha. Luz, la que -se describe a sí misma- "lloraba enseguida", ahora puede hablar "con más tranquilidad", con más autoestima, se ve "más guapa" y tiene "más ganas de hacer cosas. Salgo y ya hablo sin miedo".
El mensaje de estas mujeres a todas aquellas que aún estén atrapadas en una situación similar a la que han vivido ellas, es un grito unánime de aliento: "Que sepan que tarde o temprano hay salida. Unas necesitan más tiempo, otras menos, pero la hay, y hay ayudas", insiste Luz, quien concluye, con la fuerza de quien ha resurgido, diciendo que "si somos capaces de crear a un bebé nueve meses y parirlo y recibir todos los palos que recibimos y humillaciones... nadie podrá con nosotras".
El Servicio de Acogida Municipal para Víctimas de Violencia Machista del Ayuntamiento de Palma es un ejemplo de que la puerta de salida existe. La historia de Luz, Paz y María es la prueba de que, detrás del miedo y el dolor, se esconde una nueva oportunidad.
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