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Religiosas Oblatas en Mallorca, cien años acogiendo sin juzgar a las mujeres en situación de prostitución: “Cuando entras en contacto con ellas te dan facilidades, al final es una relación de mujer a mujer”

La congregación celebra el centenario de su llegada a la isla, con el desafío actual de conseguir crear vínculo en un momento en el que la actividad ha abandonado la calle y se ha trasladado a entornos digitales

VÍDEO | Las Hermanas Oblatas cumplen un siglo en Mallorca acogiendo sin juicio a las mujeres en situación de prostitución

Bernardo Arzayus

Nair Cuéllar

Nair Cuéllar

Palma

El trabajo de una congregación religiosa en el contexto de la prostitución podría parecer, a priori, conflictivo, o al menos, llamativo. Durante cien años, la presencia de las Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor en Mallorca ha sido un faro en las sombras más profundas de la marginación. No se trata solo de un aniversario, sino de un siglo de tocar vidas rotas, de ofrecer refugio y de susurrar dignidad en los oídos de miles de mujeres atrapadas en la red de la prostitución y la trata.

Desde su llegada a la isla en 1924, la esencia de su trabajo ha sido el encuentro sincero, la mano tendida y la fe inquebrantable en la posibilidad de un futuro. Su labor ha sido una constante declaración de guerra contra la exclusión, adaptándose sin descanso a las dinámicas sociales que condenan a estas mujeres a la vulnerabilidad. Este centenario (1924–2024), que acaban de conmemorar esta semana con diferentes actos -la representación teatral de Segarem ortigues amb els talons, la presentación del libro del centenario y una eucaristía esta mañana en la iglesia palmesana de Sant Miquel-, es el testimonio de una fe que se torna en el acompañamiento diario y en la lucha por la autonomía y la libertad de quienes «han sido despojadas de su propia voz».

Algunas de las oblatas que han trabajado o trabajan en Mallorca, momentos antes de la presentación, el pasado jueves, del libro sobre sus cien años de presencia en la isla

Algunas de las oblatas que han trabajado o trabajan en Mallorca, momentos antes de la presentación, el pasado jueves, del libro sobre sus cien años de presencia en la isla / Guillem Bosch

Desde su llegada a Palma el 8 de octubre de 1924, instalándose en el primer centro de acogida de La Vileta -hoy Calle de las Oblatas-, las religiosas han tejido una historia de constante adaptación. María Magdalena Alomar, Coordinadora de Casal Petit -iniciativa de la congregación que centra, desde hace una década, su trabajo con las mujeres, a quienes ofrece la posibilidad de realizar un plan individualizado para mejorar su situación- resume esta trayectoria: «Las oblatas se han ido adaptando a las necesidades de las mujeres y a la realidad de cada momento». El perfil de las usuarias ha cambiado drásticamente. Las primeras usuarias eran españolas -cuenta- y la actividad se vinculaba estrechamente al consumo de drogas en el barrio palmesano de sa Gerreria. A partir de los años 2000, los flujos migratorios transformaron la realidad, pasando por mujeres nigerianas y, más recientemente, registrando un gran aumento de mujeres colombianas desde 2019, «muchas con estudios pero atrapadas en situaciones de profunda vulnerabilidad y exclusión», explica. Esta capacidad de transformación ha llevado a la congregación, con la guía de figuras como la religiosa Marisa Arreba, Superiora General, a pasar de los grandes internados a los hogares y, finalmente, a la cercanía del Casal Petit.

«De mujer a mujer»

La clave -como señala Arreba- es la acogida incondicional y la capacidad de crear un vínculo. «El balance en un alto porcentaje es la facilidad que las mujeres te dan cuando entras en contacto con ellas, porque al final es una relación de mujer a mujer». La labor de las Oblatas, que en los años 80 se volcó en el contacto directo en la calle, ha forjado una confianza que perdura. Hoy, la forma de llegar a ellas es ir a su entorno -actualmente más pisos que calle, sostiene Arreba-, escuchar y establecer una relación de tú a tú.

Nieves de León, religiosa que forma parte del consejo general, destaca que, una vez que la mujer cruza la puerta del Casal, «no hace falta que venga diciendo yo soy prostituta». Lo esencial es que se sienta segura y, como ellas mismas dicen, «no juzgada». Durante el último año, Casal Petit atendió a 479 mujeres, incluyendo el abordaje específico de la trata, para lo cual el centro gestiona viviendas de acogida y autonomía.

Deslocalización

La realidad actual impone nuevos desafíos. La prostitución se ha deslocalizado, migrando de la calle y los clubs a los pisos desde los que las mujeres trabajan a través de internet. Tanto Alomar como Felicidad Martínez, directora de la congregación en Palma, explica que el trabajo se ha vuelto en los últimos tiempos más complicado, pues ya no es tan claro dónde encontrar a las mujeres. Ello obliga al equipo a buscar en foros de clientes e incluso a plantearse realizar una expansión a la part forana para mantener el contacto y el vínculo.

Este fenómeno fue abordado en un reciente estudio realizado junto al Ayuntamiento de Palma y la Universitat de les Illes Balears (UIB), evidenciando que la prostitución afecta a toda la sociedad «y exige una mirada al cliente y a la sensibilización social» -profundiza Carmen Ortega, Superiora provincial- un área que Casal Petit ha reforzado con la dedicación de un profesional a ello, Jaume Perelló.

El legado de las Oblatas es un siglo de fe en la persona, de caridad activa y de adaptabilidad incansable. Su centenario es una invitación a la sociedad mallorquina a seguir mirando esta realidad con la misma compasión y compromiso que ellas han demostrado, reafirmando su incansable trabajo por la justicia, la igualdad y la dignidad de todas las mujeres y poniendo de relieve los retos que presenta internet para su trabajo con las mujeres en situación de prostitución, un hecho, que -concluye Ortega- «diversifica los ámbitos de la prostitución y complica la intervención».

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