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En estado de alarma

El hotel de los sanitarios: Soledad con vistas al mar

Unos 80 trabajadores sanitarios y sociosanitarios viven un autoimpuesto aislamiento en el THB Mirador

No es fácil pasarse todo el día cuidando a otros y luego llegar a una habitación de hotel vacía en la que no hay nadie para cuidarte. No es fácil finalizar la jornada en el hospital y no tener a nadie a quien abrazar o con quien preparar la cena mientras le cuentas la pena que sientes por una señora que ha fallecido por el virus durante tu turno o lo emocionante que ha sido cuando ha abandonado la UCI un padre de familia que llevaba allí un mes ingresado.

Esa es la situación en la que se encuentran los 83 profesionales sanitarios y sociosanitarios instalados en el hotel THB Mirador de Palma. Algunos llevan allí desde el 1 de abril, más de un mes de un aislamiento autoimpuesto que supone una durísima prueba de amor genuino: me alejo de ti porque te quiero y no quiero hacerte daño.

¿Cómo es la vida allí? Se alojan muchas trabajadores jóvenes, muchas enfermeras, y los sábados llevan su ropa a una lavandería autoservicio de la plaza Gomila, lo que recuerda a una especie de colegio mayor.

Pero quizás sea más adecuada la imagen de un convento de lujo, ya que sus huéspedes están recluidos en sus habitaciones: no hay cafetería, no hay zonas comunes, no hay piscina, no están en contacto con sus compañeros de alojamiento, no hay risas y camaradería al final de la jornada, como en los hoteles donde se alojan los corresponsales de guerra. Todo el tiempo que no están trabajando, están solos en su habitación. Bajan a buscar los menús al vestíbulo (vienen en cajas, se encarga el IB-Salut) y comen y cenan solos.

Eso sí, en este convento hay soledad y silencio, pero también televisión, videollamadas con sus familias, una nevera llena de helados a su disposición en el vestíbulo (otra cortesía más del hotel) y unas vistas de lujo.

Solo tienen palabras buenas para el personal: "Nos tratan superbien", cuenta Vanessa Ducos, "hablamos con las señoras de la limpieza y los recepcionistas nos gastan bromas: yo hasta les cuento cosas de mi ex, que con el confinamiento de repente me volvió a escribir... La gente aquí nos hace un poco de familia".

Ella trabaja en la UCI de Son Espases, la trinchera de trincheras en esta pandemia, y echa de menos volver del trabajo y poder desahogarse con su familia.

Mientras calienta en el microondas del vestíbulo su comida ("no me ponen pescado porque les he dicho que no me gusta, son muy majos"), cuenta que en su caso el aislamiento ha supuesto pasar del bullicio total a una calma a veces difícil de llevar: de vivir con sus padres y sus cuatro hermanos a alojarse sola en una habitación. "Echo de menos las peleítas...", se ríe.

Ella y su compañera María Juan están en el hotel para evitar contagiar a sus padres. No saben mucho de los otros trabajadores alojados: se ven por los pasillos, se saludan desde los balcones, pero poco más. Por eso, los señoras de la limpieza y el personal de recepción son las personas con las que hacen más roce.

Los que hacen ahora de recepcionistas son directores de los otros establecimientos de THB Hotels. "Intentamos que estén lo más a gusto posible y que no sientan tan solos", cuenta Ismael Arévalo, director general de operaciones de la cadena, que ya a finales de febrero puso sus instalaciones a disposición del IB-Salut.

Arévalo vio cómo muchos trabajadores llegaron el primer día con sus maletas muy emocionados y agradecidos. "Y somos nosotros los que tenemos que estar agradecidos a ellos: son de una calidad humana excepcional", considera.

Cristina Salvà trabaja en Son Llàtzer de enfermera. Pidió aislarse en el hotel porque una de sus dos hijas tiene una arritmia cardíaca: "Me obsesioné con que podía contagiarlas, volvía de trabajar y no me acercaba a ellas, no les daba besos... era muy difícil".

Está en el hotel desde el pasado 3 de abril. La separación es "muy dura", pero ella está concienciada de que es necesaria. Hablo con ellas por videoconferencia hasta tres veces cada día: "Me enseñan sus dibujos, me cuentan qué han hecho, nos damos las buenas noches antes de ir a la cama... ¡Yo creo que hablamos más ahora que cuando estaba en casa!", dice riendo.

Ahora ríe, pero cuando estaba haciendo la maleta "fue un llanto" para las pequeñas, que se han quedado en casa al cuidado de su marido y sus padres. Tuvo que hacerse la fuerte, pero a ella también se le iban cayendo las lágrimas cuando iba con su maleta hacia el coche para irse sin fecha de vuelta. Se le quiebra un poco la voz cuando explica que su madre le dice que la pequeña ha pegado "una crecida importante" y que la mayor "ha madurado mucho".

"Y todo eso me lo estoy perdiendo", lamenta Salvà, que aun así dice aceptar la situación con entereza. "Soy enfermera de Oncología, ves cosas muy duras y eso te hace de una pasta especial", cuenta. Así, no oculta que es una época difícil pero trata de asumirlo: "El tiempo perdido lo recuperaremos cuando podamos y ya está".

Los largos fines de semana

Cuando llega de trabajar coge su caja de menú y come en la habitación. Por las tardes, además de hablar con los suyos, dibuja, lee y trabaja para un máster que cursa. "Lo peor es el fin de semana", asegura. Los sábados va a la lavandería, pero quedan muchas horas por llenar.

No sabe exactamente hasta cuándo estará en el hotel, cuándo podrá volver a ver a sus niñas. Ella se ha puesto como posible vuelta a casa el final de la fase 2, sobre el día 23 o así, pero todo dependerá de cómo vaya el recuento de nuevos contagios y en ese sentido no las tiene todas consigo de que no vaya a haber un rebrote: recordemos que desde su habitación es testigo de primera línea del Paseo Marítimo, donde asegura ver a muchísima gente apelotonada y sin cumplir las medidas de seguridad. "La gente no es consciente", lamenta, "me da ganas de ponerme a gritarles desde aquí ¡¿pero qué estáis haciendo?!".

Ana García también ve desde su inmensa habitación (la 1012) a la gente paseando junto al mar y siente rabia: "Nosotros trabajamos cada día con pacientes con el virus, nos jugamos la vida cada día y la gente parece no darse cuenta del riesgo", lamenta.

En su caso, podría parecer que le ha tocado el premio gordo ya que tiene una de las mejores habitaciones, con un gran salón y una terraza desde la que ve el mar, el puerto y una piscina del hotel (en la que observa con envidia cómo se bañan las gaviotas).

Es una habitación estupenda pero no deja de ser una jaula de oro. Y además: ¿De que sirve tener tan magnífica habitación si no puedes compartirla con nadie? "El primer día parece muy guay y la gente te dice qué envidia, pero luego, aunque aquí nos tratan muy bien, se te va haciendo muy duro, yo no sé cuándo podré volver a ver mi familia", recuerda.

Ella trabaja como auxiliar de enfermeria en la UCI de la Clínica Palmaplanas y es de las veteranas: lleva en el hotel 42 días, desde el primer día que se habilitó. Lo pidió porque su compañera de piso está inmunodeprimidia: "Es una casa muy pequeña, con solo un baño, y yo me muero si la contagio, tenía que irme". Tiene un hermano pero tiene niños pequeños. Estuvo unos días en casa de una compañera hasta que le dieron la habitación.

La máquina de coser

¿Cómo se hace la maleta para algo así, para irte a vivir a un hotel sin saber cuándo vas a poder volver a tu casa? Un poco a ciegas. Ana, al ver que iba para largo, volvió a su piso para ir a buscar cosas "importantes" como su cafetera o la máquina de coser. Tiene un proyecto para crear su propia marca de ropa y así tiene algo en que gastar las horas: cosiendo. "Netflix es muy importante también", subraya.

"En casa siempre tienes más cosas que hacer, puedes cocinar... aquí se te cae un poco la habitación encima". Encima de una mesa se ha apañado una tabla para planchar. Junto a la puerta está su tabla de longboard y sale a partir de las 20h a rodar un poco.

Ana trabaja con pacientes con la Covid-19. Esta semana se ha muerto una señora en su turno (porque se sigue muriendo gente, recuerda) y le ha dado mucha pena. Ha sido un golpe: "Todos parece que van saliendo , pero... pobre señora", se entristece.

Hasta que no pueda dejar de trabajar con pacientes con el virus no podrá volver a su piso. "Y eso vete a saber cuándo podrá ser". No sabe hasta cuándo permanecerá en la 1012 y cuánto pasará hasta que pueda volver a ver a su familia. Mientras tanto valora la cercanía del personal del hotel y también el calor de las cartas de agradecimiento que mandan los familiares de los pacientes que superan la enfermedad: "Nos dan muchas fuerzas".

Estefanía Reguera no corre el riesgo de haberse dejado nada para esta estancia porque literalmente tiene toda su casa en la habitación, incluyendo una Thermomix y una guitarra. Y es que esta enfermera de Ponferrada aceptó una plaza en Son Espases con el Estado de Alarma ya decretado.

Trabajaba en Suecia y se apuntó a listas en Mallorca porque ya había vivido aquí y tenía ganas de volver. La llamaron para incorporarse con la movilidad ya totalmente restringida y afrontó una agotadora lucha burocrática para lograr venir, persiguiendo certificados que le permitieran viajar a la isla cuando las conexiones ya se habían reducido a la mínima expresión. Logró cuadrar los permisos, compró el billete de barco, cargó el coche y condujo ocho horas para llegar a Valencia por la noche y enterarse de que el barco no iba a salir.

La odisea de Estefanía

Consiguió alojamiento para pasar la noche y al día siguiente pudo embarcarse. El 19 de abril llegó a Mallorca y del puerto se fue directa al THB Mirador, con su guitarra, su Thermomix y todas sus pertenencias. En esta aventura agradece muchísimo el apoyo del IB-Salut y en concreto de Joana María Prieto, que ha sido su ángel de la guarda en el traslado laboral más complicado de la historia: "Se ha preocupado mucho por mí".

"He viajado mucho y he vivido sola, para mí es fácil, pero hay gente que no está acostumbrada y puede que le sea más complicado estar sola estos días", cuenta, "yo veo la parte positiva, leo, miro películas y voy buscando piso por internet". ¿Están bajando de precio? "Pues yo no lo entiendo pero no veo que bajen...".

Para Mara Egea poder ir al hotel también ha sido una muy oportuna salvación. Es auxiliar de enfermería y trabaja con pacientes infectados por el virus en la Policlínica Miraramar.

Justo se le acabó el contrato del piso donde vivía y a su casa no podía volver porque su padre tiene EPOC y su madre está recibiendo quimioterapia: la vuelta al hogar estaba totalmente descartada, pero en algún sitio tenía que meterse. Así llegó a su habitación, la 909, hace dos semanas.

"Todo el mundo me dice que me lo debo estar pasando muy bien, pero no vivo en un hotel, vivo en una habitación y no podemos estar con nadie más, no nos vemos con los otros compañeros, es un poco agobiante y estás sola", explica: "Menos mal que con los compañeros de la clínica hacemos piña, es lo único que tenemos ahora".

"Hice la maleta con lo primero que pillé, mi hermana tuvo que traerme ropa de verano, y no me he traído el portátil...". Aun así, como todos, lo que más extraña Mara no es material: lo que más añora es dar un abrazo a sus padres.

Mientras esperan a que esos abrazos sean posibles, los sanitarios seguirán recluidos en sus habitaciones en el THB Mirador, que no es un hotel pero tampoco es un hogar. No es un convento, ni un colegio mayor. Es un refugio.

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