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Tots Sants

Padres ante la muerte repentina de sus hijos: «El duelo nunca acaba, la clave es conseguir no sufrir»

Elisa y José han pasado por la misma experiencia, la muerte repentina de uno de sus hijos. Tras ello, denuncian el tabú que silencia el proceso de lamentación y subrayan la importancia de asumir la ausencia para transformar el dolor en un nuevo propósito

Elisa Rabanete

Elisa Rabanete / DM

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Nair Cuéllar

Nair Cuéllar

Palma

Días como el de Tots Sants o el de los Difuntos nos invitan al recuerdo, pero la conversación sobre la muerte en sí misma sigue siendo una asignatura pendiente. ¿Cómo se afronta la que dicen es la pérdida más inimaginable, la de un hijo, cuando la sociedad enseña a mirar hacia otro lado? Los testimonios de Elisa Rabanete y José Jiménez, dos padres que han experimentado la muerte repentina de sus hijos, son un reclamo a la sinceridad, la escucha activa y la necesidad de asumir la ausencia para transformar el dolor en amor y propósito.

Ambos coinciden en que la cultura occidental vive completamente de espaldas a la muerte. Elisa, cuyo hijo de siete años falleció de un infarto cerebral, señala que el tabú comienza incluso en el lenguaje. «No acostumbramos a decir cuando mi hijo murió o cuando mi hijo transitó, sino que decimos cuando se fue o desde que no está aquí», comienza su relato, señalando cómo evitamos nombrar directamente el hecho. Esta actitud social es lo que dificultó su proceso inicial, ya que ella tampoco estaba preparada y sintió «las mismas emociones que cualquier persona que no está lista para el duelo».

Para José, cuya pérdida fue hace escasos trece meses, la muerte por suicidio de su hijo, que iba a cumplir 40 años, ha dejado «una sensación de vacío total». «Yo a día de hoy no lo asimilo, desde luego. No puedo concebir que no le vuelva a ver», confiesa emocionado. Este dolor se agrava por el silencio social que percibe en torno a las pérdidas traumáticas: «Me da mucha rabia que estas cosas no se saquen a la luz... Es un tema tabú y cuando te pasa es un shock», lamenta. Para él, en estos momentos «la vida no tiene sentido», y asegura que lo único que le «frena» para tomar una decisión drástica es el amor por su mujer, su hija y su nieta.

Tanto José como Elisa experimentaron de primera mano cómo el entorno reacciona ante el dolor, y, según cuentan, en muchos casos, no saben cómo ayudar.

"No acostumbramos a decir cuando mi hijo murió, sino que decimos cuando se fue. Estamos evitando hablar de la muerte"

Elisa Rabanete

Elisa recuerda la frustración que generan las frases hechas y las comparaciones. Así, cuenta que con frases como ‘pero mira, menos mal que tienes otro hijo’ pensó, «‘¿pero cómo me puedes decir eso?’, porque expresiones así no nos hacen ninguna falta, todo lo contrario». La experta en entrenamiento cerebral, que se especializó en duelo tras la muerte de su hijo, enfatiza lo que realmente se necesita: «La escucha activa, o el silencio, el estar ahí, el sostener». También recuerda a aquellos que ayudan de forma práctica, llenando la nevera o cocinando, una ayuda esencial cuando el doliente no piensa en comer o en sí mismo.

José también manifiesta haber notado la dificultad de su entorno para expresarse, especialmente en su familia política. «A mi suegra y mi cuñada les cuesta mucho expresarse», explica, añadiendo que «eso al final se te queda dentro y te daña». De hecho él, que reconoce ha tenido que hacer un gran esfuerzo para expresar cómo se siente tras lo sucedido, asegura se ha notado físicamente peor «por guardarme las cosas». Ambos casos demuestran que el silencio impuesto, ya sea por el tabú o por la contención personal, tiene un alto coste físico y emocional.

José Jiménez

José Jiménez / DM

Asumir la pérdida

La gestión del duelo no es un camino lineal y, según Elisa, no es igual para todos. Ella tuvo apoyo psicológico desde el hospital, pero insiste en la necesidad de «respetar el ritmo y la evolución de la persona que está viviendo el duelo, porque cada uno es diferente». Observar las reacciones contenidas de su marido y su otro hijo le enseñó «que cada uno tiene un proceso único».

La búsqueda de respuestas sobre la muerte de su pequeño a los siete años llevó a Elisa a la neurociencia y, finalmente, a especializarse en duelo. Esto transformó su pérdida en un propósito: «Considero que mi hijo vino aquí a darnos una lección y que esa lección era entrégate y sirve, porque al final venimos a eso, a amar». Su trabajo ahora consiste, hace la metáfora, en sostener el llanto del doliente «como quien sostiene la frente de alguien que vomita, para que vaya soltando todo eso que necesita».

Elisa también desmiente que el duelo termine. «No lo hace, porque esa pérdida la tienes siempre. Lo que sí que hacemos es transformarla». La clave -explica-es llegar a un punto «donde ya no se sufre, se cambia el paradigma e incluso se termina agradeciendo qué función ha hecho esta experiencia en tu vida».

"Me da mucha rabia que no se hable del suicidio, de la muerte, porque luego eso conlleva mucho más dolor"

José Jiménez

Conexión espiritual

El enfoque de las fechas señaladas y los rituales también difiere. José es claro: a él festividades como Tots Sants no le ayudan. «A mí no me aportan nada, porque al cementerio puedo ir cualquier día a estar con mi hijo», afirma. De hecho confiesa que teme especialmente las Navidades, el Dia de Difunts o los cumpleaños, ya que el cuerpo «te va avisando y ver una silla vacía en la mesa es muy duro», argumenta.

Sin embargo, para José, el vínculo con su hijo ha continuado de forma muy íntima y sorprendente. Relata fenómenos inexplicables en un viaje a Formentera que hizo con su mujer tiempo después de que ella visitara la isla con su hijo. Así, explica que, sin saberlo, eligió los mismos restaurantes y asientos que él. Además, asegura haberle sentido en un par de ocasiones. «Pude incluso abrazarlo después de morir», afirma José, describiendo un encuentro en el que su hijo le dijo: «Papá, es que la gente no me entiende».

Por su parte, Elisa insiste en la necesidad de no infantilizar los duelos y hablar a los niños con total sinceridad sobre la muerte, sin usar eufemismos como «aquella estrella es la abuela». Además, subraya la importancia de atender al entorno del fallecido, como en su caso los compañeros de clase de su hijo, con quienes sigue haciendo rituales anuales: «Para ellos también es algo traumático y sufren», matiza.

Para ambos progenitores, el camino ha sido aceptar que la vida sin su hijo es una nueva vida, compleja, pero con un amor que se ha transformado y una conexión que, de alguna manera, perdura.

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