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David Ginard Ferón, doctor en Historia, profesor de la UIB : «Decir ‘con Franco se vivía mejor’es ridículo y sin base, pero ahora lo creen muchos jóvenes»

Autor de varios libros sobre la represión y los movimientos antifranquistas, Ginard lamenta que cincuenta años después de la muerte del dictador España siga sin ponerse de acuerdo sobre cómo abordar ese pasado traumático

David Ginard: "Decir 'con Franco se vivía mejor' es ridículo y sin base, pero ahora muchos jóvenes lo creen"

B. Ramon

Mar Ferragut Rámiz

Mar Ferragut Rámiz

Palma

Si pensamos en la Mallorca franquista, la percepción es que no hubo mucha resistencia, pero su último libro, Contra Franco i Falange. Les resistències clandestines a les Balears (1939-1948) desmitifica esa idea, ¿no?

Sí. Aunque se difundió la idea de que, tras la gran represión de la guerra, ya no quedaba oposición, las fuentes orales y de archivo muestran que en los años cuarenta hubo una resistencia clandestina importante y organizada.

¿En qué se concretaba esa resistencia en los años cuarenta?

En acciones individuales, como pintadas o gritos de «¡Viva la República!» en bares, cosas que parecen poco pero que acababan en detenciones, y también en protestas colectivas, como la revuelta de sa Pobla de 1941, que según informes de La Falange, acabaron con unos 5.000 vecinos enfrentados a los inspectores de tasas, hubo heridos. También hubo redes clandestinas en cárceles como Can Mir, la Colonia de Formentera o Can Sales, donde se organizaban solidaridad, comida, noticias y actividad política.

¿Qué organizaciones antifranquistas llegan a existir en la clandestinidad?

Entre 1943 y 1948 se reorganizan varias entidades y surgen nuevas: Partido Comunista, Juventudes Socialistas Unificadas, Mujeres Antifascistas , PSOE, UGT, CNT, Juventudes Libertarias, Agrupación de Fuerzas Armadas de la República Española (FARE) o la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (ANFD), entre otras. El PCE pasa a ser la fuerza principal, con centenares de militantes en la islas, prensa clandestina y enlaces con Valencia, Cataluña y Madrid.

El historiador y profesor de Historia Contemporánea de la UIB, David Ginard, fotografiado ayer en Palma. | B. RAMON

El historiador y profesor de Historia Contemporánea de la UIB, David Ginard, fotografiado ayer en Palma. / B. RAMON

¿Qué pasó en 1948, por qué ese año supone un punto de inflexión?

Por una redada, la mayor de las que hubo, que desarticula casi totalmente el antifranquismo isleño. Se detiene a unos 80 militantes del PCE, JSU y FARE; muchos son torturados y Joan Albertí Moll, principal dirigente del PCE, recibe 16 años de condena, aunque logra fugarse. Numerosos militantes huyen hacia Argelia y la resistencia queda prácticamente destruida en los años cincuenta.

¿Eso fue final total del antifranquismo?

No del todo. Finaliza el primer ciclo ligado a la República, pero el hilo no se rompe: en los años sesenta renace la oposición, aunque es diferente, otra generación, otro perfil.

En 1945, con el final de la Segunda Guerra Mundial, ¿se generaron movimientos y expectativas entre la resistencia antifranquista?

Sí, fue algo real. La ANFD incluso elabora en Balears un documento que detalla qué hacer «el día después»: medidas alimentarias y sanitarias, depuración de colaboracionistas, ayudas a víctimas y creación de milicias para evitar un retorno del régimen. La expectativa de caída era real.

¿Cómo se vivió la muerte de Franco en Mallorca?

Es verdad que Balears tenía menos oposición que otras zonas. Apenas hubo treinta procesados por el Tribunal de Orden Público. El aislamiento insular, la falta de industria, la ausencia de universidad propia y la dificultad de organizar a los trabajadores del sector turístico lo explican. Aun así, desde 1974 crece la movilización obrera por la crisis del petróleo. Los primeros grupos de Comisiones Obreras nacen aquí desde 1968 y la coordinadora en 1973. En 1976 las movilizaciones aumentan, el paro sube y los barrios de Palma como Son Cladera o Son Gotleu desarrollan un activismo notable.

En los últimos años del franquismo, hubo fisuras dentro del régimen, ¿qué entidades, partidos o personas fueron los primeros en empezar a moverse?

Sí. Aquí también hubo sectores aperturistas y sectores del ‘búnker’. Un ejemplo significativo son las últimas elecciones a procuradores familiares en las Cortes franquistas, en 1974, cuando triunfa la candidatura de Josep Melià, un aperturista, con el eslogan «Obertura i canvi», en catalán. No es un detalle menor. La prensa local juega un papel importante. Diario de Mallorca y Última Hora son periódicos que, en los últimos años de la dictadura, disienten del franquismo. Diario de Mallorca llega a sufrir un atentado. Son factores que muestran una sociedad en proceso de cambio. La Obra Cultural Balear, por su parte, impulsa un movimiento cultural y lingüístico muy relevante. Entre finales del franquismo y la transición dirigen la OCB personas como Climent Garau y Josep Maria Llompart, claramente antifranquistas.

¿Y la Iglesia, qué papel jugó?

También fue clave su posición. En informes del Gabinete de Enlace, un organismo del régimen, encontramos críticas muy duras al obispo Teodoro Úbeda por su actitud contraria al franquismo y por apoyar a sacerdotes críticos, como los de la parroquia de la Encarnación o los de Menorca. Eso preocupaba bastante al régimen.

Cuando hoy se dice eso de que «con Franco se vivía mejor», ¿usted qué piensa?

Es un tópico surgido tras la muerte del dictador. Ya entonces era ridículo, hoy está más que demostrado que no tiene ninguna base. Analizando lo político, social, económico y cultural, se ve que España avanzó menos que la mayoría de países europeos. La supuesta bonanza franquista solo mitigó el desastre de los veinte primeros años de dictadura. Comparado con el presente, hoy se vive infinitamente mejor en servicios sociales, educación, sanidad y calidad de vida.

«Cuando acabó la dictadura no se construyó un consenso antifascista amplio»

Ahora lo dicen muchos jóvenes: un 20% de ellos cree que con Franco se vivía «bien» o incluso «muy bien».

Es una moda transnacional, y espero que pasajera, amplificada por redes sociales que recicla tópicos de la propaganda franquista: que Franco libró a España del comunismo, que trajo paz y prosperidad, que el «milagro» económico fue mérito suyo. Todos estos argumentos han sido desmontados por estudios basados en archivos: España perdió posiciones respecto a Europa y el crecimiento de los sesenta se debió al turismo, las remesas y la inversión extranjera. El fenómeno se refuerza por el revisionismo franquista popularizado desde los años noventa por autores con poca base académica, pero gran presencia mediática.

Este auge de la ultraderecha es un fenómeno transnacional, pero en el caso de España, ¿podemos decir que el franquismo ha dejado una forma de hacer política y una herencia cultural?

Sí. A diferencia de Alemania, Francia o Italia, aquí no se construyó un consenso antifascista amplio. Allí se asume que las democracias previas son referentes; en España no se ha aceptado plenamente que la Segunda República es uno de los orígenes del régimen democrático actual. También pesa que el principal partido de la oposición procede de Alianza Popular, fundada por ministros franquistas.

«Las redes sociales y el revisionismo franquista amplía hoy los tópicos de la propaganda franquista»

¿Qué saben realmente los jóvenes sobre el franquismo?

El nivel es insuficiente. Aunque hay proyectos interesantes en Secundaria, los currículos han dificultado llegar al siglo XX. La reforma educativa de Aznar amplió el temario hasta la Prehistoria, para reforzar esa idea de una España eterna que se remontaría a Atapuerca, algo sin ningún fundamento. Eso impedía profundizar en la historia reciente y en contenidos propios de Balears. La LOMLOE vuelve a dar más peso a los periodos contemporáneos.

Los partidos de derecha creen que ‘ya está bien’ de hablar de Franco, le afean a la izquierda que ‘lo tenga todo el día en la boca’. El PP lo dijo en el Parlament: «Franco murió antes de que usted y yo naciéramos», ¿qué contesta?

Es una cuestión de cultura democrática. En países como Francia se recurre constantemente al pasado para entender el presente. La historia ofrece lecciones y no es una obsesión recordar el pasado reciente, es una cuestión del presente y del futuro de la democracia.

«En Balears sí hubo un movimiento antifranquista importante»

El franquismo es visible hoy en placas y monumentos, ¿es partidario de resignificarlos o retirarlos?

Depende del caso. El monumento de sa Feixina podría museizarse. Otros elementos pueden resignificarse. Es importante señalizar edificios y espacios con valor histórico, como La Mola de Menorca o antiguas prisiones, que pueden tener una función didáctica muy importante. Se han colocado placas, aunque persisten ataques a señalizaciones y símbolos, como el busto de Aurora Picornell. Había un lugar de memoria especialmente significativo donde, desgraciadamente, no se ha hecho nada por conservar ni recordar: la antigua Casa del Poble, el lugar de memoria por excelencia.

¿Qué dice de nuestra política y de nuestra sociedad que se quiera derogar la ley de memoria histórica en Balears?

Muestra la falta de un consenso básico sobre políticas de memoria, no hay acuerdo sobre cómo una sociedad democrática debe relacionarse con su pasado traumático. Hubo momentos positivos, como la ley de fosas aprobada por unanimidad o la exposición sobre Aurora Picornell con todos los partidos presentes. Es lógico que, cuando gobiernan unas fuerzas u otras, se ponga el acento en aspectos distintos, pero no parece razonable derogar una ley que, si no me equivoco, el PP votó mayoritariamente. Lo deseable sería volver a un consenso amplio.

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