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Crónica

Incursión en Son Gothleu, el barrio neogótico

La lentitud mallorquina, desaparecida en toda la isla, pervive en la zona sellada

He exigido que me adjuntaran la etiqueta de “Enviado especial”, que en periodismo significa que has preguntado qué ropa debes ponerte. Con el abrupto confinamiento decretado por el Govern, una incursión a pie en el barrio neogótico de Son Gothleu equivale a una misión en Kabul. En un spoiler, la decepción consistirá en que el distrito sellado supera en sangre fría y nueva normalidad a un ejecutivo balear que pretende derrotar al coronavirus a trancas y barrancas.

La operación de infantería no obedecía a motivos sanitarios, sino antropológicos. El padrón municipal asigna tres naturales de Islandia a la zona sanitaria de Son Gothleu, lo cual implica una densidad de islandeses o tal vez islandesas muy superior a la existente en la mayor parte de su isla de procedencia. En otro spoiler, en el distrito es más fácil localizar a un islandés o tal vez finlandés (5), antes que una muestra de histeria sobre el enjaulamiento ayer iniciado.

Al adentrarte en la zona de exclusión a través de Reyes Católicos, siguiendo una dirección paralela a Manacor y con el bloqueo de la Vía de Cintura como horizonte, el coronavirus se convierte en una amenaza real según los epidemiólogos. De repente, se dobla la probabilidad de cruzarse con un contagiado, de una de cada ocho personas en la Palma real a una de cada cuatro en Son Gothleu. El contador Geiger, o su equivalente de la aplicación Radar Covid, debería comenzar a ulular. Al contrario, cero ansiedad. La expedición es recibida por la flema más absoluta en La Soledat norte, confinada pero mucho mejor cuidada que La Soledat sur. Como de costumbre, han clausurado el barrio equivocado. 

Ni rastro de los islandeses, ni siquiera de los seis irlandeses empadronados. A cambio, una multitud de casas rehabilitadas que envidiarían otras barriadas de Palma, mayor proporción de plantas bajas que en la Ciutat engreída, un edificio de Telefónica desierto, demasiados comercios cerrados, supervivientes ejemplares como Tapicerías Borrás (mecedora mallorquina lacada en marrón, 190 euros). La lentitud mallorquina, extinguida en el resto de la isla, pervive en la zona sellada.

Apenas dos zonas verdes minísculas (Sant Francesc, Cosme Adrover), aunque el colegio público de La Soledat con palmera incluida parece un arrebato mexicano, y puede rastrearse algún chalet que no desentonaría en Son Armadans (esquina santos Leandre y Florentina). Con su leyenda negra a cuestas, y la necesidad urgente de restaurar la pena capital para los culpables de las viviendas mallorquinas de cuatro plantas, el distrito sanitariopandémico de Son Gothleu avanza unas posibilidades inmensas. Un promotor sueco (6) creativo transformaría el entorno en Santa Catalina o el Portixol. Y aquí brilla la discriminación del Govern. Primero invertir, después confinar.

Tres horas sin escuchar una sola palabra en catalán, con banderas españolas no colgadas sino flameantes, y a veces acompañadas de la enseña de la sucursal madridista. En un trabajo de campo más dilatado que la suma de esfuerzos de los epidemiólogos del Govern, se observa el uso estricto de la mascarilla. Y sobre todo, el escrupuloso respeto a los pasos de cebra que han perdido los caníbales de la Palma rica, y que es el mejor síntoma de comunidad vecinal. 

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