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Análisis

La curva de la covid-19 crece en horizontal en Baleares

Las islas aprenden a convivir con medio centenar de nuevos contagios diarios (veinte mil anuales) y un fallecimiento cada dos días (doscientos anuales), sin que las restricciones ni la vacunación garanticen el aplastamiento definitivo de la curva

La covid crece en horizontal

Los portavoces de la pandemia en Balears hablan de la «estabilidad» de los datos, cuando la palabra correcta es «estancamiento». Es decir, ese punto en que ni las restricciones ni la vacunación garantizan el aplastamiento definitivo de la curva. La covid crece en horizontal en la comunidad, una línea que en sí misma no define una trayectoria esperanzadora, salvo que se acepte el enunciado de que «India se estabiliza en 200 mil nuevos contagios diarios del coronavirus».

Subrepticiamente o no tanto, la horizontalidad vibrátil del avance del virus en Mallorca, porque la pandemia sigue avanzando, se emplea como un sinónimo de su desaparición. Se juega a la imagen del encefalograma plano, o de que la repetición diaria de la cifra de contagios en el margen de varias decenas supone la continuidad del día anterior, la permanencia de casos activos heredados. Se escamotea el adjetivo «nuevos», la progresión.

Un somero examen del gráfico de «nuevos» contagios diarios determina que Balears está aprendiendo a convivir con medio centenar de incorporaciones, en dicho lapso, al recuento total de víctimas. El balance anual a ese ritmo equivale a veinte mil enfermos anuales. Esta cuota se percibe hoy como asumible, pero se examina desde otro prisma al advertir que equivale a los infectados durante los ocho meses de las dos primeras oleadas de la pandemia, que supusieron el confinamiento más radical de Europa según la universidad de Cambridge. La propagación actual hubiera parecido catastrófica desde aquella perspectiva.

La doctrina va evolucionando de "salvar vidas" a salvar camas turísticas, relativizando los datos

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Las autoridades sanitarias se remiten a la media, pero los dos peores resultados del mes pasado en nuevos contagios corresponden al periodo final, con una media entre ambos de 75 casos diarios y camino de los treinta mil anuales. La aceptación estoica se transmite al goteo de fallecimientos provocados por la covid. Desde su inicio en marzo de 2020, la pandemia ha matado a ocho centenares de personas, con la cadencia de dos defunciones diarias. Esa tónica se ha moderado, por lo que el coronavirus ahora reevaluado comporta la aceptación de dos centenares de muertos al año. La cifra coincide con los registros por todas las causas de mortalidad en diez días en Balears, pero equivalen también a la mortandad que causó una primera oleada caracterizada por su dramatismo.

Sir David Spiegelhalter, el mayor estadístico británico y muy activo durante la pandemia, ha recordado que «los números pueden ser manipulados para apoyar cualquier argumento que pretenda el comunicador». El corolario es que, desde la honradez, «a veces no puedes llegar a una conclusión». En Balears, la indeterminación numérica favorecerá el tránsito del pánico a la aceptación resignada de la covid, sin modificación apreciable de las cifras.

Evolución de la covid-19 en Baleares

El aguijón que modificará la percepción es la superación de la pandemia sanitaria por la panemia económica. La «fatiga democrática» detectada en otras geografías se ahonda en Mallorca con la parálisis total de la actividad mercantil. El mantra de «salvar vidas» se corregirá en «salvar camas». Turísticas, por supuesto. La maniobra incluirá la relativización de datos que hasta ahora se utilizaban para justificar el arresto domiciliario de la población. El énfasis bajo disfraz humanitario se corregirá en el decreto de que no conviene hablar de muertos en verano. En el resumen de la gestión de la pandemia llevado a cabo por Édouard Philippe, el exprimer ministro francés admite que «tuve que elegir entre malas decisiones».

Islandia iguala a Mallorca en impacto de la pandemia, pero tiene el control absoluto de las entradas a la isla

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El sometimiento al turismo de los derechos fundamentales de los mallorquines, al reconocer que se les encierra para favorecer la reapertura a los extranjeros, ofrece una perspectiva insólita. Al fin y al cabo, el fantasma de un peligro mortal puede enarbolarse continuamente. Ni siquiera queda claro que esta humillación ciudadana fructifique. El grupo de trabajo del ministerio de Transportes británico, que ha creado el enésimo semáforo covid, destaca que «una robusta reapertura desde el 17 de mayo no supone ‘un regreso a la normalidad’ para los viajes internacionales». Incluso se advierte a quienes contraten paquetes turísticos de que «pueden sufrir una decepción». Y sobre todo, el organismo del gobierno británico destaca el escepticismo ante el desplazamiento vacacional de numerosas personas a las que ha encuestado.

La erradicación no es previsible

Balears alcanzó el cero de nuevos contagios y fallecimientos en junio, fecha en que los casos activos bajaron por debajo del centenar. En la actualidad se atiende a unos novecientos enfermos, aunque la tasa de positividad se mantiene siempre muy por debajo del tres por ciento que Bruselas considera controlable. Por tanto, la erradicación del coronavirus no es previsible.

De ocurrir la extinción de los efectos del coronavirus, quedaría desligada por completo de unas restricciones ininterrumpidas desde junio. Estas medidas no pueden explicar a la vez la oleada navideña y la ausencia de una ola tras la Semana Santa. Tampoco la renqueante campaña de vacunación avala un desenlace radical.

Sin embargo, otras geografías europeas se consideran vencedoras del virus con resultados idénticos a los mallorquines. Islandia acumuló hasta 43 nuevos casos en un día de la semana pasada, el triple que la media balear tras la corrección demográfica. La isla septentrional tiene en la actualidad 120 casos activos, equivalentes a quinientos en el archipiélago mediterráneo.

Pese al impacto similar, Islandia presume de haber controlado la pandemia y sus gobernantes reciben los parabienes consiguientes. La diferencia sustancial consiste en que Reykjavik puede imponer pruebas draconianas a los visitantes, gracias al control absoluto de las entradas a la isla que le concede la independencia.

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