Opinión
El Marítimo sobrevive a Óscar Puente

El ministro Óscar Puente inaugura el nuevo Paseo Marítimo de Palma / B. Ramon / B.RAMON
Este año se celebra el décimo aniversario del reportaje del ‘Sunday Times’ londinense que distinguió a Palma como «la mejor ciudad del mundo para vivir». La acrisolada modestia palmesana sigue intacta, porque no existe ningún riesgo de que la ciudad renueve el título. El texto periodístico que la colocó en órbita planetaria empleó como gancho una foto del desaparecido Paseo Marítimo, una imagen que hoy no podría captarse porque el entorno ha sido destruido.
Palma es la única ciudad del mundo que aniquila el paisaje urbano que le otorga su singularidad, por gentileza de una Autoridad Portuaria que es la entidad mas presuntamente corrupta del Mediterráneo, basta examinar a sus sucesivos consejos de administración. El teórico arquitecto de la reforma, Elías Torres, ya confirmó a este autor el peso de la Junta dictatorial. De este engendro administrativo solo podía emanar un Marítimo que es una vulgar prolongación del aeropuerto, con el mismo piso ajedrezado que se colocó en el barrio de Corea en los años sesenta.
La inauguración con ministro de ayer confirma la suerte de que el cielo sea inalcanzable a las grúas, porque el agua se la han cargado definitivamente. El entorno despersonalizado pretende sellar una urbanización de lujo para extranjeros y la sustitución de coches por yates, mucho más rentables para la banda portuaria. Solo el infierno parece un castigo acorde al crimen de la destrucción de los dos puentes que humanizaban el conjunto. El exceso de dinero ha sido el problema, porque un maquillaje de cinco millones hubiera mostrado más respeto por el entorno que este disparate de cincuenta millones.
En tiempos en que el caballo ha caído en desuso, Óscar Puente aportaba la prueba de solidez definitiva del Paseo, porque pisa fuerte. En un Gobierno deshilachado, el vallisoletano debe ser examinado en clave de la sucesión de Sánchez, incluso ha diluido sus tuits sulfúricos. El recorrido ministerial acabó sin desperfectos de entidad en el piso, y no se puede culpar al ariete socialista de una agresión estética a la fachada marítima que cuesta distinguir si procede de la ignorancia o del desprecio.
El Marítimo sin puentes ha sobrevivido al ministro Puente. Se han necesitado diez años para confirmar que Palma no se merecía el título de mejor ciudad del mundo para vivir, un título que su autor ha reconocido que improvisó sobre la marcha. Por si acaso, la premiada ha hecho lo posible para corregir su belleza en vulgaridad.
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