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Ana, la mujer de 86 años que vivió "una historia de terror" en la inundación de Ibiza: "Me parece increíble haber sobrevivido"

La rescató un vecino que se la encontró subida a la encimera de la cocina

Ana Martínez, de 86 años, cuenta como sobrevivió a la tormenta que arrasó su casa junto al torrente de Sa Llavanera

Ana Martínez, de 86 años, cuenta como sobrevivió a la tormenta que arrasó su casa junto al torrente de Sa Llavanera / Guillermo Sáez

Guillermo Sáez

Ibiza

“Una historia de terror. Así la voy a titular cuando lo escriba todo en mi página de internet”. Ana Martínez Pujana tiene un blog donde lleva tiempo redactando sus memorias. Y además con mucho gracejo, todo sea dicho (elportaldeana.wordpress.com). Donostiarra de nacimiento e ibicenca de adopción desde hace cuarenta años, basta un minuto a su lado para entender que es una mujer de rompe y rasga.

Hasta el pasado martes vivía sola —“porque quiero”— en el edificio Brisol, junto al torrente de sa Llavanera. Se levantó, se hizo el desayuno y se sentó para escribir en el ordenador. Ese día cumplía 86 años. Ha decidido detener la cuenta, así que solo han pasado cinco días desde que arrancó su segunda vida, como ella la llama. Recibe a Diario de Ibiza, del mismo grupo editor que Diario de Mallorca, mientras resuelve un crucigrama, sentada en el sofá de la casa de su hija en Sant Jordi. A la suya no piensa volver jamás.

“Tengo necesidad de contar lo que he vivido. Quiero que se sepa porque cuando veo las noticias digo: 'coño, eso no es nada de lo que me ha pasado a mí'. A lo mejor no le ha pasado a nadie más que a mí. No lo sé”. Habla una superviviente que estuvo a punto de ser engullida por la histórica tromba de agua caída en Ibiza.

Si tanto se ha hablado estos días de fangos y desagües, de infraestructuras y suministros, de militares y carreteras, es porque las inundaciones no se cobraron ninguna vida humana. Ana asegura que a ella le pasó rozando la bala y, escuchando su testimonio, que brota de su menudo cuerpo con la energía más propia de una veinteañera, es difícil llevarle la contraria. Efectivamente, es una historia de terror que arranca pronto el día de su cumpleaños: levanta la vista de la pantalla y mira por la ventana.

Empieza la pesadilla

“Sobre las 10.30 vi que estaba lloviendo una barbaridad y de repente empezó a entrar agua en la cocina. Me fui a la habitación y vi que el agua me seguía, que ya estaba por el pasillo y por mi dormitorio. Fui a abrir la puerta de casa y de repente se oye ‘¡Pum!’, un ruido tremendo. De la puerta se desprendió un panel lateral, entró el agua a toda hostia y me hice para atrás como pude. En ese momento volví a nacer, porque si me llega a tirar el agua yo no soy capaz de volver a ponerme de pie. Eso segurísimo”, rememora mientras se tapa la cara con las manos, un gesto que repite en varias ocasiones, como si volviera a ese momento crítico cada vez que lo evoca. Como haría un niño para no ver algo que le espanta.

El enemigo había irrumpido en su casa sin previo aviso: “Me iba para atrás, me agarré a la mesa y me senté encima. El agua entraba a lo bestia con un rugido que no se puede imaginar y que tengo metido en la cabeza”. Había que pensar rápido. Por suerte, la mente de Ana se mantiene rápida pese a su edad. En medio del inmenso follón, que iba transformando su casa en un acuario de muebles a la deriva, pensó cuál era el lugar más alto de su casa. Bingo. La litera de la habitación donde duermen sus nietos cuando van a visitarla.

“Fui hacia allí, despacito y buena letra, diciéndome que si me resbalaba y caía ya no me volvería a levantar. Fui poco a poco apartando los muebles, pero el problema era que no tenía donde agarrarme porque todo estaba flotando. Llegué a la habitación de los niños, puse el pie en el primer escalón de la litera y en ese momento se me vino la litera encima. En mi vida he pasado un terror tan grande. Si se me cae encima, ahí acaba todo”. Le salvó que la habitación era estrecha y la litera quedó encajada en la pared de enfrente.

Así ha quedado la casa de Ana tras la inundación

Así ha quedado la casa de Ana tras la inundación / D.I.

Agonía sobre la encimera

Segundo punto de partido salvado. Pero no hay tiempo para celebrarlo. La furia del agua no espera a nadie. ”Y ahora, ¿qué coño hago? Intenté ir al salón para subirme a la mesa, pero estaba todo tan lleno de muebles que no pude. Así que me volví a la cocina, piano, piano, y me senté en la encimera, lo más alto que había, y empecé a gritar pidiendo socorro”. En su primer momento de relativa calma, cogió el teléfono móvil, que funcionaba pese a tanta agua.

Ana coge el cacharro y le da besos: “Le voy a hacer un monumento. Cuando fallezca el móvil lo voy a poner en un cuadro colgado en la pared”. Habló con su familia, que se desesperaba al otro lado de la línea porque era imposible acudir en su ayuda, y también lo intentó sin éxito con el 112, que estaba saturado. “En ese momento recibo un mensaje: ‘Cuidado que se prevén lluvias muy fuertes, tenga cuidado y no salga a la calle’. Yo creí que me moría, de verdad. ¿Qué más hubiera querido yo que salir a la calle?”. Era la alerta de Protección Civil-112.

Cocina donde Ana se refugió finalmente

Cocina donde Ana se refugió finalmente / D.I.

El agua seguía “subiendo, subiendo, subiendo” hasta llegarle a la altura del pecho. Ana volvía a verle las orejas al lobo. O la aleta al tiburón. Se abstrajo hablando consigo misma, un diálogo que recuerda como algo así:

"-¿Pero es posible? ¿Es posible, Ana? ¿Te vas a morir ahora?

-Pero no puede ser hombre, si tengo un montón de cosas que hacer, que no me puedo morir ahora.

-Pues sí, guapa, más vale que aceptes la realidad. Y la realidad es que falta muy poco para que el agua suba hasta tu cabeza.

- Pero es que a lo mejor solo me queda un cuarto de hora de vida o algo así, como mucho…

-Tranquila, Ana, lo fundamental es que no te pongas muy nerviosa y que no entres en pánico, porque entonces sí que no hay ninguna posibilidad de nada. A ver, tranquilízate. Por Dios, respira.

-Y encima, qué muerte tan horrible…".

Aparece el salvador

En ese trance agónico se encontraba cuando escuchó el telefonillo de su casa. Ayuda. Por fin. El vecino de arriba se había descolgado con una cuerda y se había sumergido en la piscina de agua y barro que era el patio exterior de su casa.

Rubén nadando para salvar a Ana

Rubén nadando para salvar a Ana / D.I.

“Mi salvador, el héroe de mi vida, el hombre al que voy a darle las gracias durante el resto de mi vida. Un héroe auténtico. Rubén García, escribe su nombre en el Diario. ¡A este hombre hay que hacerle un monumento! ¡O al menos darle una medalla!”, reclama con vehemencia. A pesar de que Rubén es “un tiarrón de 1.85 metros y 90 kilos”, tuvo que ir nadando y “agarrándose a las paredes de casa y moviéndose con dificultad porque iba contracorriente y el agua le arrastraba”. Hasta que vio su mano asomar.

"-¡Dios mío, me va a salvar la vida!

-Tranquila, señora, que esto está chupado".

Pero no estaba tan chupado. Rubén cargó a Ana a su espalda, pero juntos no podían salir por donde él había entrado, así que solo quedaba tirar abajo la puerta principal. El compañero de piso de Rubén lo intentó con un martillo, con tanta fuerza que la herramienta se rompió. Al final lo consiguieron a base de patadas y con la ayuda de un pedrusco. Ana se había salvado.

“Y me he recuperado sin una enfermedad, sin un catarro, sin una nada. Es genial. Es que estoy estupenda, maravillosamente. ¿Te lo puede creer? Es que no me lo creo ni yo misma. Y me decía Rubén, mi salvador, que las personas tenemos una capacidad de aguante mucho mayor de lo que pensamos. Te vienen el subidón de adrenalina y el instinto de supervivencia y ¡uno arrasa con lo que sea! Aunque me parece increíble haber sobrevivido a todo esto”.

Ahora a Ana le espera una nueva vida en Valencia, a donde se va a mudar cerca de su hija, pero viviendo sola, por supuesto, y un trauma que se le antoja difícil de superar: “Toda la vida me he bañado, para mí es uno de los placeres de la vida. Pues ahora no puedo bañarme. Creo que no me voy a volver a bañar en mi vida”.

Imágenes aéreas de Ibiza tras las graves inundaciones

Lucía Feijoo Viera

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