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En estado de alarma

Vidas mayores sacudidas por el coronavirus

Usuarios y trabajadores de la residencia de ancianos Oms-Sant Miquel, donde hubo 18 contagios, cuentan cómo la pandemia ha cambiado su rutina

La pandemia de coronavirus ha alterado el día a día en la Oms-Sant Miquel

Juan Antonio Rodríguez tiene 72 años y cada viernes salía de la residencia donde vive para ir a pasar el fin de semana a su casa, con su mujer. El virus lo ha trastocado todo. "Ella me visitaba cada día y me pasé dos meses sin verla. De un día para otro fue un cambio muy grande. Tengo muchas ganas de poder salir otra vez", cuenta emocionado. La pandemia ha puesto patas arriba el funcionamiento de las residencias de ancianos. El de Oms-Sant Miquel, en Palma, gestionada por el Institut Mallorquí d'Afers Socials (IMAS), fue uno de los geriátricos más afectados por el virus al principio de la crisis. A mediados de marzo dieron positivo en las pruebas masivas realizadas siete trabajadores y once usuarios, dos de los cuales murieron. "Al principio trabajábamos con ansiedad por la escasez de material. Teníamos miedo de extender el virus dentro y fuera de la residencia", recuerda Damaris González, auxiliar de enfermería.

Maria Morey suspira emocionada al recordar cómo supo que tenía coronavirus el 20 de marzo. "Me vinieron a buscar a la habitación a las cuatro de la madrugada. 'No iremos a ningún guateque a estas horas', le dije al médico. Me puse muy nerviosa", cuenta esta mujer de 76 años, que ha vuelto ya a la residencia tras pasar dos semanas hospitalizada y vencer la batalla. En este geriátrico, donde viven 85 mayores y trabajan 174 empleados, el virus entró con fuerza y las pruebas masivas revelaron 18 contagios. "Nadie estaba preparado para esto. Ha sido un reto muy importante y estoy muy contento de cómo se ha gestionado", señala el enfermero Cristian Costa. Todos los ancianos afectados fueron trasladados a hospitales, mientras en el centro se redoblaban esfuerzos para hacer frente al enemigo, aislando a los casos sospechosos y extremando las precauciones. "Fue muy estresante. Había una asombrosa escasez de material y teníamos que desinfectar mascarillas para el siguiente turno. Nos creaba mucha ansiedad. A medida que la situación ha mejorado nos hemos ido relajando y trabajando mejor", cuenta la auxiliar de enfermería Damaris González. En el mismo sentido, Maria Magdalena Llabrés, del servicio de limpieza y lavandería, admite que vivió "con un poco de ansiedad" los primeros días de la crisis. "Tenía angustia y me iba a casa con miedo de contagiar a los míos", recuerda.

A la crisis sanitaria se sumó el confinamiento, que cortó abruptamente las relaciones sociales de los mayores. De la noche a la mañana, se quedaron sin visitas de familiares, reuniones en el comedor, terapias de grupo, salidas a la calle... "La mayoría de usuarios se quedaron todo el día solos en su habitación. Es algo que nunca habíamos vivido. El 95 por ciento de los internos son personas con gran dependencia y algún tipo de demencia. Cada uno lo ha asimilado a su manera. Echan mucho de menos a sus familiares, sienten frustración, se enfadan. Al principio lo vivieron con incertidumbre y ahora con desesperación. Quieren volver a la normalidad", explica la psicóloga Antònia Fontanet. "Son personas mucho más sensibles a los cambios. La soledad es una de las cosas que más les afecta", apostilla Costa.

Vicente Miranda tiene 92 años y lamenta que ha habido "demasiados cambios". "No hacíamos más que comer y dormir. Cuesta asimilarlo", explica. Este anciano optó por dejar de ver las noticias, copadas por la crisis del coronavirus y sus trágicas consecuencias. "No tenía ganas de estar todo el día escuchando lo mismo", dice. Pese a todo, asegura no haber tenido miedo a contagiarse: "Siempre tienes la esperanza de que a ti no te tocará". Maria Morey, que pasó dos semanas en el hospital con coronavirus, señala lo duro que fue "no tener a la familia" en esos momentos complicados. "Han sido muchos cambios, pero paciencia...", señala con resignación. Juan Antonio Rodríguez anhela poder volver a pasar los fines de semana en casa con su mujer, como hacía antes. Confía en que "a partir de ahora la cosa será más tranquila y poder salir poco a poco".

El aislamiento obligado por la pandemia ha tenido importantes consecuencias para los mayores. "Han sufrido un impacto negativo a nivel emocional y deterioros a nivel cognitivo porque se interrumpieron las terapias y los contactos", apunta la psicóloga, que resalta el papel de las familias en esta crisis. "Para ellas ha sido muy complicado. El cierre del centro de día hizo que esos usuarios tuvieran que quedarse con las familias. Y estar 24 horas al día, siete días a la semana, con una persona que padece una demencia es muy duro", valora esta especialista.

La recepcionista de la residencia Charo Coll recuerda el nerviosismo de los allegados que llamaban al suspenderse las visitas con la declaración del estado de alarma. "La prioridad era tranquilizarles. Transmitirles que sus familiares estaban bien cuidados y atendidos. El problema es que muchos no pueden hablar por su deterioro y era complicado", explica esta trabajadora, que rememora satisfecha cómo algunos familiares volvían a llamar después para dar las gracias por la atención recibida. Las videollamadas fueron un bálsamo para que los mayores pudieran mantener vivo el contacto con sus seres queridos.

La emoción del reencuentro

Con la desescalada, en la fase 1, volvieron las visitas a mediados de mayo. Juan Antonio Rodríguez sonríe al recordar el "emocionante" reencuentro con su mujer tras dos meses de separación forzosa. A Vicente Miranda han ido ya a verle sus hijos. "Cada día me llama uno para saber cómo estoy", explica. La ahijada de Maria Morey pudo por fin acercarse a la residencia. "Fue muy emocionante volver a verla. Mi hermano todavía no ha venido, porque le da cosa", explica.

Las visitas se hacen ahora siguiendo las estrictas medidas higiénicas para evitar contagios. "Se han fijado turnos para que dos familias puedan venir por la mañana y otras dos por la tarde, manteniendo siempre la distancia de seguridad", cuenta Marga Roser, trabajadora social del centro. Cualquier visitante debe someterse a la llegada al estricto protocolo. "Se toma la temperatura para comprobar que no tienen fiebre y tienen que desinfectarse las manos", explica Charo Coll, que ha visto cómo su puesto de trabajo en la recepción cambiaba radicalmente. Ahora atiende desde detrás de una mampara.

La nueva normalidad que se asoma ha transformado ya el día a día de usuarios y trabajadores a todos los niveles. Las terapias han vuelto a hacerse de forma individual desde el pasado 4 de mayo y al comedor se accede ahora en grupos reducidos. Los tres usuarios entrevistados coinciden en señalar que echan de menos el contacto con sus compañeros.

La higiene es ahora mucho más exhaustiva. "Todo ha cambiado de una manera u otra. El trabajo se ha multiplicado", señala Maria Magdalena Llabrés, del equipo de limpieza y lavandería. "Nos hemos tenido que multiplicar y hacer un esfuerzo. Se ha reforzado el personal porque la limpieza es ahora más intensa", cuenta. Los uniformes del personal se lavan ahora a diario y, como la ropa de los internos, a más temperatura. "El protocolo se ha seguido siempre", sentencia.

Los cambios han afectado también a la distribución de los mayores. Algunos han sido trasladados a otras habitaciones. "La primera planta está reservada para aislar a posibles casos sospechosos", comenta el director de la residencia, Nadal Blázquez.

En el centro señalan que tuvieron que ir adaptándose a las nuevas instrucciones que se recibían a medida que se desentrañaban los misterios del virus. "Al principio era muy impactante trabajar con los trajes especiales y las gafas protectoras para atender a los pacientes que estaban aislados. Ahora estamos más tranquilos porque conocemos la patología, pero no hemos bajado la guardia", asevera el enfermero. El director del centro se muestra orgulloso del personal. "Tenemos unos grandes profesionales, un gran equipo. Ahora estamos mejor preparados para un posible rebrote", dice Blázquez.

En la residencia Oms-Sant Miquel están ahora de enhorabuena. A lo largo de esta semana han dado negativo en las pruebas del coronavirus los últimos afectados que quedaban, dos trabajadores que daban positivo desde marzo y la última usuaria que permanecía ingresada con la Covid-19. El viernes cumplieron dos meses sin ningún caso nuevo. La pesadilla, al menos de momento, parece haber terminado.

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