Antonio Estela / José J. Méndez

Carta a los chicos de Nazaret

El centro de menores de Nazaret, en Palma.

El centro de menores de Nazaret, en Palma. / DM

Queridos chicos:

Esta carta va dirigida directamente a vosotros, como parte que ya sois de la historia de Nazaret, y también del enorme grupo de internados que han pasado por este centro en sus cien años de historia.

Mi nombre es Antonio Estela Frau, un niño grande de 52 años que pasó cuatro años de su infancia internado como vosotros en esta institución que hoy celebra cien años de historia. Esta carta ha sido coeditada y firmada por otro niño como nosotros llamado José J. Méndez, amigo y escritor de 64 años, que pasó aquí siete largos años.

Decir que mi compañero y yo vivimos épocas diferentes a la vuestra dentro del centro. Él entró en 1967 y yo en 1981. Él tenía ocho años, y yo nueve cuando fuimos internados. Éramos niños inquietos y felices de vivir la aventura de la infancia en libertad, seguramente como muchos de vosotros la sentís.

Pero un día toda aquella libertad y protección familiar cambió sin que tuviéramos tiempo de entender el porqué. Pasamos de un día a otro de la libertad de la calle, a estar encerrados en este centro sin poder salir ni contactar con nuestros amigos y apenas con nuestros familiares. Pero como éramos niños y pensábamos como niños, no tuvimos más remedio que confiar plenamente en los tutores que nos cuidaban, y colocar nuestras frágiles vidas en sus manos, como hoy vosotros depositáis vuestra confianza en los profesionales que os cuidan.

Pero hoy son otros tiempos, y nada tienen que ver con la época en la que José y yo estuvimos sujetos a las normas de una protección forzada dentro del centro, protección que a veces no era ni la más correcta ni la más idónea para un niño. Y pasó que, sin que nada pudiéramos hacer, la vida dentro del centro se convirtió para nosotros en una injusta tortura, donde los abusos marcaron definitivamente la infancia de muchos de aquellos jóvenes tutelados, entre ellos la de José y principalmente la mía, de la cual yo nunca me he podido recuperar. En aquella época solo cabían dos libertades, la de cumplir las rígidas normas que el centro tenía, y la de las normas que algunos celadores se permitieron el lujo de saltar, aprovechándose de nuestra vulnerabilidad e inocencia infantil.

Seguramente éramos más jóvenes que vosotros, más inocentes y más confiados en que los mayores nos cuidarían. Pero en aquella época esos mayores nos fallaron, y quienes eran responsables de que aquel abuso no se produjera, optaron por callar y pasar página, quedando grabados estos hechos en la historia de un Nazaret que ningún internado de aquella época desea recordar… salvo mi amigo José y yo.

Hoy, tenéis la oportunidad de aprender una muy cosa importante, y es que nadie tiene derecho a robar vuestra infancia y mucho menos vuestra dignidad. Y que cualquier pequeño indicio de abuso que podáis sentir, no os lo guardéis, compartidlo y no os calléis; no permitáis que el miedo y el silencio se apodere de vosotros nunca, porque de ello dependerá que el recuerdo de vuestra infancia sea digno y hermoso o una tortura, como así nos pasó a nosotros a causa del miedo, la imposición y el castigo que padecimos por un sistema y una organización religiosa no preparada para cuidarnos, respetarnos y educarnos en conciencia y libertad.

Mi compañero José y yo agradecemos vuestra atención y comprensión, al tiempo que esperamos que algún día tanto la institución como sus protectores, reconozcan que los errores cometidos en el proceso educativo, han de seguir su curso natural, y este pasa por el reconocimiento de los hechos y la integración de los mismos en su propia historia. Gracias a todos de corazón por vuestra atención y recordemos que «muchas voces han sido olvidadas, y muchas vidas deberían ser recordadas», especialmente en un día como hoy. Con cariño y respeto.