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Opinión | Sánchez ordena a Montero que se insularice; por: Matías Vallés

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno. Agencias

Animadversión es una palabra insuficiente para calibrar el sentimiento de María Jesús Montero hacia Mallorca, fue la última ministra de Pedro Sánchez que se acercó a la isla. Odio asesino se aproxima más a la hostilidad de la titular de Hacienda, sin acabar de redondearla. Queda pues descartado que la enterradora del REB viaje el jueves a Palma por voluntad propia, y todavía menos para debatir una insularidad que le causa alergia.

Sánchez ha ordenado a Montero bis que se insularice, y que deje de predicar que Mallorca es Puerto Portals, como si Andalucía no tuviera su Puerto Banús. El presidente del Gobierno ni siquiera le ha concedido a su exportavoz el factor campo, una recepción imperial en la Real Casa de la Aduana de la calle de Alcalá. Tendrá que viajar a provincias.

No solo queda pues verificado el poder de intercesión de Armengol en La Moncloa, urgida por el recurso del Pi ante el Constitucional, también se demuestra que un alma caritativa del PSOE examina las encuestas. Si el repunte inevitable de la derecha se suma a un desfallecimiento de las huestes progresistas, así en Palma como en Madrid, ni Tezanos salvará a los socialistas con sus fabulaciones. El último nubarrón preinsular se abate sobre Mallorca cuando Negueruela quita importancia a la factura final. La secuencia en la imbatible tripleta de salud, dinero y amor no es aleatoria. Ahora Madrid nos ama, pero eso no significa que deje de robarnos.

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