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Arturo Suñer, el 'manitas' de Casa Buades que cumple 101 años en Palma: "He visto Son Vida sembrada, sin casas"

En su casa centenaria, objetivo de un bombardeo durante la Guerra Civil, este veterano mallorquín recuerda a su primera mujer, su no-relación con Arturito Pomar y su vida entre molinos, arengades y los toros que llegaban en barco a Mallorca

Arturo Suñer, el 'manitas' de Casa Buades que cumple 101 años en Palma: "He visto Son Vida sembrada, sin casas"

Bernardo Arzayus

Jordi Sánchez

Jordi Sánchez

Palma

A sus 101 años, Arturo Suñer conserva la energía y la sonrisa de quien ha vivido mucho, pero no se ha cansado de contar. Este “mallorquín, mallorquín”, como él mismo se define, celebra su cumpleaños en su casa de Palma, una vivienda centenaria que parece detenida en otra época, con muebles antiguos y cientos de papeles guardados. Este bajo palmesano fue víctima de un bombardeo durante la Guerra Civil. “Esta casa tiene los mismos años que desde que empezó la guerra", dice con serenidad. Cuenta Suñer que calle abajo, cerca de la Plaza Madrid, cayó otro proyectil: "A ese agujero le llamaban es clot".

Nació en Santa Catalina, en la calle Caro, y más tarde la familia se trasladó a Son Espanyolet. Hijo de un hombre “que fue de todo -patrón, contrabandista, maquinista, carbonero-”, vivió una infancia de contrastes. “Mi padre estuvo en la cárcel. Le cayeron cuatro años, estuvo cuatro meses, lo volvieron a coger y le cayeron otros cuatro”, recuerda.

Estudió en el colegio Mar y Tierra, “cuando todavía colgaban las cuerdas del antiguo teatro”, y pasaba los días entre molinos y almendros. “Al Jonquet le llamaban así porque allí había muchos juncos. Yo llevaba comida a los cerdos que había en los molinos”.

Su primer trabajo fue en una perfumería, aunque pronto entró a trabajar en la fábrica de Casa Buades, donde le llamaban el 'manitas'. “Había una máquina que no funcionaba y con un trozo de algodón la puse en marcha. También desmonté un torno en cinco minutos cuando el maestro no podía hacerlo”, cuenta. “Nunca se metieron conmigo, pero tampoco me halagaron”, añade riendo.

Una vida sencilla

Palma, dice, ha cambiado tanto que a veces cuesta reconocerla. “La calle de los Arcos, lo que ahora es Jaume III, la vi con almendros y corderos paseando por allí. El Jonquet estaba pelado, solo con almendros. Y Son Vida la conocí sembrada, sin casas; si había un árbol con fruto, íbamos a comer, no a robar”.

De aquellos años también guarda imágenes curiosas, como la de los toros que llegaban a la isla en barco. “Antes traían los toros dentro de un cajón. Me asomé a una ventanilla y, morro con morro, me encontré con uno. Aunque estuviera encerrado, me largué corriendo”, ríe.

La suya fue una vida sencilla, pero llena de sabor. “Comíamos muchas legumbres y también arengades por la noche. Comer piña o plátano era de ricos”, dice. En aquellos días, cuenta, los niños jugaban a policías y ladrones y coleccionaban los escudos metálicos de las botellas de Coca-Cola como tesoros.

María, la mujer que le robó el primer beso

Entre los recuerdos más queridos está María Sabater Serra, su primera esposa y madre de sus dos hijos. “Fue ella la que me quiso a mí. Según decía, cuando pasaba por delante la alegraba, y yo ni la miraba. Un día me la encontré y desde entonces seguimos juntos. Me dio ella el primer beso, de esos fugaces, no un beso del oeste, cuenta.

La posguerra le dejó también muchas escenas grabadas. “Había rojos y azules, como ahora. El padre de Arturito Pomar, el ajedrecista mallorquín, era falangista. Paseaban y él siempre iba delante con la bicicleta, como si fuera el perro de la legión. Cuando vivía en Son Espanyolet lo conocía, pero no se jugaba con él porque eran fascistas, relata. Pomar, nacido en 1931, fue un niño prodigio del ajedrez y alcanzó fama mundial tras empatar con el campeón Alexander Alekhine con solo doce años. Suñer se sorprendió al saber que había muerto: “El otro día vi la tumba donde está y no sabía que estuviera muerto. Tendría mi edad”.

También recuerda otros nombres: “El padre de Paco Perpiñá era un acérrimo comunista. Me decía: ‘Arturo, yo los exaltaba’. Cuando iba en el tren, salía por detrás con una galleta, juntaba a la gente y decía: ‘¿Veis? Yo solo una galleta he comido’”.

Suñer viajó tanto como pudo. “Estuve en Asturias: buena gente, buena comida, buen trato. Allí vi un carro antiguo con ruedas de madera del que tiraba una vaca. Vi una cosa muy antigua y disfruté mucho. También fui dos veces a Inglaterra. Claro, luego he pasado por muchos pueblos con el avión, por encima… ¿puedes decir que he estado? Tú dirás”, comenta divertido.

También fue patrón sin título: “Usábamos una barca que tenía mi tío. Si me cogían, me fastidiaban a mí, a la barca y a l'amo.” La embarcación, que se guardaba en el Club Náutico, se llamaba Cala Figuera. “Puse el nombre con plomo, y el día que la despintas, ¿qué pasa con el plomo? No se va. Fui el tonto por eso”, ríe.

Hoy Arturo vive tranquilo, acompañado y querido. Sonia Holguín, su esposa desde hace cinco años, y Bremis, hermana de Sonia, le cuidan con cariño. Tiene gran estima por su médico, Miquel Góngora, y por la enfermera que le visita en casa, Elsa Mas. También por sus amigos Jaume Pastor, Pedro Munar, Mariano de la Corte y la señora Margarita, entre otros, con quienes comparte recuerdos y conversación.

“Para vivir tantos años tienes que ir a verlos a ellos”, dice, señalando a los profesionales de la salud que lo acompañan. Y lo cierto es que en su centenaria casa, rodeado de afecto, memoria y una bandeja de gambas lista para el brindis, Suñer, eterno mallorquín, sigue siendo la prueba viviente de que la vida, si se mira con humor, siempre vale otro siglo más.

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