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Lucrecia Burges, profesora de la UIB: «Me he sentido acosada y sola, el miedo todavía lo tengo»

Lucrecia Burges (Palma, 1972) es profesora titular del departamento de Filosofía de la Universitat. En medio de la indiferencia del rectorado de la UIB, fue coaccionada y sufrió «actos de acoso» por parte de Miguel Beltrán, catedrático de Ética con condena confirmada por el Supremo

Lucrecia Burges

Para que se haga cargo del tipo de entrevista: “¿Ya puede pasear tranquila por el campus?”

Espero y deseo que pueda pasear tranquila por el campus. La sentencia es firme y estas dos personas, el catedrático y su secretario, no deberían acercarse a mí. Después de la segunda sentencia de la Audiencia, se aproximaron.

¿Qué enseña un catedrático de Ética condenado por coacciones?

No lo sé, no sé qué puede enseñar un catedrático de Ética condenado por coacciones. La gran paradoja es que sigue impartiendo esa asignatura. ¿Qué hará la UIB? No lo sé. ¿Qué harán los alumnos? Tampoco lo sé.

La UIB no le ayudó, todo lo contrario.

No me ha ayudado. Les he pedido amparo, y siempre me han dicho que no podían hacer nada. Me he sentido acosada y sola, salvo un grupo de compañeros que me han apoyado y mi familia.

¿Qué sabor tiene el miedo de verse perseguida?

Es un sabor muy amargo, metálico. Y el miedo todavía lo tengo, espero que con el tiempo vaya amainando. Siguen dándome mucho miedo.

¿Tras lograr la condena en firme le anima la venganza?

No soy en absoluto vengativa, me he limitado a defenderme en todas las instituciones de las persecuciones y de los insultos que recibí. Lo único que quiero es pasear tranquila por el campus. No feliz, pero segura.

Un catedrático con guardaespaldas es pintoresco incluso para los estándares de la UIB.

Cuando le llamas guardaespaldas, presupones que el catedrático tiene que defenderse de alguien, cuando no tiene ninguna necesidad de hacerlo. Su secretario y compañero sentimental se dedicaba a hostigar. No solo a mí, también a otros profesores.

Tras la condena, al rectorado le ha seguido preocupando más el catedrático que usted. 

Nadie se ha puesto en contacto conmigo, ni siquiera tras la sentencia en firme. Entiendo que he sido un problema para ellos, porque he visibilizado el acoso en el seno mismo de la UIB. El hecho de que sea catedrático y varón pesa mucho.

Las feministas de la UIB tampoco dijeron nada.

Aquí hay un matiz. Solo me ha apoyado el colectivo de alumnas feministas, algunas asistieron a mis clases de asignaturas de género. Las profesoras que se dicen feministas no me han ayudado, ni la Cátedra, ni el Observatori, ni el IBDona. Pueden alegar que no se lo he pedido.

Pero usted sigue siendo feminista.

Sí, totalmente convencida. En la puerta de mi despacho hay una cita de Mary Wollstonecraft, «no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas». Por eso era mi deber denunciar estos hechos a la Policía. Lo contrario no hubiera sido coherente, ni un ejemplo para mis tres hijas y mis alumnas. Yo era la única mujer del área, esto influyó en lo sucedido.

¿Qué decían las llamadas anónimas que no pudieron atribuirse?

Que mis días en la UIB estaban contados. Llamaron al fijo de mi casa, lo cogió mi hija que se puso a llorar con los insultos. Me acusaban de plagiar mi tesis, algo gravísimo en nuestro ambiente. Me asusté mucho. 

Las amenazas cejaron cuando usted denunció.

No cuando denuncié, sino cuando trascendió que había denunciado. Se ampararon en el anonimato, todo ha sido muy rastrero y cobarde.

La primera vez que me lo contó, no la creí.

Lo entiendo, era en un juzgado y suena rocambolesco. Todo parece extraído de una novela, a veces me veo en una de Eduardo Mendoza, solo él podía idear que el acosador fuera catedrático de Ética.

También hay gente decente en su departamento.

Muy decente, como mis compañeros de área. Los acosadores me subestimaron y creyeron que, a poco que apretaran, pediría una excedencia y me iría a casa.

Suena raro que usted firmara un manifiesto en favor de Francisco Ayala, acusado de acoso sexual.

Puede parecer raro que firmara un manifiesto en su defensa, pero he trabajado con él durante décadas y siempre tuvo un comportamiento intachable. La «conducta inapropiada» de que se le acusa puede resultarlo en Estados Unidos, pero no es lo que llamamos acoso.

Y todo por controlar una maldita asignatura.

Es un juego de poder. La asignatura lleva asociados unos créditos, en un departamento pequeño, con pocos recursos y sin muchas posibilidades de promoción. Han querido borrar la memoria de Alberto Saoner y de Camilo Cela Conde.

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