Estorninas, un vuelo contra la «doble violencia que sufren las migrantes»
La coreografía de estas aves migratorias ha inspirado una nueva forma de resistencia, una agrupación que alza la voz para denunciar un sistema que, entre burocracia y racismo, condena a las mujeres a la «precariedad y al silencio». Este colectivo, nacido hace dos años, exige que la dignidad de la migración sea «un derecho, no una odisea»

B. Ramon

En el cielo de Mallorca, un grupo de mujeres ha adoptado el nombre y la estrategia de las aves migratorias: Estorninas. Como las bandadas que se mueven en perfecta sintonía, libres y coordinadas, estas mujeres —venidas de Argentina, Colombia y otros rincones del mundo— han tejido una poderosa red de apoyo mutuo para enfrentar una realidad silenciada: «la doble violencia que sufren las migrantes». Con motivo del 25N, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la agrupación alza la voz para denunciar que, más allá del maltrato machista, el miedo a la deportación, la férrea Ley de Extranjería y el «racismo institucional» condenan a muchas a la «esclavitud laboral» y a la «violencia del silencio». Su objetivo es claro: transformar la dura travesía migratoria en un derecho ejercido, y su apoyo mutuo en un acto de resistencia feminista y antirracista.
El colectivo Estorninas, que hoy cuenta con nueve integrantes en su grupo motor y una red mucho más amplia, surgió hace aproximadamente dos años. Alejandra González, antropóloga de Colombia y miembro de la ONG Alianza por la Solidaridad-ActionAid, explica que todo comenzó con un diagnóstico participativo impulsado por la entidad para identificar las principales vulneraciones que sufren las mujeres migrantes en Palma. Este trabajo de investigación dio lugar al informe Derechos Sentidos, que identificó problemáticas críticas: la Ley de Extranjería, las violencias de género, económicas y estructurales, y la precariedad en el empleo de hogar y cuidados.

Helena Herrera, trabajadora social de argentina y Alejandra González, antropóloga de Colombia. / B. Ramon
Un hito crucial en este proceso fue la realización del documental Estorninas por parte de Alianza por la Solidaridad. Este filme ha sido presentado ya en varios foros y espacios, sirviendo como una importante herramienta para amplificar la voz del colectivo. La necesidad más vital identificada fue la de tener «espacios seguros, libres de violencia y poder construir una red de apoyo mutuo», un impulso que llevó a la consolidación del grupo por «propio liderazgo y ganas de juntarnos», como señala González. Nancy Veltri, gestora cultural de Argentina, pone énfasis en señalar cómo la formación se ha erigido como algo «vital» para ellas, ya que la migración -destaca- «es un proceso diferente para cada una, dependiendo de la ciudadanía o los privilegios, y por ello es fundamental trabajar desde la empatía» y entender cómo la ley afecta a cada país. El nombre, como detalla Luz Peláez, trabajadora social de Colombia, fue elegido por el simbolismo de los estorninos y su vuelo en bandada, que evoca «unión, coordinación y solidaridad», cualidades necesarias en un proceso que las integrantes entienden «de cooperación».
Violencia estructural
Para las integrantes de Estorninas, el concepto de violencia que atraviesa a la mujer migrante es multidimensional y va más allá del ámbito de la pareja. Peláez y Helena Herrera, trabajadora social jubilada de Argentina, ofrecen un crudo panorama: la mujer migrante llega a un «país extraño» y encuentra «sueños rotos» debido a que «las puertas se cierran», generando miedo e incertidumbre. Las violencias que sufren son -detallan- «emocionales, monetarias y, en muchos casos, sexuales». Pero lo más grave de todo, según Peláez, es la «violencia del silencio de lo institucional»: la falta de credibilidad, orientación y escucha por parte de las administraciones, un factor que las confina al silencio.
González saca a colación uno de los mitos más peligrosos: el miedo a denunciar la violencia machista si se está en situación irregular, por terror a ser incluida en un expediente de expulsión. La antropóloga insiste en que la protección es un derecho que «trasciende a toda tu situación», pero reconoce la dificultad de exigirlo cuando el mensaje constante es de «no derecho, de ilegalidad» y las instituciones a menudo no dan credibilidad a su relato por no tener una identidad (un DNI, especifica).
El documental ‘Estorninas’, presentado ya en diversos espacios, fue un hito para el grupo
Los «prejuicios» y el «racismo» son -resaltan todas ellas- una constante diaria. Peláez relata una experiencia de racismo institucional al intentar empadronar a un recién llegado, donde la funcionaria puso «barreras limitantes» y exigencias fuera de lugar. Veltri pone sobre la mesa, además, el problema de la «sexualización de la mujer latina»: la idea de que «por proceder de un país determinado, se es sexy, y se es objeto de deseo», lo que las sitúa en una posición de objetivización constante. A esto se suma la precariedad laboral que «roza la esclavitud», profundiza. Un hecho que Peláez califica como un «abuso» muy evidente: «Hay cuidadoras que están trabajando 24 horas al día, los siete días de la semana, les pagan una miseria de sueldo. Y no denuncian porque no tienen papeles y les da miedo». Un acto que Veltri califica de «impotencia y frustración», al sentir que se está totalmente limitada a un estereotipo. Herrera, por su parte, añade que han conocido casos de mujeres que trabajan como internas a las que les han llegado a «quitar el pasaporte para que no puedan salir», una forma de esclavitud «abierta» en la actualidad.

Luz Peláez es trabajadora social y nació en Colombia. / B. Ramon
Empoderamiento
El valor añadido de Estorninas reside en su enfoque de empoderamiento mutuo. Las integrantes insisten en que no son un grupo de «voluntariado» o «ayuda directa», sino una red de apoyo con un enfoque «feminista y antirracista». El colectivo ofrece -como bien explican- un trabajo continuo de formación para que las mujeres puedan «ganar en capacidad de defensa de derechos», incluyendo charlas sobre la Ley de Extranjería, derechos laborales y la «ruta institucional» de atención a víctimas de violencia, «para que sepan qué hacer y dónde acudir en una situación así», puntualiza González.
Las integrantes de Estorninas explican a este diario la complejidad de la burocracia en España, motivo por el cual se ofrecen a compartir esas «rutas», ofreciendo un enlace entre las instituciones y la necesidad de información. Además, el colectivo busca ayudar a «construir un pensamiento crítico», a cuestionar lo que se ha dado por sentado y a entender que, como trabajadoras, tienen derechos. Veltri profundiza que este proceso no se centra solo en dar información, sino también seguridad a las mujeres migrantes. El impacto es tan «profundo» -sostiene Veltri-, que -reconoce la joven- para ella, que no tenía familia ni amigos en Palma, el grupo fue «fundamental» y le supuso encontrar «una red de apoyo esencial».
Los desafíos
Las Estorninas enfrentan desafíos permanentes. Por un lado, la restricción del espacio cívico debido a la «fuerte presión» de discursos que intentan «ideologizar» la defensa de derechos «sacándolos de la esfera de la política de Estado». Por otro lado, la Ley de Extranjería, que -afea Herrera- sigue siendo un «corsé que limita mucho el movimiento, a pesar de la contribución económica y social de las personas migradas». Ella lo ve como una contradicción, ya que -dice- «se sabe que España necesitará a más personas migradas en el futuro, pero las leyes no acompañan a esos cambios que hacen falta a nivel social».

Nancy Veltri, gestora cultural de Argentina. / B. Ramon
En este 25N, la agrupación lanza un pliego de peticiones a la Administración para garantizar un apoyo «real y sostenido». En primer lugar, solicitan agilizar los procesos de Extranjería, un camino que Peláez califica de «tortura» que, con sus meses y años de espera, obliga a las personas a «buscar soluciones no deseadas, como uniones de hecho o matrimonios, solo por la necesidad de una tarjeta de residencia». En segundo lugar, exigen sensibilización y formación con perspectiva intercultural en las instituciones, para lograr la «construcción de un pensamiento» que identifique el racismo presente en la Administración. González subraya la urgencia de dotar de una «perspectiva intercultural» la atención en casos de violencia de género, ya que las maneras de comunicar la experiencia son culturalmente distintas y los funcionarios a menudo -considera- «carecen de la sensibilidad necesaria para escuchar y creer a las mujeres migrantes». Finalmente, piden la difusión efectiva de derechos, asegurando que toda la información sobre recursos de ayuda llegue de forma accesible a los colectivos migrantes.
La aspiración de Estorninas, como concluye Veltri, es que «ninguna mujer migrante vuelva a pasar lo que pasamos nosotras cuando llegamos». No se trata solo de asistencia, sino de lograr que su solidaridad resuene más fuerte que el «silencio institucional», haciendo que el vuelo hacia una vida digna sea un derecho y no una odisea, en un colectivo que se reconoce a sí mismo como «migrante, feminista y antirracista».
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