Popularizó el «desarrollo sostenible»
El nieto del presidente Roosevelt, la primera víctima de la saturación turística en Mallorca
El nieto primogénito del presidente Franklin Delano Roosevelt se instaló en Deià en 1987 de manera definitiva, y con la voluntad de estudiar un crecimiento tolerable en la isla, pero se mudó al sur de Francia por el acoso de los turistas

Curtis Roosevelt, nieto del presidente estadounidense, en su casa de Deià en 1996. / Torrelló

La crítica a la sobreexplotación turística incluye por primera vez el punto de vista del indígena, convertido en un mero figurante de la experiencia ajena rentabilizada empresarialmente. Esta reducción de los residentes a actores secundarios se ha convertido en uno de los ejes de las protestas en Barcelona, pero los mallorquines nativos o adoptivos también trabajan como decorado. El primero en darse cuenta de que era una víctima individual de la saturación se llamaba Curtis Roosevelt, era el nieto primogénito del presidente Franklin Delano Roosevelt y abandonó la casa de Deià que debía ser su morada definitiva al darse cuenta de que formaba parte de un paisaje mil veces profanado y retratado.
El mallorquín convive con la rutina de que su persona y su vivienda son ‘visitadas’ miles de veces al año por curiosos, también llamados turistas. Para Curtis Roosevelt, la sobreexplotación redundó en una sobreexposición que le resultó intolerable. El hombre que había gateado en su tierna infancia por los pasillos de la Casa Blanca durante la Segunda Guerra Mundial, albacea de la dinastía rooseveltiana y que trabajó durante décadas como alto funcionario de Naciones Unidas, se había instalado en Deià con vocación de permanencia en 1987.
Aunque cadenas internacionales como la BBC se desplazaban a Mallorca para entrevistar a Curtis Roosevelt sobre su clan o sobre las elecciones a la Casa Blanca, presumía de haber elegido la isla para desengancharse por completo de la política. «Mi nueva profesión es la de ceramista», sentenciaba para soslayar su pesada herencia. Había instalado un taller en su casa de Deià, una de las más bellas y características de la localidad.
Quienes entrevistamos a Roosevelt en 1992, no advertimos ni una reticencia sobre su elección, lo cual refuerza la sinceridad del trauma que acabó por obligarle a cambiar de residencia. Al contrario, creía haber hallado un refugio contra el ajetreo de su existencia anterior. Su labor en la ONU lo convirtió en el introductor a gran escala del concepto de «desarrollo sostenible», probablemente la prevaricación conceptual más dañina en la historia del planeta.
Roosevelt no solo creía en la sostenibilidad, sino que pensaba que había desembarcado en el lugar ideal para desentrañarla. «Mallorca es un laboratorio espléndido para estudiar el fenómeno», señalaba antes de rebajar las expectativas. «Hay que equilibrarlas razones económicas con los valores sociales y culturales de la isla, pero por desgracia no tengo la fórmula». Han pasado 30 años
El triste desenlace obliga a reseñar que Roosevelt era feliz en Mallorca. No era un iluso, y presagiaba las tentaciones del postureo verde. «A los políticos se les llena la boca con el desarrollo sostenible», incidía para contrastar esta fe con la aprobación de aeropuertos tan desproporcionados a su juicio como Son Sant Joan. Y por esta vía aérea llegaría su decepción con Mallorca.
Roosevelt progresó como ceramista, con exposiciones sucesivas en La Residencia de Deià y en galerías palmesanas. Atrajo a su casa a John Keeble, el batería de Spandau Ballet casado con su hijastra. Sin embargo, los primeros nubarrones se cernían sobre el paraíso. A través del aeropuerto de Palma desembarcaba un contingente de turistas que no podían sustraerse a la atracción de la casa del diplomático. Se hacían fotos, le hacían fotos, se los encontraba prácticamente en la entrada de su vivienda, siempre tenía invitados no deseados.
La presión turística sobre Curtis Roosevelt creció hasta hacerse insoportable. Pronto llegó la noticia de que el ceramista reencarnado se encontraba incómodo con el trajín, inesperado en el idílico Deià. La morada definitiva perdió esta condición, el heredero de una de las mayores dinastías del siglo XX agarró los trastos y se mudó al sur de Francia en busca de sosiego y anonimato . Falleció en Saint-Bonnet-du-Gard en 2016. Se ha estudiado con cierto detalle el proceso de atracción que ejerce Mallorca sobre personajes inesperados, pero no se ha prestado la misma atención al desenamoramiento plasmado en el divorcio definitivo de los famosos con la isla.
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