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Opinión

Sánchez visita el archipiélago de «Baleares y Canarias» | Por Matías Vallés

Ella lo contempla con arrobo, él le evita la mirada.

Ella lo contempla con arrobo, él le evita la mirada.

Pedro Sánchez ha volado a Mallorca para refrendar su compromiso inextinguible con esta tierra, salvo que comparte la tradicional confusión de los presidentes del Gobierno sobre el terreno que pisan. Su predecesor Mariano Rajoy se felicitó en Marivent de hallarse en la acogedora «isla de Palma». En el mismo palacete, el socialista cree estar de visita en el archipiélago de «Baleares y Canarias», porque siempre las menciona conjuntamente.

Algún asesor de política internacional ha transmitido a Sánchez que «Baleares y Canarias» conforman una unidad indisoluble, hacia las que declara «un compromiso inédito». Su consejero identitario debería advertirle de que no se congracia con ambas geografías al fusionarlas, sino que las agravia simultáneamente. Así de complicada es la identidad, un concepto abstruso cuando se examina desde la Meseta.

Sería abusivo exigirle originalidad a un discurso estival, pero Sánchez asegura que ha pasado el tiempo de la «resistencia» que caracterizó al año pasado, para adentrarse hermanados en la «recuperación». Dado que su autobiografía con pluma ajena se titula precisamente Manual de resistencia, queda claro que el segundo tomo responderá por Manual de recuperación. En cualquier caso son incómodos términos clínicos, asociados al padecimiento de una enfermedad. La prosa política se ha contagiado de epidemiología.

En el metalenguaje con el que Sánchez pronuncia el tránsito de resistencia a recuperación, se percibe que no las tiene todas consigo. A la salida del estado de alarma, el presidente del Gobierno decretó que ya solo contemplaría la pandemia por el retrovisor, pero ha descubierto un microorganismo que le supera en tozudez.

Sánchez se esfuerza en distinguir a Felipe VI de Juan Carlos I, por el expeditivo método de no reconocer la existencia del segundo. El desterrado de Abu Dabi ha pasado a engrosar la lista de Reyes innombrables del santoral. El despacho con almuerzo incluido en Marivent demuestra la feliz normalización de las relaciones entre el Jefe de Estado y el de Gobierno, a condición de que el primero reconozca que el segundo desempeña ambos cargos a la vez.

Armengol debió reclamarle a su presidente una ministra para Mallorca

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El infortunio establece lazos más solventes que la felicidad, y si Felipe VI está amenazado por su Familia, su superior de La Moncloa recibe acoso de un virus no menos insidioso, las encuestas. En lo que a Mallorca le compete, gracias a que el Rey veranea en Mallorca, la presidenta Armengol ha conseguido una cita extra con Pedro Sánchez.

Las fotografías fijadas son más expresivas que los vídeos, aportan datos que escapan a los protagonistas de una escena. Armengol puede presumir del éxito de haber dispuesto de una hora y media del presidente del Gobierno pero, mientras ella le contempla arrobada, el galán madrileño le esquiva la mirada. Guarda las distancias desde la llegada misma al Consolat.

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Sánchez se reúne con Armengol Manu Mielniezuk

Si Sánchez ha perdonado a su director de gabinete Óscar López la traición con Patxi Ídem, también podría disculpar su veleidad a Armengol. Sin embargo, los noventa minutos de entrevista no dieron paso a ninguna promesa concreta, a juzgar por el balance efectuado por la presidenta de Balears. Invocar a estas alturas el REB de las cien comisiones bilaterales nunca convocadas equivale a encomendarse a las reliquias de un santo incorrupto.

Con una rival auténtica en lontananza por primera vez en su carrera política, Armengol debió reclamar a Sánchez un premio concreto. En España utilizan los REB como reclamos huecos, solo hay una verdad inamovible para un presidente del Gobierno. Se llama ministerio, y Mallorca lleva veinte años sin ejercerlo. Más vale cartera en mano que cien promesas volando, pero el «compromiso inédito» tiene sus límites.

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