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Diario de Mallorca

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Sanidad

Con ómicron en Mallorca hace un año, no habría camas de hospital para todos

Con las infecciones activas de hoy y la gravedad de las primeras oleadas, tendríamos ahora 5.830 pacientes con covid, 530 de ellos con necesidad de una plaza en UCI

Esta imagen de urgencias de HUSE ilustra como podríamos estar ahora.

Si trasladáramos la actual incidencia epidemiológica y el elevado número de contagios activos (ayer 53.147) que está provocando la variante ómicron a tan solo hace un año, cuando el proceso de vacunación recién se había iniciado y la covid-19 provocaba casos más graves y más necesidades de recibir asistencia sanitaria, no habría camas de hospital para todos, ni en las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) ni de las más modestas y funcionales camas de planta.

Hace tan solo doce meses la covid-19 provocaba el ingreso hospitalario de aproximadamente el 11% de las personas afectadas por el novedoso virus, el 10% de ellas en planta y el 1% restante en unidades de críticos.

Estos porcentajes trasladados al momento actual implicarían que en estos momentos serían necesarias 5.300 camas de hospitalización y 530 camas de UCI para satisfacer toda la demanda asistencial cifrada en su conjunto en 5.830 plazas asistenciales.

«Solo nos quedaría rezar», apunta Francesc Albertí, subdirector de hospitales del Servei de Salut, recordando que los planes de contigencia elaborados para el peor de los escenarios establecían un máximo de 341 camas de UCI las que se podrían montar en esta comunidad aprovechando todos los recursos posibles, tanto públicos como privados. Faltarían por tanto casi 200 camas de críticos para personas que las necesitarían de forma urgente.

Con respecto a las camas de hospitalización públicas o concertadas con centros sin ánimo de lucro, desde el IB-Salut contabilizaron que Son Espases dispondría de 663 y el Psiquiátrico adscrito al centro de referencia 148; Son Llàtzer de 337; el hospital comarcal de Manacor podría ofrecer hasta 189 y 141 el de Inca; en Eivissa Can Misses podría hospitalizar a 295 afectados y el Mateu Orfila de Maó a 120 mientras que el modesto hospital de Formentera tendría capacidad para 12 pacientes no graves; los sociosanitarios de La Sang y el Joan March acogerían respectivamente a 86 y 106 pacientes de ese perfil mientras que los concertados Sant Joan de Déu y Cruz Roja 209 y 60 camas. 

En total, el sistema sanitario público podría poner en funcionamiento un total de 2.366 camas a las que se podrían añadir 751 plazas facilitadas por los hospitales y clínicas privadas de este archipiélago.

Dos mil quinientos sin cama

En su conjunto, la sanidad balear pública y privada estaría en disposición de ofrecer un máximo de 3.117 camas de hospital para alojar a los citados 5.300 pacientes que ahora mismo precisarían de una cama de hospital en la que ser atendidos. 

Una simple operación permite ver que faltarían casi 2.200 camas de hospitalización que sumadas a la carencia de las citadas 200 plazas en unidades de críticos nos permiten extrapolar que unos 2.500 ciudadanos de esta comunidad quedarían sin poder recibir asistencia hospitalaria.

Lo que no es posible aventurar es cuántas de estas personas fallecerían sin poder recibir asistencia por parte de un Servei de Salut que, aunque sea por una sola vez, su subdirector de hospitales admite que estaría «completamente colapsado».

Preguntado Francesc Albertí qué se podría hacer en una situación así, primero traga saliva y luego concreta que «habría que aplicar una política de guerra».

Aparte de rezar y «militarizar» la asistencia sanitaria, Albertí admite que estaríamos ante un escenario «dramático y dantesco» en el que, pone como ejemplo, habría que identificar a los pacientes con colores que marcaran la prioridad de su asistencia. O decidir quién entra en una UCI para intentar prolongar su vida y quién no. Así de duro e inimaginable hoy en día gracias a las denostadas vacunas por una parte de la población.

«No nos bastaría»

«Habría que volver a habilitar las 100 camas de hospitalización y las 40 de críticos montadas en el Palau de Congressos, recurrir de nuevo a médicos y enfermeras jubiladas y montar hospitales de campaña. En Son Llàtzer y en Can Misses disponen de espacio para montarlos junto a sus centros», enumera Albertí sabiendo de antemano que estas acciones solo serían parches porque «no nos hubiera bastado».

El subdirector de hospitales es consciente de que si se hubiera dado este escenario, este archipiélago tampoco podría confiar en recibir ayuda peninsular porque previsiblemente el resto de regiones del resto del país se encontrarían igual o peor.

«Nos faltarían incluso respiradores pese a que en las anteriores oleadas fuimos previsores y en estos momentos disponemos de 380 para intubaciones en las unidades de cuidados intensivos y más de 200 menos invasivos, para ser usados con pacientes semicríticos tanto en UCI como en planta», apunta un ya más preocupado Albertí que vuelve a incidir en que «hemos minimizado esta sexta ola. Un aumento de la gravedad de los casos nos puede poner en un serio aprieto dejándonos sin recursos», concluye.

 

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