Tres miradas desde Baleares a la muerte del dictador: "Sabíamos que se moría Franco, pero no el franquismo"
Joan March, Miquel Rosselló y Joan Huguet relatan a este diario cómo vivieron el día en que falleció el dictador y las sensaciones que tuvieron en las semanas posteriores. Medio siglo después, los tres coinciden en otra idea: la memoria de aquella época y aquellos años se está diluyendo «peligrosamente»

Redacción Digital

La muerte del dictador Francisco Franco, aquel 20 de noviembre de 1975, no irrumpió como un trueno liberador, sino como un silencio espeso que se extendió por toda España. Cincuenta años después, tres expolíticos de Baleares que vivieron el final de la dictadura desde lugares y circunstancias muy distintas reconstruyen el ambiente de aquellos días con la claridad que solo ofrece la memoria reposada: Miquel Rosselló, exdirigente del Partit dels Comunistes de Balears; Joan March, exsecretario de Organización del PSOE; y Joan Huguet, expresidente del Parlament, que por entonces era un joven estudiante en Madrid. Tres miradas diferentes, tres escenarios distintos, un mismo país suspendido en la incertidumbre.
Miquel Rosselló recuerda que llevaba días sin apenas descansar. Era responsable de organización del Partido Comunista en las Islas y vivía en la clandestinidad, aquella clandestinidad que se respiraba en cada pasillo, cada reunión improvisada y cada mirada en silencio. Junto a otras personas, se congregaban a menudo en la entrada del Diario de Mallorca, entonces en el carrer del Conflent que desembocaba en Jaume III, siguiendo rumores, señales, campanas, cualquier indicio de que el dictador agonizaba. "Esa noche no dormí. Me desperté con un repique de campanas. Celebramos lo justo, una paella y un poco de vino, pero sabíamos que se moría Franco, no el franquismo".

Miquel Rosselló. / DM
La prudencia era la norma. Aunque la muerte del dictador abría una rendija de esperanza, el aparato represivo seguía intacto. Nadie sabía si la maquinaria del régimen reaccionaría con violencia o si el país caería en una nueva fase de control férreo. Rosselló lo explica con serenidad, pero todavía con una sombra de inquietud: lo que estaba en juego aquella noche no era la vida de un hombre, sino el rumbo de un país entero.
A más de 700 kilómetros, en Pamplona, Joan March vivía la misma noche en un clima completamente distinto. Organizador del PSOE en Navarra y Euskadi, pasó la jornada pendiente de la radio y de los partes médicos, una rutina que se había convertido casi en un ritual en los días previos. Cuando la noticia se confirmó, lo celebró en casa, discretamente, junto con su mujer que entonces estudiaba medicina y algunos amigos. "Era una celebración rara. No se celebra una muerte, pero sí la posibilidad de la democracia", relata. En Pamplona, dice, el ambiente fue sorprendentemente tranquilo: ni estallido popular ni disturbios, solo la sensación de que algo viejo se cerraba sin que lo nuevo terminara de perfilarse.

Joan March. / B.Ramon
Muy cerca de donde la historia se escenificaba, en Madrid, Joan Huguet decidió vivir el acontecimiento desde la calle. Estudiante de Psicología, residía en Palomeras Altas, junto al Pozo del Tío Raimundo, corazón del movimiento obrero y parroquia del mítico Padre Llanos. Movido por la curiosidad, se desplazó hacia la capilla ardiente donde reposaban los restos del dictador. No entró, pero observó la procesión humana que avanzaba sin descanso. "Fueron más de cuarenta horas de gente pasando. Silencio, respeto e incertidumbre absoluta. No vi muestras de júbilo ni altercados. Era como si todos supieran que terminaba una época, pero nadie sabía cómo sería la siguiente", apunta.
Lo que más le impresionó no fue la cantidad de asistentes —las cifras sitúan entre 600.000 y más de un millón—, sino la mezcla de solemnidad y desconcierto. Aquel público no era homogéneo: nostálgicos del régimen, curiosos, gente que simplemente quería ser testigo de un momento histórico o que temía lo que pudiera venir después. La España de 1975 era un mosaico complejo, y la capilla ardiente lo reflejaba sin filtros.

Joan Huguet. / B.RAMON
Semanas posteriores
Las semanas posteriores confirmaron esa mezcla de expectativa y temor. Rosselló continuó moviéndose entre precauciones, reuniones clandestinas y la certeza de que el aparato represivo seguía intacto. En Madrid, Huguet percibía en Vallecas un ambiente contenido, pero ya orientado hacia un cambio inevitable. Recuerda el impacto de dos discursos: el del cardenal Tarancón, que marcó un distanciamiento simbólico de la Iglesia respecto al régimen, y el del rey Juan Carlos, que asumió el cargo renunciando —un gesto decisivo, según él— a los poderes absolutos heredados del franquismo. "Sin esa renuncia, habríamos pasado de Franco a una monarquía absolutista. La Transición fue posible porque alguien decidió iniciar un camino nuevo", reflexiona.
March, desde la óptica socialista, y Rosselló, desde la militancia comunista, vivieron esos primeros meses con mayor desgaste y riesgo, pero coinciden con él en algo esencial: nada estaba garantizado. La violencia de extrema derecha, los asesinatos de Atocha, las detenciones, la ilegalidad de partidos y sindicatos, la presencia de militares inmovilistas… Todo formaba parte de un escenario en el que cualquier paso adelante iba acompañado del temor a un retroceso brusco. De hecho, Rosselló recuerda incluso sus viajes clandestinos al extranjero con pasaporte falso, reuniones en París y el regreso siempre inquietante a un país donde "todo seguía prohibido".
Memoria histórica
Medio siglo después, los tres coinciden también en otra idea: la memoria de aquella época se está diluyendo peligrosamente. Rosselló lo explica con contundencia: "En las escuelas no se ha explicado bien el fascismo. Así no es extraño que haya jóvenes que lo vean como algo positivo". March comparte el diagnóstico: "En bachillerato nunca se llega al franquismo. El curso avanza, los profesores están cansados, los alumnos también. Y así algunos pueden reescribir la historia". Huguet va más allá y denuncia una "mutilación" de la historia real en beneficio de intereses ideológicos: "La Transición no fue una rendición, sino una memoria colectiva que no quería repetir errores. Pero si se usa la historia como arma política, se destruye su valor".
Tres hombres, tres trayectorias, tres maneras de vivir la muerte de Franco. Uno desde la clandestinidad y el miedo; otro desde la organización política y la esperanza cauta; un tercero desde la periferia obrera de Madrid, observando el final de una era con la inocencia del joven que sabe que está ante un momento histórico. Sus relatos no son una crónica uniforme, pero juntos componen un retrato íntimo y honesto de lo que realmente significó aquella noche: no una celebración, no un estallido de libertad, sino el instante frágil en que un país entero contuvo la respiración antes de decidir si quería avanzar hacia la democracia o aferrarse al pasado.
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