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Diario de Mallorca

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Análisis

Mallorca no tiene autonomía

La superposición de conflictos nacionales y globales desnuda la fragilidad acentuada de una isla con una acusada dependencia en energía, economía, alimentación y abastecimiento

La protesta de los transportistas por el alto precio de los combustibles colapsó durante algunas horas Palma. | B.RAMON

A Mallorca le falta territorio para tanto que presume. Francina Armengol replicó en fecha reciente al PP en el Parlament con una cita distorsionada del eslogan de Gabriel Cañellas en los noventa, «Mallorca ha de ser la Florida del Mediterráneo». El adagio se ha cumplido, y la población ha crecido desde entonces en medio millón de personas. En el análisis más frío de este influjo, la riqueza de Balears se ha desplomado en ese periodo de la primera a la décima posición en el conjunto del Estado. La España vaciada vive mejor que su paraíso de vacaciones.

La equiparación balear con la Florida olvida el pequeño detalle de que la península que España vendió a Estados Unidos multiplica por 32 la superficie del archipiélago. A menudo se ha utilizado California como meta soñada por Balears. Aquí se acentúa el problema, con una relación de tamaños de uno a cien. Mientras tanto, los 252 habitantes por kilómetro cuadrado convertían a Mallorca en la isla más poblada del Mediterráneo, con la sola excepción de Malta. Y la densidad mallorquina coincide con la californiana o la inglesa, pero siempre con el handicap de la dimensión comparada.

Aunque no genera riqueza desde hace décadas, la desproporción entre tamaño y capacidad de acogida se suponía tolerable de acuerdo con el axioma de que el turismo era la industria de crecimiento infinito. Otro de los lemas imperantes en el cañellismo es que un inglés o un alemán «antes recortarán en comida que prescindirán de sus vacaciones en el Mediterráneo». Así fue como, con una pandemia de por medio, los 17 millones de turistas de 2019 se comprimieron a dos millones en 2020 y a menos de nueve millones en 2021.

La guerra de Ucrania, que fue recibida por los hoteleros como una buena noticia en el terreno de la ocupación, también adquiere progresivamente el rango de maldición. La amenaza de una prolongación o ampliación del conflicto bélico genera incertidumbre turística por tercer año consecutivo, sin necesidad de remitirse a sus riesgos inmediatos por el aumento de precios del combustible y el desabastecimiento.

La incertidumbre se cierne sobre la temporada turística por tercer año consecutivo. | B.RAMON

El terror a los «cuatro inviernos consecutivos», o dos años íntegros sin actividad y con medio millón de camas vacías, se ha prorrogado. La década de los veinte ha patentizado que Mallorca carece de autonomía. La superposición de conflictos nacionales como la rebelión del transporte y globales como la guerra o la ebullición en el norte de África, ha desnudado la fragilidad de una isla con una acusada dependencia en energía, economía, alimentación y abastecimiento de productos básicos.

El pasado jueves, una información de este diario venía acompañada por el subtítulo «Govern, Consells Insulars y ayuntamientos aportarán fondos para ayudar a transportistas, pescadores, agricultores, ganaderos, familias vulnerables y refugiados ucranianos». La enumeración interminable se queda corta porque, ampliando el foco a los dos años anteriores se debe incluir a hoteleros, dueños de bares y restaurantes, agencias de viaje y así sucesivamente. Por no hablar de funcionarios, pensionistas, niños y parados. Todo ello, con la actividad económica a cero.

El campo solo da para alimentar a unas cien mil personas. | B.CAPÓ

El bloqueo del transporte de mercancías al puerto de Palma ha exteriorizado el primer compromiso de riesgo, alimentar al millón de personas que viven en Mallorca. Ni dedicando toda la superficie de la isla a la agricultura y la ganadería se lograría este propósito. La demostración es muy sencilla. La Menorca cuidadosa con su entorno dedica un 45 por ciento de su superficie a la actividad agraria, y no llega a abastecer ni al veinte por ciento de su población, con una densidad demográfica que es la mitad de la mallorquina.

De acuerdo con los estudios de soberanía alimentaria vigentes y que solo tienen un valor exploratorio, Eivissa marcha a la cola de Balears, porque la isla no produce ni el cinco por ciento de los alimentos que necesita. Ese dato se sitúa en Mallorca entre el diez y el veinte por ciento, un techo que no se alcanzaría ni con una apuesta decidida por el sector primario, en el uno por ciento del PIB.

Placas solares en tierras de cultivo

En su actual circunstancia, el campo mallorquín da para alimentar entre cien y doscientas mil personas en la perspectiva más optimista. El desabastecimiento que ha dejado de ser ciencia-ficción colapsaría una isla que además no goza de prioridad en las rutas de suministro de un planeta depauperado, o con costes de combustible desatados. Todas estas circunstancias se acaban de verificar.

En lugar de apostar por las actividades agrícolas y ganaderas que puedan proveer a su población, Mallorca ha decidido cubrir las tierras de cultivo de placas solares, chocantes en una isla que vive de su aspecto. Cabe recordar en primer lugar que se trata de una actividad subvencionada, que por tanto cuesta más de lo que produce y debería sumarse al subtítulo de «agricultores, ganaderos, renovables,..

Además, las medidas de supuesta eficiencia energética que desfiguran el paisaje ni siquiera cubren las necesidades de los proyectos urbanísticos en curso, un detalle que no se le escapa a ningún lector de Vaclav Smil. El ingeniero checo demostraría que los requisitos mallorquines supondrían la cobertura íntegra de la isla por varios piso de placas.

Mallorca paga el precio de ser un producto deseado, que no necesita promoción. Cuando Cañellas, y todos los Governs que han venido a continuación incluido el actual, quisieron efectuar el truco de magia de multiplicar el turismo residencial estimulando a la vez el hotelero, los escasos empresarios turísticos con un mínimo de conciencia recordaron a las instancias públicas que tendrían que optar por uno u otro. Nadie ha escuchado, y el balance del frenesí es una densidad de población inasumible con la creación de la riqueza que debe alimentarla, véase el subtítulo famoso.

La izquierda pretende moderar los daños sin modular el comportamiento. En una frase que utilizaba el socialista Francesc Triay, el efecto equivale a que un coche al borde de la colisión reduzca su velocidad de 250 a 150 kilómetros por hora. Los parches quedan además inutilizados por la paradoja de Jevons, que demuestra que la mayor eficiencia no conduce al ahorro, sino a la multiplicación del gasto. A más velocidad del ordenador, mayor consumo del ordenador. A mejor funcionamiento de Mallorca, se intensifica su explotación. Con la particularidad de que la isla ha sido elegida como destino ideal por personas de todo el mundo que podrían estar en cualquier otra parte. Es decir, que pueden refugiarse en cualquier otra parte, a diferencia de los indígenas.

Un día antes de la pandemia, el mayor peligro para el turismo que es el otro nombre de Mallorca radicaba en el virus de la flygskam o vergüenza de volar, la palabra sueca que medía un rechazo creciente a la contaminación causada por la aviación. Aquella estela de la escandinava Greta Thunberg se ha intensificado con las urgencias petrolíferas. Las propuestas más radicales surgen ahora de órganos sin ninguna veleidad ecologista.

La Agencia Internacional de la Energía reúne a la práctica totalidad de los países occidentales. A resultas de la guerra de Ucrania, la IEA acaba de publicar «Un plan de diez puntos para recortar el uso del petróleo», que golpea con especial saña a una isla empeñada en repetir sus millones de viajeros anuales. El punto octavo postula «Utilizar trenes de alta velocidad y nocturnos en lugar de aviones donde sea posible». Esta hipótesis es irrealizable en una isla, pero en sí misma implica una denigración del transporte aéreo peligrosa para el futuro de Mallorca. Y está en línea con Smil, cuando considera insostenibles dos trayectos de horas en avión para disfrutar un fin de semana de vacaciones.

El noveno punto de las propuestas de la IEA resulta más amenazador para Mallorca, porque aventura directamente «Suprimir los viajes aéreos en clase business donde existan opciones alternativas». La agencia internacional se escuda en el gasto suplementario en combustible asociado a los pasajeros «premium», pero el mensaje queda claro. A falta solo de saber por qué no se recomienda la prohibición de los jets privados. O de saberlo demasiado bien.

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