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Los besos de abuelo que el coronavirus robó

Una auxiliar de enfermería relata su experiencia en una residencia pública de Palma en plena pandemia

Dalila El Jaouhari ha dejado atrás un mal sueño.

Dalila El Jaouhari ha dejado atrás un mal sueño. m. b.

¿Quién no ha cerrado nunca los ojos para recordar a los seres queridos que ya no están? Volver a ver a tus abuelos, poder abrazarlos, escuchar su risa, que te aprieten los mofletes rosados con sus manos para luego depositar un beso sonoro sobre ellos... ¿Y si les pudieras ver, pero no tocar?

"Trato a mis pacientes como si fueran mis abuelos. Llegar por la mañana y no poder darles un beso o un abrazo es muy duro". El contacto con el paciente ha cambiado. Lo negativo que se le viene a la cabeza a Dalila El Jaouhari, auxiliar de enfermería, es el cambio de actitud y de emociones de los residentes: venían los familiares y se ponían contentos. Y ahora, aunque tengan demencia notan que les hace falta el cariño de sus allegados. Algunos están depresivos; otros, desanimados. Y muchos de ellos lo expresan con agresividad.

"Las restricciones de visitas han sido un cambio necesario, pero ha afectado negativamente a los residentes", afirma El Jaouhari.

La pandemia estalló cuando ella trabajaba en una residencia pública en PalmaA sus 19 años estaba doblando turnos entre una privada y una pública, pero tuvo que dedicarse a tiempo completo en la segunda para evitar posibles contactos y la propagación del virus que causa la COVID-19.

Hubo un incremento de personal sanitario en la residencia: los compañeros que se iban a domicilios se incorporaron a la plantilla de la residencia en diferentes plantas. "Se nota en la carga de trabajo, antes éramos cinco auxiliares y ahora ocho, siempre debería ser así", admite.

La carga de trabajo en su planta es alta porque sus pacientes tienen un grado de demencia muy avanzado, y el grado de dependencia es más alto. Aunque asegura que con un buen equipo "el trabajo se saca".

Todo cambió

Por la mañana se hacen los cuidados (aseo o ducha), y las transferencias que se realizan a los pacientes. Entre dos personas normalmente, aunque otros precisan de grúa. El turno de tarde prepara la ropa para el día siguiente y acuesta a los residentes según su autonomía. Muy pocos lo hacen solos, a una hora u otra según el grado de dependencia. Por la noche, a las 03.00, se comprueba que todos están bien y se hacen lavativas a quien lo precise.

Y en todos los turnos coinciden en alimentar a los ancianos, darles su medicación, preparar los carros de enfermería y de curas, y cambiar pañales. Pero su realidad cambió en pocos días.

La rutina, el aprendizaje constante y el amor por las personas de la residencia se vieron afectados en cuestión de tiempo. En el ascensor ahora el límite es de dos personas, cuando antes podían llegar a coincidir hasta seis. Tampoco puede merendar todo el equipo junto, solo dos y con guantes, mascarilla y distancia.

Ella siempre ha estado dispuesta a aprender y nunca ha cerrado puertas. Hizo las prácticas en el hospital Son Espases mes y medio, el otro mes y medio se fue a un psiquiátrico de Italia. A los 18 empezó en una residencia privada, doblando en la pública. "Si me llamaran de hospital también iría, no me cierro. Hay que aprovechar y aprender lo máximo posible", subraya.

Nuevos hábitos

La crisis sanitaria ha supuesto un cambio radical y un aprendizaje constante para todos. Antes iban vestidos con uniforme: camiseta, pantalón y zapatos blancos. Con el estallido del virus incorporaron la mascarilla, guantes y peucos, gorro y bata puesta si había un posible caso o uno confirmado. El color del uniforme pasó a ser azul.

También dividieron la residencia en dos circuitos: la zona limpia y la zona sucia. Para llevar la ropa sucia, tenía que salir por donde había entrado a dejar el carro, y luego entrar a recoger la ropa limpia por otra puerta, sin que nada se pueda contaminar.

Si alguno de los residentes da positivo al hacerle la prueba, se le sube a la planta de enfermería hasta que una ambulancia se los lleva al hospital, ahí están aislados y mejor controlados.

Los EPI llegaron tarde, sobre todo las mascarillas. "Tuve que usar la mismamascarilla durante una semana y desinfectándola en mi casa con alcohol", cuenta El Jaouhari. La joven mallorquina confiesa que así se apañaba, aunque sabía que no iba a hacer ningún efecto porque la protección es de papel y dura cuatro o cinco horas. Después sí que les daban una todos los días al entrar, donde les miden la temperatura.

Ha habido más cambios en protocolos, como el aislamiento por gotas: cuando un paciente presenta síntomas compatibles, se le aísla, y si ha estado en habitación compartida, aunque el otro no presente síntomas, también se le aísla.

Otro hábito es el lavado de manos como imprescindible, colocación y retirada de los EPI, que ha tenido que aprender en tiempo récord. Se llevan siempre, y ante un posible caso o confirmado, se pone además la bata y los peucos.

Alarma en las residencias

Es cierto que muchas personas mayores viven solo la realidad que ven a través de las pantallas de la televisión. Las noticias no eran positivas, muchos ancianos morían en ellas y el contagio parecía no tener control.

En la residencia donde trabaja la joven hay 716 personas. Tres de ellas dieron positivo, una era compañera de planta, cuando estalló la crisis. Se le aisló en su casa. Los otros dos eran residentes: uno murió al poco tiempo y otro estuvo en aislamiento, se recuperó y dio negativo. Dos de personal de cocina también dieron positivo. Cinco casos en total.

"En la residencia privada en la que estuve hasta el 24 de marzo doblando hay un centenar de contagiados, la mitad en el hospital, muchos aislados y fallecidos, un caos. La residencia actuó de forma correcta y contundente para frenar la expansión del virus y apaciguar el alarmismo que existía y tranquilizar a los residentes, aunque no pudieran tener contacto con el personal. Cuántos besos de abuelo ha robado el coronavirus", evoca.

El final de la pesadilla

Después de meses tan angustiosos e inciertos, parece que llega la calma. Pero no se puede bajar la guardia, aunque se vea un poco de luz en el camino. No se puede echar abajo tanto trabajo y esfuerzo.

Dalila se incorporó el 16 de junio al hospital Son Espases, en el psiquiátrico, misma unidad que en la que estuvo en Italia. "Las cosas están muy bien", afirma. Está feliz con su nuevo puesto y con lo que parece ser el final de una pesadilla.

Ese mal sueño en el que no pudo despedirse de muchos de sus abuelos, ni darles besos o abrazos, esos que el coronavirus se ha llevado a su paso. Pero esta profesional siempre guardará en su memoria cuando sí lo hacía, sonriendo, y deseando que llegue el momento de recuperar todas las caricias perdidas.

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