24 de mayo de 2020
24.05.2020
Diario de Mallorca
En estado de alarma

Volar en tiempos de coronavirus: Abróchense las mascarillas

Las complejidades de un simple viaje de ida y vuelta entre Eivissa y Palma durante la fase 1 de la desescalada

23.05.2020 | 22:28
Dentro de la cabina del avión todos (menos uno) los asientos están ocupados.

Un vuelo complejo. Lo que antes de la pandemia era sencillo, ahora es complejo. En la fase 1 de la desescalada, para un simple vuelo entre Eivissa y Palma hay que pasar numerosos controles y cumplir infinidad de requisitos. Un redactor de Diario de Ibiza realizó el pasado jueves ese trayecto de ida y vuelta y comprobó que hay que armarse de paciencia ante las engorrosas evaluaciones a las que es sometido constantemente un pasajero.

Insólito: en esta fase 1 de la desescalada es posible estacionar cerca del aeropuerto, a escasos 300 metros, algo inimaginable en tiempos precovid-19. A primeras horas de la mañana incluso es posible caminar desde el polígono industrial hasta el aeródromo por la mitad de la calzada sin que te atropellen y escuchando, a lo sumo, cómo trinan los pájaros. En el parking público de la instalación aérea, lo insólito adquiere tintes de ciencia ficción: las barreras del aparcamiento, que está casi vacío, están levantadas. No hay que pagar (las burradas de antes) por ocupar una plaza.

Parece que hubiera detonado una bomba de neutrones. El edificio del aeropuerto sigue intacto pero apenas hay almas en los alrededores, sólo las de los taxistas aburridos de esperar. Dentro, menos. Ni en el aeropuerto de Badajoz se concentraban tan pocos humanos cuando operaba. En las siguientes dos horas, como mucho, pasarán por allí una treintena de pasajeros de un vuelo a Dusseldorf (salida a las 10.50 con Eurowings) y los 67 del pasaje de Eivissa-Palma que cubre Air Europa. En todo el día sólo aparece un destino más en la pantalla de salidas: el que une la isla con Barcelona (14.20 horas, con Iberia). Para llegadas, lo mismo: el vuelo de Dusseldorf (10.05), el de Barcelona (13.45) y la vuelta desde Palma (19.35 horas).

Ni un café ni una ensaimada


En consonancia con tan escasa actividad, todo está cerrado, desde los rent a car a las oficinas de las aerolíneas, los bares, la farmacia... No hay donde comprar un libro ni un periódico, ni una ensaimada, ni siquiera dónde beber un café. Por megafonía se difunden los mensajes de siempre, como si nada se hubiera torcido en dos meses de pandemia: que está prohibido sacar plantas de la isla, que su vuelo puede sufrir cambios, que ojo con descuidar su equipaje... Ni uno actualizado del estilo 'no tosa en la cara del pasajero de delante' o 'si tiene fiebre, la comida no le sabe a nada y le cuesta respirar, mejor vuelva echando leches a su casa'.

Para acceder al control de pasajeros hay que aguardar a que llegue el turno de los guardias civiles que interrogan, amablemente, sobre el propósito del viaje y a los que hay que mostrar el carnet del periódico, el certificado de residencia y el billete de vuelta, así como explicar el motivo del viaje.

Este redactor da negativo en la prueba de explosivos, pero ni le miden la temperatura ni siquiera le exigen rellenar un cuestionario sobre su estado de salud. Lo harán a la vuelta y al llegar al aeropuerto de Palma, de donde sólo se sale después de que una mujer de la Cruz Roja te apunte a la cabeza con un termómetro (36,3º, midió) y se cumplimente un documento expedido por la conselleria balear de Salud y Consumo (decorado por el dibujo de un coronavirus de color verde) en el que, además de los datos personales como DNI, dirección electrónica y teléfono, se pide información clínica con un estilo tan directo y poco sutil como el que muestran los norteamericanos cuando viajas a su país: ¿tiene dificultad respiratoria, fiebre, tose, tiene algún síntoma sospechoso de infección por SARS-CoV-2, dolor de garganta al tragar, pérdida del sentido del gusto o del olfato, dolores musculares o torácico, cefaleas? Si su propósito es continuar el viaje, responda no. Se tarda unos cinco minutos por persona en pasar ese control, al que se añade la posterior comprobación de la documentación por parte de la Guardia Civil.

Hay que usar guantes de plástico para coger las cajas de plástico gris donde se depositan la mochila y otros objetos personales para ser escaneados. Nada más pasar ese control, el viajero se encuentra con el primero de los dosificadores de gel hidroalcohólico del día (este redactor acabará usándolo ocho veces).

No es la protomolécula


Una de las empleadas de Trablisa, la que se encarga de revisar los equipajes, recurre a él cada pocos minutos para desinfectarse. Porque hay quien, en este distópico pero real escenario en el que todos somos protagonistas desde hace más de dos meses, está obsesionado con la limpieza y con contagiarse, como si en vez de un coronavirus, los pasajeros fuéramos portadores de la protomolécula alienígena de 'The Expanse', la novela de ciencia ficción de Daniel Abraham y Ty Franck convertida en serie. Esa sí que no tiene remedio ni vacuna ni tratamiento. Pero no estamos a punto de despegar rumbo a Ceres en la 'Rocinante', sino a Palma y en el EC-MMZ, un pequeño avión bimotor de turbohélice ATR 72-500 de Air Europa Express que, lástima, no comanda James Holden ni incluye en su tripulación a Frankie Adams.

Dentro de la terminal de embarque no hay nada abierto. Los escasos viajeros no pueden ni probar perfumes ni beber un café en el Starbucks ni adquirir un recuerdo de Pachá o ponerse a tono en O'Learys. Tras el escaparate de un duty free cerrado a cal y canto se atisban los descuentos del 30% por botellas de brandy y del 20% por las de whisky. Para alimentarse o saciar la sed sólo se puede recurrir a cinco máquinas de expendedoras que ofrecen agua, Fanta, Coca Cola, Kinder, Mikado, M&M's, Mars, Snickers, patatas fritas, doritos y chicles. Todo sanísimo. Hay tan poca actividad que únicamente se oye el motor de sus refrigeradores.

Trinchera de asientos


Sólo es accesible un tercio de la planta superior. El resto de la superficie está acotado, como si se tratara de una frontera, por largas filas de asientos colocadas a modo de barricadas. En cada una, varios carteles avisan de que a partir de allí sólo está permitido el tránsito para el personal autorizado. Más allá, silencio y oscuridad: están apagadas (y vacías) hasta las máquinas de 'vending'.

Sólo hay un aseo disponible, pues el paso de otro está cortado por una cinta. Los demás baños se encuentran tras la barricada de asientos. Una de las filas tapa parcialmente el final de la frase con la que se publicita una librería, de la que ahora sólo se puede leer «Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina [?]», de José Vasconcelos. Inquietante.

Hay otro dosificador de gel hidroalcohólico a la entrada del baño. Los inodoros masculinos se activan en cuanto, acabada la micción, se inicia la retirada previo abrochamiento de la bragueta. No así el retrete, cuya descarga debe iniciarse al apretar con un dedo un pulsador. Tampoco parece que ayude mucho a no esparcir el virus (ni en su caso la protomolécula, si la hubiera) el secador Dyson de viento hipohuracanado que hay a la salida.

Conforme se acerca la hora de embarque, llegan más pasajeros a la fantasmagórica terminal. El control, en el que siguen empeñados en realizar análisis de explosivos (series como 'Kalifat', 'Jack Ryan' o 'Homeland' nos están volviendo pelín paranoicos), se ralentiza, pues nadie puede pasar hasta que ha concluido la revisión del que está delante. Y sólo hay una línea abierta. Ante todo, mucha calma. Si tras el 11-M no tuvimos más remedio que asumir con paciencia los nuevos controles aeroportuarios, prepárense para lo que viene.

Comienzan a embarcar la treintena de pasajeros del vuelo de Eurowings a Dusseldorf, alrededor de un 20% de la capacidad del avión. Un guardia indica que, quizás por eso, la aerolínea reducirá en las próximas semanas sus vuelos a la isla. Demasiado avión para tan pocos viajeros. Dos policías nacionales (uno con un brazo tan tatuado que apenas se le ve la piel) revisan los pasaportes. Tal es la separación entre viajero y viajero que no se puede decir que haya cola. Pasan sin agobios, sin prisas. La terminal está tan vacía que dos miembros del handling se pueden permitir el lujo de recorrerla buscando a voz en grito a tres pasajeros germanos que les faltan: «¿Dusseldorf, Dusseldorf?», preguntan a todos. Encuentran a dos de los despistados, que al paso que van no parecen tener mucha prisa ni ilusión por volver a su país.

Donde acaba la profilaxis


Palma no es el destino de todos los pasajeros del vuelo UX1707, pues algunos harán allí transbordo a Madrid. Aquellas colas apretujadas, prietas las filas (en las que era posible olisquear el perfume que el de delante acababa de aplicarse en el cuello o en la muñeca en el duty free), de la era precovid-19 han dado paso a otras más alargadas en las que entre los pasajeros hay una distancia de más de un metro.

La revisión para acceder a la pista poco varía de la de antaño, salvo por las mascarillas que portan quienes inspeccionan la identidad del pasajero y su billete. Se accede a la aeronave a pie, por la pista (ni finger ni autobús), y los operarios evitan en todo momento la acumulación de pasajeros en los accesos, en la escalerilla o al depositar las maletas. Nada más entrar al avión, un tripulante de cabina reparte toallitas desinfectantes. Lo curioso es que, dentro, sólo hay una plaza libre. ¿Para esto tanta precaución, tanta obligación de mantener la distancia de seguridad, tanta profilaxis?

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