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Cómo afecta a las mayores de 65 años

Día internacional por la eliminación de la violencia contra la mujer | «No quería denunciarle porque no tengo nada, ¿adónde podía ir una mujer de mi edad?»

Marta (nombre ficticio), jubilada de 66 años, padeció en Mallorca tres años de malos tratos físicos y psicológicos continuados infligidos por su marido, «actualmente en libertad»

«No quería denunciarle porque no tengo nada, ¿adónde podía ir una mujer de mi edad?»

Esta mañana [la del miércoles, cuando se escribe este reportaje], Marta (nombre ficticio) cancela la cita presencial con este periódico porque otra vez sus dolores en la columna le impiden salir de la cama. «Ando días mal, hace humedad y de los golpes que he recibido, en especial una patada que me dio mi marido hace meses, tengo mal la espalda», confiesa con un hilo de voz a través de la línea telefónica esta víctima de violencia machista de 66 años. Forma parte de la franja de edad que menos denuncias interpone contra los agresores. Ella se atrevió a dar el paso, «pero no ha servido de nada, está libre, si hubieras visto cómo me dejó la cara, no entenderías cómo no está en la cárcel», suelta con impotencia.

Marta conoció al que creía que era el hombre de su vida -en sus propias palabras- en Colombia (país de origen de ambos) en 2016, después de llevar veinte años residiendo en Mallorca. «Nos enamoramos y nos casamos al año siguiente. Él siempre me hablaba lindo, no vi nada raro, pensé, éste es mi hombre», evoca esta mujer que tiene un hijo ya mayor al que crió antes de conocer a su agresor. «No le he contado nada, él está en mi país, tampoco a mis hermanas, no quiero preocuparles».

Un año después de las nupcias, Marta y su esposo se mudaron a la isla para trabajar como servicio interno en un chalé de la zona del Pla. «A él le gustaba el licor y le dio por tomar, entonces se volvía agresivo y se transformaba», cuenta. «El maltrato empezó siendo psicológico y luego los golpes fueron literalmente físicos», narra aún atenazada por el miedo. «Cuando le veía borracho, yo me iba a dormir a la montaña con un saco. El chalé estaba en una zona muy apartada y estábamos rodeados de bosque».

La escalada en la violencia es la tónica dominante en el relato de Marta, quien asegura que está viva de milagro. De las patadas y agarrones en el pelo, pasó a empujones por las escaleras. «Me tiró por ellas y me dañé la rodilla izquierda. Fui a Son Espases y allí me dijeron que me había roto el tendón, no podía ni caminar».

«En la última paliza pensé que perdía los ojos, me dejó la cara destrozada, no entiendo por qué no está preso»

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En cada episodio violento, esta mujer se ha repuesto y se le han aparecido algunos ángeles en su camino. Después de la agresión en las escaleras, pudo llegar al hospital porque un señor del pueblo la acompañó en su coche. «Yo esperaba el bus, él me vio y se ofreció a llevarme, yo le conté lo que me había sucedido y me aconsejó que denunciara», dice. Fue la primera vez que alguien de su entorno -un vecino- le sugirió ir a la policía. Sin embargo, su reacción fue una negativa y miedo, mucho miedo. «No tenía adónde ir, no tenía nada. Si lo denunciaba, sabía que ya no podría volver al chalé y que me quedaría en la calle. Sabía que podía haber alguna ayuda, pero una mujer de mi edad, ¿adónde podía ir?».

«Me ayudaron un grupo de jóvenes del pueblo, la Guardia Civil y las trabajadoras sociales»

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Ese mismo día, en la visita médica, la doctora también le aconsejó que denunciara. Pero Marta no respondió a la recomendación. «Seguí con él medio año más. El perrito de la casa dormía conmigo para protegerme y para que él no se me acercara», recuerda. El infierno se había instalado en aquel casoplón de la part forana. Sólo una salida al exterior, una agresión en público y testigos podían salvar a Marta. Y algo así sucedió. «Nos fuimos al pueblo, me pidió que lo acompañara, él se tomó una copa y yo una caña con él. Pasado un rato, empezó con los insultos. Se dirigía a mí como ‘vieja asquerosa’, hasta que una pandilla de jóvenes que estaban por allí le increparon. Se pusieron a discutir con él, llamaron a la policía y se lo llevaron preso. Algunos de esos jóvenes me acompañaron al chalé y entre ellos estaba la hija del alcalde, que a la mañana siguiente [era el 20 de enero de 2020] me acompañó para poner la denuncia en la Guardia Civil». Después se celebró un juicio. «En el juzgado estábamos los dos ahí y él aseguró que se iba a manejar bien a partir de ahora, y también me convenció a mí de que retirara la denuncia». Marta sabe que cometió un error.

«Cuando le veía borracho, me temía lo peor y me iba a dormir sola por la montaña con un saco»

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¿Qué pasó después? «Se controló un poco al principio, pero luego siguió y siguió con las palizas y las ofensas verbales». El infierno seguía incólume en aquel chalé entre cuyas paredes se hacía fuerte el agresor. Una figura cruel que aún podía revelarse más dañina para Marta. Sucedió en junio del año pasado. «Nos fuimos a comprar al supermercado de un municipio vecino. Allí se encontró con un señor del pueblo y nos fuimos los tres a tomar una caña. Eran las 20.30 horas de la noche. Él se puso a tomar y tomar hasta la una de la madrugada. Luego regresamos al chalé. Por el camino, conducía muy deprisa, yo estaba muerta de miedo y le pedí que no corriera tanto. Él estaba callado, en silencio, con la boca apretada. Cuando estábamos llegando a casa, me agarró del cuello y empezó a...», el relato detallado de Marta es espeluznante. Tras la paliza, pensó que perdía los ojos, «me dejó cicatrices en los párpados y ahora no veo bien, me destrozó la cara y, ¿sabes qué?, no estuvo ni un día en la cárcel. Aquel día iba a matarme y estoy viva porque no sé ni cómo me escapé de sus manos. Pude llegar hasta el chalé y encerrarme por dentro para que él no entrara. Tuve la suerte de que un vecino me vio, tomó fotos, se las envió a su jefe y este señor me recogió y me llevó a la Guardia Civil», explica. Marta denunció a su marido y poco después perdió el trabajo. «El patrón se puso de parte de mi esposo», lamenta.

«A mi edad no quiero vivir en un piso compartido, ahora estoy en uno y hay muchos problemas»

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La Guardia Civil acompañó a esta mujer dañada y rota de dolor a una casa de acogida de víctimas de la violencia de género. Luego estuvo en distintos pisos, «donde me sentí muy protegida y apoyada».

La decepción de Marta es con la justicia. «No llegó a celebrarse el juicio, aún no sé por qué, algo pasó, ¿hubo un arreglo? No me lo explico. Él se fue del país, pero el otro día hablé con un abogado y me dijo que podría regresar si quisiera, y yo no lo puedo entender después de lo que me hizo», exclama horrorizada.

Marta vive ahora mismo en una habitación alquilada en un piso compartido. «Es problemático donde estoy, en la casa hay peleas, insultos, pero tengo una pensión pequeñita y no me puedo permitir nada más. Tengo 66 años y no estoy para compartir. En Colombia tenía mi casa con mi hijo. Me estoy enfermando, estoy apuntada al IBAVI, pero no me dicen nada y ya he perdido las esperanzas de encontrar un piso pequeño para mí. Cuando lo pienso, me digo a mí misma que me arrepiento del día que regresé a Colombia y conocí a aquel hombre, yo en la isla vivía bien». Mallorca era un paraíso que se volvió un infierno.

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