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El largo camino de una mujer violada

María del Diego Barquín, del servicio de atención psicológica a mujeres víctimas de violencias machistas, explica el proceso que siguen las víctimas para recuperar sus vidas

Dejar atrás una violación es un camino largo. Duro. Doloroso. Frustrante. Cargado de momentos de rabia, vergüenza, tristeza y desamparo. La mujer nunca será la misma que era. A pesar de todo eso, dejar atrás el hecho de que te hayan violado es posible. Así lo asegura María del Diego Barquín, psicóloga del Servicio de atención psicológica a mujeres víctimas de violencias machistas y a sus hijos e hijas (gestionado por la Fundación Ires para el Consell de Mallorca) y vocal de psicología de intervención social del Col·legi Oficial de Psicologia de les Illes Balears (Copib), que atiende a mujeres que han sufrido violaciones, como la joven de Llucmajor drogada, torturada y agredida sexualmente por tres hombres en Formentera el pasado mes de julio.

«Lo primero y lo que más experimentan es mucha culpa y mucha vergüenza», indica. Esas sensaciones son, en algunos casos, tan fuertes, que es el motivo por el que muchas mujeres no llegan jamás a contarle a nadie, ni profesionales ni allegados, lo que les ha pasado. «También sienten una desconfianza absoluta, pierden la confianza en el ser humano, piensan que cualquier persona se la va a jugar. Es vital trabajar eso», comenta la psicóloga, que destaca que, tras un suceso tan traumático como una violación, la mayoría de las mujeres sufren depresión y ansiedad: «Casi todas llevan tratamiento farmacológico, es normal. Y la idea del suicidio está muy presente». Las mujeres están convencidas en ese momento de que sus vidas están «fastidiadas» para siempre y una frase que se repite durante las terapias y sesiones es: «No voy a ser feliz nunca más».

Ni averiadas ni locas

A todas ellas, en esos primeros momentos, les dice «que no están averiadas ni funcionan mal ni están locas». De hecho, les pasa un cuestionario sobre el trastorno de estés postraumático para que vean que las «barbaridades» que se les pasan por la cabeza y que no se atreven a confesar «es lo que hace cualquier persona» que haya pasado por algo tan traumático. «Es una consecuencia lógica de lo que han vivido», afirma María del Diego, que vuelve a la pérdida de confianza: «Lo de que viene un tío por la calle, te coge y te viola pasa muy pocas veces. Suelen ser hombres que se ganan tu confianza. No es un completo desconocido, no es el hombre del saco, de ahí que la sensación de que cualquiera puede traicionar se mete tan adentro». Eso, reconoce, puede complicar en algunos casos que la víctima establezca un vínculo con quienes van a ayudarla, cuyo objetivo es hacerles sentir que ellos, su consulta, son un espacio seguro.

El proceso es largo, sin embargo, la parte más complicada de la intervención es, en realidad, «breve». Pero durísima. «Se trata de hacer juntas un relato de lo que han vivido», explica la experta. Se trata de la técnica de «exposición en imaginación», en la que las mujeres tienen que contar lo que les pasó con todo tipo de detalles. «Es muy duro porque tienen que hablar en primera persona y en presente. En un primer momento te dicen que no se acuerdan de casi nada, pero el día que acordamos para ello, que es cuando se encuentran con fuerza, salen muchas más cosas. Es la oportunidad de hacer una reestructuración cognitiva», detalla. «Es duro, pero funciona», afirma la psicóloga, que recalca que, para que se recuperen, es imprescindible ir al ritmo que ellas mismas marcan. «Si no es así no funciona. Si se sienten presionadas o achuchadas no funciona», reitera.

Carteles de la concentración celebrada hace unas semanas en Formentera. PILAR MARTÍNEZ

Culpabilizar a las mujeres

El objetivo de este relato es compensar, silenciar, acallar dentro de ellas mismas, el que se hace desde la sociedad. «Ése que dice que claro, que si volvías a casa sola a las tres de la mañana qué esperabas», pone como ejemplo antes de continuar: «La sociedad, estructuralmente, es machista y nos culpabiliza a las mujeres. Nosotras mismas lo hacemos. El entorno y la familia también nos culpabiliza de lo que nos ha pasado, aunque nos quieran mucho. Y eso se mete dentro». Ellas mismas se repiten una y otra vez que no tendrían que haber ido a esa fiesta, que no tendrían que haber regresado por ese camino... Hay algo maquiavélico en esos argumentos machistas y esa culpa. Funcionan, al mismo tiempo, como mecanismo de defensa para las demás mujeres: «Leemos una noticia de una violación y necesitamos pensar: ‘a mí no me va a pasar’».

El objetivo de este relato es, también, que ellas mismas se den cuenta de que en ese momento no podían decidir. «En una situación de peligro nuestro cuerpo actúa por si solo. Ante el miedo huimos, atacamos o nos quedamos paralizadas. Son las tres respuestas que da el cuerpo y cualquiera de las tres es válida. Salir corriendo o quedarse inmovilizada en plan ‘hazme lo que sea’. Ellas no han decidido nada, ha sido su cerebro más primario, pero es una herida que hay que trabajar», detalla.

Víctima y terapeuta pactan el día que se va a hacer ese relato. Saben que tendrán que invertir mucha energía en esa sesión y que acabarán agotadas. También que pasarán un par de días complicados después. «Pero es como venir a tirar la basura a un punto limpio, que esa basura es radiactiva y que sólo la pueden tirar aquí», comenta Del Diego, que las anima a que se den un premio ese mismo día. Ir a un lugar que les guste, prepararse su comida favorita... Las llama siempre un par de días después, para ver cómo se encuentran.

El entorno y la sociedad son la «clave» que puede hacer que ese proceso de recuperación tras una violación sea más o menos doloroso. En el tema de la familia y los allegados hay diferencias claras. «En las adolescentes sí veo que las familias están implicadas. Las traen, con cara de póker, pero las creen, que es lo importante, pero cuando se trata de mujeres más mayores...», indica la psicóloga, que asegura que cuando la mujer violada supera la treintena las cosas cambian: «Se las juzga mucho y se sienten solas».

Violación grupal

Cuando a las mujeres las han violado varios hombres, es decir, cuando ha sufrido una violación grupal, la recuperación es más complicada. «Me da hasta escalofríos», confiesa la psicóloga. A veces, no pueden hablar de ello, no en el tiempo que pasa desde la denuncia hasta que se celebra el juicio. Y es importante hacerlo. Ahora mismo, por ejemplo, hay una víctima de una violación en grupo que a pocos meses de que saliera el juicio no ha podido hablar de ello. «No había llegado su momento», reflexiona Del Diego, que siempre se pone en contacto con los abogados de estas mujeres. Le interesa saber si tienen visión de género, si van a estar bien representadas.

Muchas veces es así, pero ha visto de todo: «En casos de violencia machista en la pareja veo que les dicen que no hagan enfadar al agresor. ¡Vale ya!». El proceso en las violaciones en grupo, como la ocurrida en Formentera, puede ser «mucho más largo». «Con el trauma experimentan un gran desamparo, una sensación de abandono muy bestia. Y ellas lo han vivido de la forma más dura», continúa. La recuperación no sólo es más complicada cuando se trata de una violación grupal, también cuando la agresión sexual es dentro de la pareja: «Les resulta difícil ponerle ese nombre y es un problema que van arrastrando»

El juicio es un momento especialmente crudo para estas mujeres. «Tienen que hablar de lo más asqueroso que les ha pasado en su vida en una sala llena de gente. La justicia, si hablamos de machismo estructural, es la máxima expresión», reflexiona la psicóloga, que lamenta que desde las instituciones se insista constantemente en que toda mujer que sufra una violación o agresión sexual tiene que denunciar pero que obvien que lo «superdesagradable» que es para la víctima: «Nadie les informa de que denunciar es un proceso que va a durar unos dos años, que te va a juzgar hasta el de seguridad de la puerta, que vas a escuchar cosas que te harán daño y que a pesar de todo esto nadie te garantiza que vaya a salir bien». Cuando una mujer agredida sexualmente llega a su servicio, María del Diego ni la anima a denunciar ni le quita esa idea de la cabeza: «Si quieren, yo voy a estar a tope con ella, no van a estar solas, las vamos a acompañar en todo momento, pero deben saber que es un proceso duro. Muy duro».

La etapa punky

En el tiempo en que tratan de recuperarse algunas verdades les caen como losas. Que el mundo no es justo. Que nunca volverán a ser las mismas que antes de la violación. Que la mayoría de la gente prefiere desviar la vista de toda la violencia de la sociedad contra las mujeres. «Hay un momento en que todo eso cae sobre ellas. Es muy desolador», reconoce la experta, que detalla que muchas pasan, después, por una fase «punky», «justiciera», en la que cada vez que ven algo que no les gusta, lo dicen: «Está bien saber decirlo, poder decirlo, es muy necesario». Esta fase, que es muy importante para el proceso de recuperación, sin embargo, se acaba pasando: «Al final resulta muy incómodo porque tienen muchos conflictos».

Dormir mejor o encontrar las fuerzas para salir a dar una vuelta son los primeros signos de recuperación de las víctimas de una violación, que, en general, al principio, sólo quieren «hundirse en el sofá», no salir de casa, no quitarse el pijama, no peinarse, no coger el teléfono... «Eso es peligroso, ahí sí que el abismo está muy cerca», afirma la psicóloga, que trata de que las víctimas sean más amables con ellas mismas: «Lo más dañino de todo ese juicio que se hace desde fuera es cuando se mete dentro». A veces la recuperación se alarga. O se atasca. O se enfadan con las terapeutas. O se frustran porque tienen la sensación de que no avanzan. Desde la primera sesión, en el primer paso por ese camino de baldosas llenas de pinchos, María del Diego Barquín les deja muy clara una cosa: «Hay mucha vida después de una violación. Lo he visto con muchas mujeres. Han pasado por todo esto y tienen una vida plena».

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