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En Mallorca no hay mallorquines

Gente paseando por el centro de Palma

Gente paseando por el centro de Palma / B. Ramon

Matías Vallés

Matías Vallés

En Mallorca no hay mallorquines. Esta evidencia no precisa de ampulosos estudios, porque una somera revisión de los datos del Instituto Nacional de Estadística demuestra que solo una de cada cuatro personas que ha dormido en la isla en el último trimestre también ha nacido en ella. Con estas proporciones, puede prescindirse de informes PISA para concluir que la «lengua propia» es un folklorismo carente de la mínima sustancia. Salvo, por supuesto, para los abnegados defensores del «buen suecoalemán» perfectamente integrado, tan admirable como inusual y por lo tanto irrelevante para la estadística.

Nadie sale de la escuela hablando inglés, hay que aprenderlo por cuenta propia. Si el nivel de catalán es inferior, se habla de extinción, aquí y en Cataluña. Precisamente porque la agonía surge de una inapelable evidencia demográfica y económica, las beneméritas instituciones culturales o educativas que denuncian el retroceso del catalán deben cumplir dos cautelas mínimas:

1) No disponer de ninguna vivienda en alquiler turístico a personas que no hablen en catalán.

2) No haberse enriquecido con la venta de una propiedad mallorquina a personas que no disfruten de un excelente nivel de catalán.

De lo contrario no son denunciantes, sino cómplices lacrimógenos de la situación.

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